GÉNESIS
Todo estaba listo para la firma.
La propuesta final estaba impresa, organizada, revisada tres veces. Dalia y el señor Anderson llegarían en cualquier momento. Danilo también estaría presente.
Yo respiré hondo frente a mi escritorio y me repetí que todo iba a salir bien. Pero aún no podía sacar de mi mente a Ethan ¿Dónde estaba? ¿A dónde fue?
Tomé de nuevo los papeles en mi mano, para tratar de olvidar a Ethan. Ese contrato era más que un negocio. Era oxígeno para mi familia.
Salí hacia la oficina de mi padre para afinar los últimos detalles. Caminé por el pasillo con el saco bien puesto, cuidando que nada se notara demasiado. Ya estaba cansada de esconder mi vientre, pero no podía darme el lujo de que alguien lo descubriera en medio de una firma importante.
Cuando llegué al despacho de mi padre, me llevé una sorpresa.
Ana estaba ahí. De pie frente al escritorio, con una carpeta en las manos. Al verme, dio un pequeño salto, como si yo la hubiera atrapado en algo.
—Ana —dije con calma—. ¿Qué haces en la oficina de mi padre?
Ella tragó saliva.
—Yo… vine a dejar unos documentos —respondió, intentando sonar natural—. Para el señor Matías.
Su voz estaba rara. Nerviosa. La miré fijamente. Ana evitó mi mirada y ajustó la carpeta contra su pecho como si fuera un escudo.
—¿Dónde está mi padre? —pregunté.
—Está… está en la sala de juntas con Will —contestó.
Yo asentí, pero no me moví. Porque algo no me cuadraba. Ana se veía demasiado tensa. Y yo siempre sentí algo extraño con ella. Nunca confié. Nunca.
Me acerqué un paso.
—Ana —dije con firmeza—. Sal de aquí.
Su rostro se endureció un segundo. Luego bajó la mirada.
—Está bien.
Caminó hacia la puerta, y antes de salir me miró de reojo, como si quisiera decir algo. No lo hizo. Solo se fue. Yo me quedé unos segundos mirando el escritorio vacío. Mi corazón latía rápido. No sabía por qué, pero sentía que algo se estaba moviendo por debajo de todo esto. Algo que no era solo negocios.
Salí del despacho y me dirigí a la sala de juntas.
Mi padre y Will estaban ahí, revisando la propuesta en la pantalla. Me senté a su lado y comencé a repasar con ellos las últimas cláusulas. Aún no confiaba en mi amigo, me mintió en mi propia cara, ví a mi padre estaba concentrado. Era bueno verlo así. Era el Matías Wood que yo conocía.
—Esto está bien —dijo él, señalando un punto—. Pero esa garantía debe quedar más clara.
Will asintió.
—Se ajusta ahora.
Yo hice una anotación y respiré. En ese momento, Ana apareció en la puerta.
—Señor Matías —anunció—. Ya llegaron.
Mi padre se enderezó.
—Hágalos pasar.
Ana abrió la puerta y entraron. Primero el señor Anderson. Luego Danilo, Y detrás… Dalia. Dalia entró con esa cara de mujer que no confía en nadie y que siempre está lista para atacar.
Saludaron.
Nos sentamos. Empezamos a revisar la propuesta final. El señor Anderson leyó con calma, hizo un par de preguntas, pidió aclaraciones pequeñas. Mi padre respondió firme. Yo intervine cuando era necesario. Will se encargó de los detalles técnicos.
Todo iba bien.
Demasiado bien.
Hasta que el señor Anderson dejó la carpeta sobre la mesa.
—Estoy de acuerdo —dijo.
Sentí un alivio enorme.
Mi padre asintió.
—Perfecto.
El señor Anderson levantó un dedo.
—Solo hace falta la aprobación final de mi experto financiero. Él debe validar los números y los riesgos.
Yo fruncí el ceño.
—¿Su experto financiero?
El señor Anderson sonrió.
—Sí vino. Está aquí.
Mi estómago se apretó. Dalia se levantó sin decir nada y salió de la sala. Yo la seguí con la mirada, sin entender. Segundos después, la puerta se abrió. Y Dalia entró de nuevo. Pero no entró sola.
Entró con… Ethan.
Mi cuerpo se congeló. No fue una emoción bonita. Fue un golpe. Un golpe en el pecho, en la garganta, en la cabeza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!