ETHAN
Génesis se desmayó frente a mí y yo no pude hacer nada.
Eso fue lo peor.
La vi caer y mi cuerpo quiso moverse, correr, cargarla, sostenerla… pero Matías se interpuso como si yo fuera veneno. Como si yo fuera el culpable de todo lo malo que le pasaba a su hija.
Los guardias, el personal de la empresa y hasta Danilo reaccionaron más rápido que yo. La sacaron de la sala, llamaron una ambulancia y en cuestión de minutos ya estaban hablando de hospital, revisión y presión baja.
Yo di un paso.
Matías me miró como una amenaza.
—Ni se te ocurra —me advirtió, con los ojos llenos de furia—. Tú no la tocas.
Apreté los puños.
—Señor Matías, yo…
—¡Cállate! —me cortó—. Si algo le pasa, te juro que…
No terminó la frase, pero no hacía falta. Su odio era claro. Vi cómo se llevaban a Génesis en camilla. Vi su rostro pálido. Vi su cabello suelto, esa forma en que su cuerpo se veía frágil por un segundo.
Y ese segundo me partió.
Yo quería ir tras ella.
Yo tenía derecho.
Pero no me dejaron.
Y cuando el caos terminó, cuando Matías salió furioso detrás de su hija y la sala quedó vacía, yo me quedé con el pecho apretado, parado como un idiota, con la imagen de Génesis cayendo una y otra vez en mi mente.
Terminé regresando a la casa de Dalia.
No porque quisiera.
Porque no tenía otra opción.
Dalia abrió la puerta con una sonrisa triunfante, como si acabara de ganar una guerra.
—¿Viste la cara de Matías? —se burló—. Casi se le sale el corazón por la boca.
Entré sin decir nada. Dalia caminó detrás de mí como si estuviera disfrutando cada paso.
—Tienes que sonreír, Ethan —insistió—. Esa familia está pagando por lo que te hicieron.
Me tendió un vaso de whisky.
Lo tomé sin pensarlo.
Pero yo no había visto la cara de Matías.
Yo solo vi la cara de Génesis.
Y esa cara no se me borraba.
Me llevé el vaso a los labios y tomé un trago. Sentí el alcohol bajar, pero no calmó nada.
Dalia se sentó con elegancia, como reina.
—Se desmayó de la impresión —comentó, divertida—. Pobrecita.
Yo la miré con frialdad.
—No hables así.
Dalia alzó una ceja.
—¿Te preocupa?
No respondí.
Porque si respondía, iba a decir cosas que no debía.
Sí, me preocupaba.
Más que cualquier cosa.
La vi más delgada. Más distinta. Pero hermosa. Hermosa como siempre, incluso cuando estaba pálida, incluso cuando temblaba, incluso cuando me miraba como si yo fuera un fantasma.
Dalia se levantó.
—Tengo una sorpresa más para ti —dijo, sonriendo.
—¿Qué sorpresa?
Ella no respondió. Solo salió de la casa.
Me quedé ahí, con el vaso en la mano, sin entender nada. Y mi mente se fue a otro momento.
A la celda.
A la puerta abriéndose.
A un guardia diciendo que tenía visita.
Yo creí que era Dafne, como siempre.
Pero no.
Era Dalia.
Con un abogado al lado.
Con papeles en la mano.
Y me dieron la noticia.
“Sale en libertad”.
Yo no lo creí.
Pensé que era otra trampa. Pensé que me estaban moviendo de lugar para hundirme peor. Pero no. Firmé. Salí. Crucé esa puerta. Sentí el aire de la calle. Sentí el sol. Y ahora estaba aquí, en la casa de Dalia, sin saber qué demonios era mi vida.
Escuché la puerta abrirse.
Me giré.
Y ahí estaban.
Vanesa, mi madre
Ashly.
Y Deivyd.
Mi garganta se cerró.
Mi madre entró primero, con los ojos rojos, temblando. En cuanto me vio, soltó un sollozo y corrió hacia mí.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!