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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 104

GENESIS

Desperté con un dolor leve en la cabeza y la garganta seca. La luz blanca del hospital me molestó al abrir los ojos. Parpadeé varias veces hasta ubicar dónde estaba. Luego lo recordé todo de golpe. La sala de juntas. Ethan entrando. Mi padre gritando. El golpe. El mareo. La caída.

Mi mano fue directo a mi vientre.Lo primero eran mis bebés.

—Tranquila… —escuché una voz cerca.

Giré el rostro. Danilo estaba sentado junto a la cama. En cuanto me vio abrir los ojos, se puso de pie y se acercó de inmediato.

—Gracias a Dios —susurró—. Me asustaste.

—Mis bebés… —pregunté sin voz—. ¿Están bien?

Danilo asintió rápido.

—Están bien. Los revisaron. Todo está bien.

Sentí un alivio tan grande que tuve que cerrar los ojos un segundo.

—¿Y mi papá? —pregunté después, aún con miedo. Danilo apretó los labios.

—No te preocupes, tu papá y tu mamá están afuera. Están… ocupados. Pero escucha, Génesis. No saben nada. Nadie sabe aún lo del embarazo.

Abrí los ojos de inmediato.

—¿Seguro?

—Seguro —dijo—. Por el momento, pero no puedo confirmarte que ellos se enteren.

Respiré hondo.

Pero el alivio se me fue rápido.

Porque en mi cabeza volvió la imagen de Ethan.

Ethan allí, frente a mí.

Ethan vivo.

Ethan libre.

Ethan mirándome.

Y el enojo me subió como fuego.

—¿Cómo es que Ethan estaba en esa sala? —pregunté, y mi voz salió más dura—. ¿Y por qué no me dijiste que estaba en tu casa, con tu familia?

Danilo parpadeó.

—Génesis, cálmate.

—No me digas que me calme —lo corté—. Dime la verdad. Tu sabías de Ethan en la cárcel, te pedí ayuda con el abogado.

Danilo se pasó una mano por el rostro.

—Dalia escuchó por casualidad una conversación mía con el abogado —admitió al fin—. Se enteró de que Ethan ya estaba encerrado y decidió intervenir. Lo sacó rápido, pagó lo que tenía que pagar, movió contactos y lo metió como apoyo financiero en los negocios.

Yo lo miré sin entender.

—¿Así de fácil?

—Para Dalia sí —dijo con frialdad—. Y te voy a decir algo, Génesis. Fue lo mejor.

Apreté la sábana.

—¿Lo mejor? ¿Para quién?

—Para ti —respondió—. Ethan no es una buena imagen. Está manchado. Aunque sea inocente, la gente escucha “fraude” y “cárcel” y se asusta. Las empresas no pueden arriesgarse a eso. Nuestra empresa está en juego.

—No debiste hacerlo. No debiste intervenir en este asunto.

—Porque mírate —dijo, más duro—. Estás aquí en un hospital. Te está haciendo daño. Te está alterando todo. Y tú estás embarazada, Génesis.

Mi respiración se aceleró.

—No tienes derecho…

—Lo más conveniente —me interrumpió— es firmar los contratos y regresar a Australia. Allá están en paz. Sin presión. Sin personas que rescatar. Sin familia loca. Sin Ethan.

—Eso lo decido yo —le dije con rabia—. No tú. No Dalia. No nadie. Tú no tenías que intervenir de esa manera.

Danilo abrió la boca para responder, pero la puerta se abrió.

Entraron mis padres.

Samantha fue la primera. Venía con los ojos brillosos. Corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.

—Mi niña… —susurró—. Qué susto nos diste.

Yo estaba tan confundida que no sabía ni cómo abrazarla.Y entonces mi madre dijo lo que me congeló.

—¡Felicidades! —exclamó—. Felicidades a los dos.

La miré, sin entender.

—¿Qué?

Mi padre se acercó, serio, pero con una emoción rara.

—Ya nos enteramos —dijo—. Estás embarazada, Génesis.

Sentí que el mundo se me venía encima.

—Papá…

—Van a ser padres —continuó él—. Tú y Danilo.

Mi estómago se revolvió. Danilo, en cambio, reaccionó rápido. Demasiado rápido. Se puso de pie con una sonrisa.

—Gracias —dijo, como si fuera verdad—. De verdad, gracias. Estamos muy contentos.

Yo lo miré con rabia. Porque estaba tomando un lugar que no le pertenecía.

Mi madre me acarició el cabello.

—Debes quedarte en la ciudad —ordenó con ternura—. No puedes viajar así.

Danilo negó con calma.

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