GÉNESIS
—Hola, mi gorda bella.
Me quedé muda.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado en la garganta, como si mi cuerpo no supiera si gritar, llorar o salir corriendo. Lo miré por el retrovisor y mi mente se negó a aceptarlo.
Era Ethan.
De verdad era Ethan.
—E… Ethan… —tartamudeé, como una tonta.
Él no apartó la mirada del camino, pero su boca se curvó apenas, como si mi voz le hiciera algo.
—Sí —respondió tranquilo—. Soy yo.
El pánico me golpeó de golpe.
—¡Detén el auto! —ordené, llevándome una mano al pecho—. ¡Detente ahora mismo!
Ethan siguió conduciendo, como si no hubiera escuchado.
—¡Ethan, detente! —insistí, más fuerte—. ¡Detén el maldito auto!
Mi corazón latía demasiado rápido. Mis bebés se movieron. Yo respiré hondo para no perder el control.
Ethan suspiró.
Y por fin, redujo la velocidad. Se estacionó a la orilla de la carretera, No me esperó. Bajó del auto con calma, como si esto fuera normal.
Yo abrí la puerta con brusquedad y bajé también.
Lo vi de frente.
Y el enojo me subió como fuego.
—¿Estás loco? —espeté—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
Ethan me miró
—Tenía que verte —dijo.
Eso me desarmó un segundo. Pero mi orgullo reaccionó rápido.
—¡Eres…! —Ni siquiera me salieron las palabras.
Ethan dio un paso.
Yo también.
Y cuando lo tuve cerca, no sé qué fue lo que me ganó primero. Si el enojo o el amor. Si el dolor o la necesidad. Si la rabia o el alivio.
Le di una cachetada.
El golpe sonó seco.
Ethan giró apenas el rostro, pero no retrocedió.
Me miró.
Y eso fue lo que me terminó de romper.
Porque yo estaba furiosa… Lo tomé del rostro con ambas manos, con fuerza, con desesperación.
Y lo besé.
No fue un beso tierno.
Fue un golpe.
Una pelea.
Una guerra.
Ethan reaccionó al instante, como si me estuviera esperando desde hacía años. Me tomó por la cintura y me atrajo contra él. Su boca se abrió y la mía también. Nuestras lenguas chocaron como si discutieran, como si se reclamaran todo lo que nos callamos.
Mis manos se enredaron en su cabello.
Las de él se apretaron en mi espalda.
Nos besamos como si el mundo se hubiera detenido.
Como si no existiera la cárcel, ni Dafne, ni mi padre, ni Danilo, ni los contratos, ni el miedo.
Solo nosotros.
Solo este incendio.
Solo esta necesidad enferma de sentirnos vivos.
No sé cuánto tiempo pasó.
Solo sé que una bocina nos arrancó de golpe.
Un auto pasó por la carretera y nos pitó con fuerza, como si nos recordara que esto estaba pasando en el mundo real.
Nos separamos apenas, respirando agitados.
Ethan me sostuvo del rostro con ambas manos.
—Te amo —dijo, con la voz ronca, directa, sin vergüenza.
Yo lo miré con el pecho ardiendo.
—Yo también te amo —respondí, sin pensar, sin control.
Y volvimos a besarnos.
Más fuerte.
Más profundo.
Más desesperado.
Otra bocina sonó.
Otro auto pasó, pitando, y nos obligó a separarnos otra vez.
Nos quedamos mirándonos.
Yo tenía los labios hinchados. Él también.
Respirábamos como si hubiéramos corrido kilómetros.
Y en medio de ese silencio, se me escapó una palabra.
La palabra que llevaba atorada desde hace meses.
—Perdón… —susurré.
Ethan no dijo nada.
Solo me miró.
Yo tragué saliva y mi voz se quebró.
—Perdón por ser cobarde —dije, y sentí que los ojos se me llenaban—. Perdón por orillarte a casarte con Dafne. Perdón por mentirte. Yo… yo te dije que no te amaba cuando me estaba muriendo de amor por ti.
Ethan no respondió con palabras.
Me besó.
Y luego me abrazó.
Fuerte.
Tan fuerte que sentí que por fin podía soltar el aire.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!