DAFNE
Entré a la empresa de mi padre como si nada me pudiera tocar.
Traía un vestido elegante, tacones perfectos y anteojos oscuros. No porque los necesitara, sino porque me gustaba la sensación de que nadie podía leerme la cara. Además, hoy no estaba de humor para saludar a nadie.
Caminé directo hacia recepción.
Ana estaba en su escritorio.
Y Will estaba ahí con ella. Cuando me vio, se puso rígido. Su cuerpo reaccionó como si yo fuera un problema inevitable.
Me quitó la sonrisa.
Me dio satisfacción.
Will intentó fingir normalidad, pero le tembló la voz.
—Yo… tengo que irme —le dijo a Ana, evitando mirarme.
—Claro —respondió Ana, nerviosa.
Will se alejó rápido, sin despedirse de mí. Ni siquiera pudo sostenerme la mirada. Yo lo seguí con la vista hasta que se perdió por el pasillo. Luego volví a mirar a Ana.
—¿Dónde está mi padre? —pregunté, sin rodeos.
Ana tragó saliva.
—No está… salió.
—Perfecto —respondí—. Ven conmigo.
Ana parpadeó.
—¿A dónde?
—A su oficina —ordené.
No le di tiempo de discutir. Caminé y ella me siguió.
Entramos. Cerré la puerta.
Me quité los lentes y me senté en la silla de mi padre, como si fuera mía. Porque en el fondo lo era. Esa empresa también era mi lugar.
—Tengo miedo —soltó Ana de golpe, sin aguantar más—. Ya me enteré… Ethan Fox está libre.
Mi sonrisa fue lenta.
—Sí —respondí—. Ya lo sé.
Ana apretó los labios.
—Me dijiste que se iba a quedar encerrado.
Me incliné un poco hacia adelante.
—Y lo habría estado… si ciertos idiotas no hubieran metido las narices.
Ana tembló.
—¿Y ahora qué? —preguntó, con pánico—. ¿Qué va a pasar conmigo?
Abrí mi bolso sin prisa, como si estuviera sacando maquillaje.
Saqué un sobre grueso y se lo lancé sobre el escritorio.
—Ahí hay suficiente —dije—. Toma tus cosas y lárgate lejos.
Ana miró el sobre, luego me miró a mí con rabia.
—¿Eso es todo? —reclamó—. Tú me aseguraste que no habría consecuencias.
Me encogí de hombros.
—Las cosas cambian.
Ana agarró el sobre con fuerza.
—Ese dinero es una miseria —dijo—. Es solo una parte mínima de los seis millones que tú te robaste.
Yo le sonreí, tranquila.
—Cuida tu boca.
Ana se acercó un paso.
—Mi silencio vale mucho más, Dafne —amenazó—. Si yo hablo, tú vas a tener problemas.
Mi sonrisa se borró. Me levanté lentamente y caminé hasta quedar frente a ella.
—No me amenaces —le dije con voz baja.
Ana tragó saliva, pero no retrocedió.
—Me usaste.
—Te pagué —corregí—. Y no solo ahora. Has ganado bastante siendo espía en esta empresa. Vendiste secretos a la competencia de mi padre, cobraste por cada información, te diste una vida que jamás hubieras tenido sola.
Ana apretó los puños. Yo acerqué mi rostro al suyo, sin miedo.
—Además, a ti no te va a creer nadie —susurré—. Yo soy la hija del dueño. Nadie va a dudar de mí. Nadie.
Ana me miró con odio.
Yo me enderecé.
—Así que toma el dinero, guarda tus cosas y desaparece —ordené—. Hoy.
Ana apretó el sobre.
—¿Y Will? —preguntó, y su voz se quebró un poco—. ¿Qué le digo a Will?
Solté una risa.
—¿Qué? ¿Te lo tomaste en serio? —pregunté con burla—. ¿O acaso te enamoraste de Will?
Ana bajó la mirada un segundo.
—Es un buen hombre —admitió, bajito.
Yo rodé los ojos.
—Will es un tonto —dije—. Tan tonto que se creyó cada mentira que le dijiste. Pero hay que reconocértelo… actuaste bien.
Ana apretó los labios.
—Yo no…
—Eres una buena actriz —la corté—. Hiciste una gran actuación.
Me giré hacia la puerta.
—Entre más pronto te vayas, mejor.
Ana se quedó quieta un segundo. Luego tomó el sobre, lo apretó contra su pecho y salió. Yo me quedé un momento en la oficina, respirando con calma. Recordé cuando contraté a Ana.
Cuando armé el plan.
Cuando decidí que Will se iba a enamorar de ella sí o sí, para que dejara a Leyla. Y todo por una razón simple: me divertía destruir cosas bonitas.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!