GÉNESIS
—¡Son dos! —exclamó Ethan, con una alegría que me apretó el corazón.
Tenía la cabeza apoyada sobre mi vientre. Yo estaba recostada en la cama del hotel, todavía temblando por todo lo que acababa de decirle. Su mano descansaba sobre mi abdomen como si estuviera tocando algo sagrado.
Ethan levantó un poco el rostro y me miró como un niño que acaba de recibir el mejor regalo del mundo.
—Dos… —repitió, en voz baja—. Dos bebés.
Yo asentí, con los ojos húmedos.
Ethan volvió a pegar la mejilla a mi vientre, como si quisiera escuchar. Como si pudiera oír sus corazones.
—Hola —les habló, con una ternura que me destrozó—. Soy Ethan… bueno, soy su papá.
Me quedé sin palabras.
Mi mano se movió sola y acaricié su cabello, lento, como si necesitara comprobar que era real. Sentí su respiración cálida en mi piel y casi me dio risa pensar que un hombre como él, tan duro, tan orgulloso, pudiera verse así… tan rendido.
—Los he extrañado sin conocerlos —susurró—. Y les juro que no voy a fallarles.
Sentí el nudo en la garganta.
Ethan se incorporó, se acomodó a mi lado y me miró con intensidad. Luego me besó.
Al inicio fue un beso suave, pero se volvió profundo en segundos, como si los dos estuviéramos hambrientos. Como si ese beso fuera el único lugar seguro.
Ethan se quitó la camisa sin apartarse de mí.
Yo pasé mis manos por su espalda, por su pecho, sintiendo su piel caliente. Él me apretó contra él y el beso se volvió más intenso, más desesperado.
Nuestras manos peleaban por tocar más.
Nuestras bocas peleaban por decir lo que no dijimos en meses.
—Te amo —murmuró Ethan contra mis labios.
—Yo también te amo —respondí, sin pensar.
Nos besamos otra vez, con la misma necesidad, con esa mezcla de rabia y alivio que siempre existía entre nosotros.
Ethan apoyó su frente en la mía, respirando agitado.
—Tengo que limpiar mi nombre —dijo de pronto, serio—. No quiero que mis hijos nazcan en una sociedad que va a tachar a su padre como un ladrón, como un mal hombre.
Mi pecho se apretó.
—Ethan…
—No —me interrumpió—. Tengo que hacerlo. Por ellos. Por ti. Por mí.
Yo lo miré con calma.
—Yo sé la verdad —le dije—. No tienes que darme explicaciones.
Ethan apretó la mandíbula.
—Los seis millones eran para inversión —explicó—. No eran un robo. Alguien me puso una trampa. Me encerraron sin dejarme defenderme.
—Lo sé —asentí—. Y vamos a demostrarlo.
Ethan me miró fijo.
—Y también vamos a meter a la cárcel a los responsables.
Yo respiré hondo.
—Sí.
Ethan bajó la mirada un segundo.
—Pero tienes que estar consciente de algo —dijo, más serio—. Puede ser Dafne.
Lo dijo sin rodeos.
Y aun así me dolió.
Porque una cosa era sospecharlo… y otra escucharlo de su boca.
—Lo sé —respondí con la voz más baja—. Y me decepciona.
Ethan me sostuvo la mirada.
—Hay algo más —agregó.
—¿Qué?
Ethan se tensó.
—Dafne me dijo… que está embarazada.
Me quedé inmóvil. Luego solté una risa sin humor.
—No le creo.
Ethan frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque Dafne hace cosas indecentes —dije directo—. Y porque sé cómo es. Si dice que está embarazada, es porque quiere amarrarte o manipularte.
Ethan se pasó una mano por el rostro, como si la idea lo asqueara.
—No puedo creer que mienta con algo así.
Yo lo miré con firmeza.
—Con Dafne todo es posible.
El silencio cayó un momento.
Yo me incorporé despacio, sintiendo el cansancio en el cuerpo.
—Tengo que irme —dije al fin—. Mis padres se van a preocupar si se dan cuenta que no aparezco.
Ethan me tomó por la cintura y me abrazó fuerte, como si la idea de soltarme le doliera.
—No quiero que te vayas.
Cerré los ojos un segundo.
—Yo tampoco quiero irme —admití—. Pero tenemos que ser inteligentes. Tenemos que mantener distancia ante los demás, al menos hasta encontrar a los culpables.
Ethan apretó la mandíbula.
—Va a ser muy difícil.
—Lo sé.
Ethan me besó en la frente.
—Lo voy a hacer —prometió—. Voy a mantener esto en secreto. Nuestra relación… y tu embarazo.
Sentí un nudo en el pecho.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!