GÉNESIS
El desayuno se sentía extraño.
Mi madre estaba demasiado feliz. Mi padre estaba demasiado serio. Y Dafne… estaba demasiado tranquila. .Yo trataba de comer sin llamar la atención, pero era imposible. Mi madre no paraba de mirarme como si yo fuera un milagro.
—No puedo creerlo todavía —dijo Samantha, sonriendo—. ¡Voy a ser abuela de dos! Dos nietos… o dos nietas… ¡o uno y uno! Ay, Génesis, tenemos que ir de compras. Quiero comprarles ropa, cobijitas, todo.
Yo intenté sonreír.
—Mamá, todavía falta.
—Falta, pero no importa —insistió—. Yo no voy a esperar. Quiero aprovechar que estás aquí.
Mi padre tomó café sin decir mucho. Se le notaba cansado. Y aun así, en su mirada había algo distinto desde que supo lo del embarazo: una preocupación nueva, más profunda.
Dafne comía con calma, como siempre perfecta. De pronto sonrió y habló con una dulzura que no le creí.
—Yo también estoy feliz por ti, hermanita —dijo—. De verdad.
Yo la miré solo un segundo y volví al plato.
Esa felicidad no era real. Dafne no sabía sentirse feliz por nadie que no fuera ella misma.
Entonces soltó la pregunta, justo donde dolía.
—¿Y cuándo te vas a casar con Danilo? —preguntó, como si fuera la cosa más normal del mundo—. Digo… él es el padre, ¿no?
Mi madre se quedó encantada con la idea.
—Claro que sí —dijo Samantha, emocionada—. Tiene que haber una boda antes del nacimiento de los bebés.
Mi padre asintió con firmeza.
—Es lo correcto —agregó—. No voy a permitir chismes ni dudas. Esa boda debe hacerse.
Sentí un nudo en la garganta. Yo no respondí. No podía responder sin explotar.
En ese instante, el timbre sonó.
Todos se quedaron en silencio. Y esperamos unos segundos.
—Buenos días… —dijo Vanesa, la madre de Ethan. ¿Qué hacía ella aquí?
Mi madre cambió el rostro al instante. Pasó de emoción a rabia.
—¿Qué haces aquí? —espetó—. ¡Sal de mi casa!
Vanesa no se movió.
—No me iré sin hablar —dijo—. Ya basta de atacar a mi hijo. Ethan es inocente.
Mi madre soltó una risa amarga.
—¡Inocente! —repitió—. Tu hijo destruyó a mi familia y robó a mi esposo.
Yo me levanté rápido.
—Mamá, por favor —intervine—. Mantén la calma.
Mi madre me miró, ofendida.
—¿La estás defendiendo?
—No —respondí con firmeza—. Solo estoy pidiendo que hablemos sin gritar.
Vanesa caminó un paso adentro. Miró a mi padre con respeto.
—Señor Matías… —dijo—. Le suplico que escuche. No es justo lo que están haciendo con Ethan.
Dafne se levantó con una expresión de falsa sorpresa.
—¿Así que sí existe? —murmuró, mirándola como si Vanesa fuera una rareza—. Ethan nunca me confesó que tenía madre y hermana. Ya era un mentiroso desde el inicio.
Vanesa se quedó quieta, como si esas palabras la golpearan. Yo miré a Dafne con rabia. Ella disfrutaba cada segundo.
Mi padre por fin habló.
—Vanesa —dijo—. Vamos a hablar a solas.
Mi madre abrió la boca para protestar, pero mi padre la detuvo con la mirada.
—A mi estudio.
Vanesa asintió. Yo no pensé. Los seguí. Necesitaba escuchar todo. En el estudio, mi padre cerró la puerta.
Vanesa respiró hondo y se llevó las manos al pecho.
—Le suplico otra vez —dijo con la voz quebrada—. Retiren las acusaciones. Mi hijo no robó. Yo… yo voy a encontrar la manera de devolver ese dinero. Los seis millones.
Yo fruncí el ceño.
—Señora Vanesa —intervine—. Usted no puede comprometerse a eso. Y menos si Ethan no sabe lo que usted está haciendo.
Vanesa me miró, dolida.
—Solo quiero salvarlo.
Mi padre se mantuvo firme.
—No voy a retirar mi denuncia —dijo Matías—. No después de todo lo que pasó.
Vanesa bajó la cabeza, derrotada. Mi padre continuó, con la voz dura.
—Pero voy a permitir que Ethan sea parte del negocio con el señor Anderson, porque es lo que conviene a la empresa en este momento. Si él es inocente, lo va a demostrar frente a un juez. Y cuando se revele la verdad, se sabrá.
Vanesa levantó la mirada con una esperanza pequeña.
—Entonces… ¿usted…?
Matías la cortó.
—Eso no quita el hecho de que abandonó a Dafne —dijo—. Y eso no se lo perdono. Quien daña a una de mis hijas es mi enemigo. Aunque sea inocente de lo del dinero.
—Señor Matías…
—Ya es suficiente —concluyó mi padre—. Váyase de mi casa.
Vanesa me miró. Su mirada era de súplica. Yo asentí apenas.
La acompañé hacia la salida. Cuando cruzamos la sala, mi madre y Dafne nos miraban como si Vanesa fuera una intrusa peligrosa.
Afuera, Vanesa se detuvo.

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