GÉNESIS
Llegué a la empresa con la cabeza llena de cosas.
El día había iniciado ajetreado. La presión de mis padres, Vanesa en la casa, el acuerdo con Danilo, y Ethan…
Entré al edificio tratando de verme normal. Caminé directo al ascensor, respirando hondo para que nadie notara mi ansiedad. Me repetí que debía mantener la calma, por mis bebés y por mí.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, me llevé otra sorpresa.
Will estaba ahí.
Solo con verlo supe que algo andaba mal. Tenía la cara pálida y los ojos cargados.
—Will —dije, y él giró de golpe—. ¿Qué pasa?
Will caminó conmigo sin perder tiempo. Se pegó a mi lado como si necesitara decirlo rápido, como si el secreto le quemara la lengua.
—Necesito hablar contigo —murmuró—. Ya.
No discutí.
Caminamos hacia mi oficina. Apenas entramos al pasillo, Will bajó la voz.
—Hace días inicié una investigación —me confesó—. Pagué un investigador privado para saber lo del espía. Yo… yo tenía que saberlo. Esto está destruyendo a la empresa.
Mi corazón se apretó.
—¿Y? —pregunté—. ¿Qué te dijo?
Will tragó saliva.
—Me entregó resultados —dijo—. Y yo pedí grabaciones de cámaras para confirmar. Necesitaba estar seguro, Génesis. No podía acusar sin pruebas.
Yo sentí un escalofrío.
—Will… —susurré—. ¿Ya sabes quién es?
Will asintió, pero su cara se veía llena de vergüenza.
—Sí.
—¿Quién? —le exigí.
Will no alcanzó a responder, porque en ese momento abrí la puerta de mi oficina.
Y la escena que vi me dejó sin palabras.
Leyla estaba ahí.
Y Noha también.
En el suelo.
Él estaba encima de ella.
Leyla tenía las manos en el pecho de Noha y él estaba a centímetros de su boca, como si fueran a besarse.
Se quedaron congelados cuando entramos.
Yo también.
Por un segundo, pensé que era una broma.
Luego Leyla se movió de golpe, roja de la vergüenza.
Noha se apartó y se puso de pie rápido, acomodándose el saco.
Leyla también se levantó, peinándose el cabello con desesperación, como si con eso pudiera borrar lo que yo acababa de ver.
—¿Qué… qué están haciendo? —pregunté, sin poder disimular la sorpresa.
Leyla abrió la boca, pero no le salía ninguna explicación decente.
Noha carraspeó, serio.
—Fue un malentendido —dijo, con calma.
Leyla lo fulminó con la mirada.
—¡No fue un malentendido! —reclamó—. Este hombre es un exagerado.
—Claro —murmuré—. Un exagerado encima tuyo a punto de besarte.
Leyla se puso más roja.
—¡Génesis!
—¿Qué hacen aquí? —pregunté de nuevo—. Ustedes deberían estar en Australia.
Leyla no aguantó más. Corrió y me abrazó tan fuerte que casi me dobló.
—Me enteré que te pusiste mal —dijo rápido—. Me preocupé… por ti… y por mis sobrinos.
Will frunció el ceño.
—¿Sobrinos? —repitió—. ¿De qué habla?
Yo cerré los ojos un segundo.
Leyla se separó y me miró con cara de “perdón, se me salió”.
Will me observaba fijo, confundido, como si tratara de entender.
Yo suspiré.
—Will… —dije con resignación—. Estoy embarazada.
El silencio cayó.
Will abrió los ojos.
—¿Qué?
Asentí.
—Estoy embarazada. De gemelos.
Will se quedó quieto un segundo, y luego su expresión cambió.
—Génesis… —murmuró—. Felicidades.
Su voz sonó sincera.
Leyla volvió a abrazarme.
—¡Te dije que te iba a cuidar! —susurró—. Y por eso vine.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!