ETHAN
Conduje en silencio. Génesis iba a mi lado con la mirada fija en la ventana, como si el paisaje nocturno tuviera alguna respuesta que nosotros no encontrábamos. No le dije nada. No hacía falta. Ambos sabíamos lo que estaba en juego.
El Club Fantasía apareció al final de una calle. Estacioné el auto y apagué el motor. Antes de bajar, miré a Génesis.
—¿Estás lista?
Ella asintió sin dudar. Eso era lo que más admiraba de esa mujer: podía estar cayéndose por dentro y aun así mantenerse firme.
Entramos por la puerta lateral, tal como Deivyd me había indicado por mensaje. Toqué dos veces. Deivyd abrió.
—Pasen —dijo en voz baja—. Está adentro.
Y ahí estaba. Ana, sentada en una silla, con los ojos hinchados y las manos temblando sobre las rodillas. Parecía un animal acorralado. En cuanto nos vio, se levantó de golpe.
—¡Por favor! —suplicó, con la voz quebrada—. No me lleven a la cárcel. Yo no hice nada. Yo solo obedecí. No soy la autora de lo que te hicieron, Ethan. ¡Te lo juro!
Me quedé de pie, mirándola sin pestañear. Ana empezó a temblar más.
—Entonces explícame —ordené con calma—. Todo. Desde el principio. Y no te atrevas a mentir, porque ya no tienes dónde esconderte.
Ana tragó saliva. Miró a Génesis, luego a Deivyd, y por último a mí. Sus ojos suplicaban compasión, pero yo no estaba ahí para eso.
—Fue Dafne —soltó al fin, con la voz temblorosa—. Ella me contactó. Al principio parecía algo inofensivo. Me pidió que me acercara a Will, que lo enamorara. Me dijo que era un juego, que quería darle una lección a la novia de él, a Leyla. Me ofreció dinero, mucho dinero, y yo… yo necesitaba ese dinero.
Apreté la mandíbula. Cada palabra que salía de su boca confirmaba lo que ya sospechaba: Dafne no improvisaba. Dafne planificaba. Con frialdad. Con precisión. Como un cirujano del engaño.
—Sigue —le exigí.
Ana se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y continuó.
—Después vinieron los pedidos más grandes. Dafne me dijo que necesitaba que yo contactara a un inversionista. Me dio instrucciones exactas: qué decir, cómo presentar la oferta, cómo hacer que pareciera legítimo. Ella planeo todo, el robo de los seis millones.
Se me tensó todo el cuerpo.
—¿Y el dinero? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Se lo quedó Dafne —confesó Ana—. Todo. Cada centavo. Yo nunca vi un solo dólar de eso. Ella lo tenía todo planeado desde antes de la boda.
Génesis, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dio un paso adelante.
—¿Y la venta de secretos de la empresa? —preguntó con firmeza—. ¿También fuiste tú?
Ana bajó la mirada. Se mordió el labio inferior y el rubor de la vergüenza le subió por el cuello.
—Eso fue… algo extra —admitió en voz baja—. Yo tenía acceso a cierta información por mi cercanía con Will. Vi una oportunidad y la tomé. Pero Dafne lo sabía. Y no le importó. Es más, cuando se enteró, me dijo que siguiera. Que le sacara todo lo que pudiera a la empresa.
—¿Te dijo que siguieras? —repitió Génesis, incrédula.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!