Dejé a Génesis en un lugar seguro y conduje de regreso a la casa de Dalia. Todavía no podía procesar todo lo que Ana había confesado. Cada pieza encajaba con una precisión escalofriante: la boda, la cárcel, los seis millones, la huida planeada. Todo orquestado por Dafne. Todo calculado al milímetro.
Y pensar que yo me creía un hombre calculador. Dafne me había superado con creces. Cuando llegué a la casa, esperaba encontrar silencio. Eran más de las nueve de la noche. Pero en su lugar, escuché risas.
Risas que venían del jardín. Mi madre, Vanessa, estaba sentada en una de las sillas del jardín, con una copa de vino en la mano, riendo a carcajadas. A su lado, Ashley, mi hermana, le contaba algo con gestos exagerados. Y frente a ellas, Dalia, la dueña de la casa, se reía como si las tres fueran amigas de toda la vida.
Me quedé observándolas un momento. Era una imagen surrealista. Mi madre no se reía así desde hacía años.
Dalia fue la primera en verme.
—¡Ethan! —exclamó, poniéndose de pie—. ¡Ven, siéntate con nosotras!
Me acerqué sin prisa.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, intentando sonar casual.
Dalia se adelantó.
—Tu hermana y tu madre son personas maravillosas —dijo con entusiasmo—. Hemos estado charlando toda la tarde. No puedo creer que no nos conociéramos antes. Tu mamá me contó historias increíbles de cuando eras niño.
Miré a mi madre con los ojos entrecerrados.
—Mamá…
Vanessa levantó las manos, inocente.
—Solo le conté lo del recital de piano. Nada grave.
—Y lo de la vez que te caíste en la piscina del hotel —agregó Ashley, aguantando la risa.
—Gracias por el resumen —respondí con sequedad.
Ashley se puso de pie, se acercó a mí y me tomó del brazo.
—Hablando en serio, hermano. Dalia es increíble. Es divertida, inteligente, tiene su propia casa, y encima cocina mejor que mamá. Cuando te divorcies de Dafne, deberías considerar a Dalia. Es una opción mucho mejor.
—Ashley… —le advertí.
Pero Dalia me interrumpió con una sonrisa tímida.
—Voy a ser honesta, Ethan. Desde que te conocí, me interesaste. No solo porque eres… bueno, ya sabes. Sino porque eres diferente a los hombres que he conocido.
La miré sin expresión. No era el momento. No era el lugar. Y definitivamente no era la mujer.
—No estoy para el amor —respondí, cortante—. Tengo demasiadas cosas en la cabeza como para pensar en eso.
El silencio se volvió incómodo. Mi madre carraspeó. Ashley se miró las uñas como si de pronto fueran fascinantes.
—Bueno —dijo Vanessa, poniéndose de pie—. Creo que ya es hora de que nos retiremos. Fue una noche encantadora, Dalia. Muchas gracias por todo.
Ashley se levantó también, me dio una palmadita en el hombro y se fue con mi madre. Me dejaron solo con Dalia en el jardín.
—No quiero incomodarte —le dije—. Agradezco todo lo que has hecho por mí, por mi familia. Nos has abierto las puertas de tu casa sin pedir nada a cambio. Pero no quiero causar molestias ni generar malentendidos.

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