GENESIS
Llegué a la empresa con la esperanza de tener una mañana tranquila. Solo una. ¿Era mucho pedir? Al parecer, sí.
Apenas salí del ascensor, vi la puerta de la oficina contigua a la mía abierta de par en par. Alguien había cambiado la placa. Donde antes decía "Sala de juntas auxiliar", ahora se leía con letras doradas: Dafne Wood. Directora de Imagen Corporativa.
Directora de Imagen Corporativa. Mi hermana no sabía ni lo que significaba "corporativa" y ya tenía un título que sonaba más importante que el mío.
Respiré hondo. Caminé hasta mi oficina sin mirar hacia su puerta, pero fue inútil. Su voz me alcanzó antes de que pudiera cerrar la mía.
—¡Hermanita! Buenos días.
Me detuve. Cerré los ojos un segundo, le pedí paciencia a Dios, al universo, a quien estuviera escuchando, y me giré. Dafne estaba recargada en el marco de su puerta, con un vestido rojo que parecía diseñado para provocar, un café en la mano y esa sonrisa que yo conocía demasiado bien.
—Buenos días, Dafne —respondí con la mayor neutralidad posible.
Ella me miró de arriba abajo. Se detuvo en mi vientre, que ya empezaba a notarse, aunque yo hacía todo lo posible por disimularlo con blusas holgadas.
—Pero mira nada más —dijo, inclinando la cabeza como si estuviera admirando un cuadro—. ¿Cuántos meses tienes ya? Porque, cariño, eso ya no lo oculta ni una carpa de circo.
Apreté los dientes.
—No es de tu incumbencia.
—Claro que lo es —respondió, acercándose un paso—. Soy tu hermana. Tu melliza. ¿O ya se te olvidó? Somos tan parecidas que hasta hemos compartido los mismos hombres.
Antes de que pudiera responder, Leyla apareció por el pasillo con un folder en la mano y una expresión que cambió de tranquila a tensa en cuanto vio a Dafne.
—Génesis, necesito que revises unos… —empezó a decir, pero Dafne la interrumpió.
—¡Leyla! Qué gusto verte —exclamó con un entusiasmo tan falso que daban ganas de aplaudirle la actuación—. ¿Cómo estás? ¿Ya superaste lo de Will?
El aire se cortó.
Leyla se quedó quieta. La vi apretar el folder hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—No sé de qué hablas —respondió Leyla con la mandíbula tensa.
Dafne ladeó la cabeza con fingida compasión.
—Ay, cariño. Es una lástima. Hacían una pareja… interesante.
—Dafne, ya basta —intervine, dando un paso hacia adelante.
Pero mi hermana no había terminado. Nunca terminaba cuando tenía la oportunidad de clavar el cuchillo un poco más profundo.
—¿Todavía lloras por él? —preguntó, mirando a Leyla con esos ojos avellana que mi madre le heredó junto con la crueldad—. Porque a mí me buscó solito. Sin que yo moviera un dedo.
Silencio.
Lo que pasó después fue cuestión de segundos. Leyla soltó el folder. Las hojas volaron por el aire. Dio dos pasos hacia Dafne con los puños cerrados y una expresión que yo conocía perfectamente: era la misma cara que ponía cuando iba a destruir algo.
—¡Leyla, no! —Me lancé hacia ella y la tomé del brazo con ambas manos.
Leyla forcejeó.
—¡Suéltame, Génesis! ¡Le voy a partir la cara a esta…!
—¡No! —la jalé con toda la fuerza que tenía, que no era poca a pesar de todo—. No vale la pena. Mírame. Mírame, Leyla.
Leyla me miró con los ojos inyectados de rabia. Le temblaba todo el cuerpo.
—No le des el gusto —le susurré—. Eso es exactamente lo que quiere.
Dafne observaba la escena con una sonrisa divertida, como quien mira una telenovela desde el sofá de su casa. Dio un sorbo a su café con toda la calma del mundo y se fue a la sala de juntas.
No tuve tiempo de procesar nada porque mi teléfono sonó. Era la asistente de mi padre.
—Señorita Wood, su padre la necesita en la sala de juntas principal. Los señores Anderson ya están aquí para la firma del contrato.
Se me había olvidado por completo. Me miré en el espejo de mi oficina. Acomodé mi blusa, respiré hondo y caminé hacia la sala de juntas con Leyla detrás de mí.
Cuando abrí la puerta, vi más gente de la que esperaba.
Mi padre estaba de pie junto a la mesa. A su derecha, el señor Anderson, el padre de Danilo y Dalia, un hombre imponente de traje gris y cabello canoso. Junto a Anderson, Danilo. Y al fondo, Dalia, con su elegancia habitual, aunque noté algo tenso en su postura.
Pero fue la persona que estaba a la izquierda de la mesa la que me robó el aliento por un segundo.
Ethan.
Estaba de pie, con un traje oscuro que le quedaba como si hubiera sido cosido directamente sobre su cuerpo. Tenía los brazos cruzados y la expresión neutra, profesional, impenetrable. Pero yo sabía leer lo que había detrás de esa máscara. Lo conocía demasiado bien.
Nuestras miradas se cruzaron un segundo. Solo uno. Fue suficiente, para decirnos los mucho que nos amábamos.
—Buenos días —saludé al grupo.
—¡Génesis! —Mi padre sonrió al verme—. Qué bueno que llegas. Estamos por empezar.
Todo parecía en orden hasta que escuché la puerta abrirse detrás de mí. No tuve que voltear para saber quién era. El perfume la delató.
Dafne entró como si la sala fuera una pasarela. Entonces sus ojos se encontraron con los de Dalia.
El aire cambió.
Las dos se miraron con una intensidad que podría haber encendido fuego. Dalia apretó la mandíbula. Dafne le sostuvo la mirada sin parpadear.
Dafne, por supuesto, fue la primera en romper el silencio. Porque mi hermana nunca dejaba pasar una oportunidad de provocar.
—Dalia —saludó con una sonrisa que destilaba veneno—. Qué sorpresa. ¿Ya te arreglaron bien la nariz o todavía quedó chueca?
—Dafne —intervino mi padre con tono de advertencia.
Dalia apretó los puños, pero no respondió. Se limitó a mirarla con un desprecio silencioso que, para ser honesta, yo admiré un poco. Entonces Dafne giró hacia Ethan. Y lo que hizo me heló la sangre.
—Querido esposo —dijo, lo suficientemente alto para que todos escucharan—. Qué guapo te ves hoy.
Ethan no se movió. No la miró. Su mandíbula se tensó apenas un milímetro, un gesto que solo yo podía notar.
—Dafne —respondió con una frialdad que podría congelar el desierto.
Dalia dio un paso al frente.
—Disfrútalo mientras puedas —le dijo a Dafne con voz firme—. Porque muy pronto dejará de ser tu esposo.
La sala se quedó en silencio un segundo. Dafne giró hacia Dalia con una lentitud calculada.

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