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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 114

ETHAN

Salí de esa sala antes de hacer algo de lo que no me iba a arrepentir, pero que sí iba a complicar todo.

Caminé rápido por el pasillo. Recordar a Danilo. Su brazo alrededor de la cintura de Génesis. Su voz diciendo “mi amor”. Sus palabras reclamando a mis hijos frente a todos como si le pertenecieran.

Mis hijos.

Apreté los puños hasta sentir las uñas clavándose en la palma. Necesitaba salir. Necesitaba aire. Necesitaba estar lejos de ese payaso antes de romperle la cara y destruir semanas de estrategia en un segundo de satisfacción.

Llegué al ascensor y presioné el botón con más fuerza de la necesaria. Las puertas se abrieron. Entré. Presioné el botón de la planta baja y respiré hondo cuando las puertas empezaron a cerrarse.

Pero no se cerraron.

Una mano se interpuso en el último segundo. Las puertas se abrieron de nuevo y el perfume entró antes que ella.

Dafne.

Se metió al ascensor con esa tranquilidad que solo tienen las personas sin conciencia. Las puertas se cerraron detrás de ella y nos quedamos solos en ese espacio reducido que de pronto se sentía como una jaula.

—Querido esposo —dijo, mirándome con esa sonrisa que conocía demasiado bien—. ¿Te vas tan pronto? La fiesta apenas empieza.

No respondí. No la miré. Clavé los ojos en los números que descendían en la pantalla del ascensor. Seis. Cinco. Cuatro.

—¿Qué pasa? —insistió, inclinando la cabeza—. ¿Te molestó lo de Danilo? ¿O es que te duele ver que Génesis ya tiene quién cuide de ella y de sus bebés?

Tres.

—Porque eso es lo que pasa, Ethan. Tú ya no eres parte de esa ecuación. Danilo es el padre de esos niños. Tú eres mi esposo. Así funcionan las cosas.

Dos.

No sé en qué momento mi cuerpo se movió antes que mi razón. Fue instinto. Fue rabia pura.

La tomé del cuello. No con fuerza suficiente para lastimarla, pero sí con la suficiente para que entendiera que estaba al borde. La empujé contra la pared del ascensor y la miré directo a los ojos, tan cerca que podía ver mi propio reflejo en sus pupilas.

—Podría matarte en este momento —le dije con una voz que no reconocí como mía—. Aquí. Sin testigos. Sin cámaras. Y nadie me culparía cuando supieran lo que has hecho.

Dafne no se asustó. Eso era lo peor de ella: nada la asustaba. Me sostuvo la mirada y, despacio, con toda la calma del infierno, se rio. Se rio en mi cara.

—Pero no lo vas a hacer —susurró—. Porque no eres tan cruel, Ethan. Ese es tu problema. Siempre fuiste demasiado blando para mí.

La solté. Di un paso atrás. Sentía el pecho ardiéndome, las manos temblando. No de miedo. De contención.

Dafne se acomodó el cuello de la blusa sin prisa, como si acabara de ajustarse un collar de perlas y no las manos de un hombre furioso.

—Escúchame bien —dijo, y su voz perdió toda la burla. Ahora era fría. Filosa—. Nunca voy a dejar que seas feliz. Ni con Génesis, ni con Dalia, ni con nadie. Tú me perteneces. Firmaste un papel que dice que eres mío y mientras ese papel exista, yo soy tu dueña.

La miré sin parpadear.

—Los papeles se rompen, Dafne.

—Los míos no —respondió con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

No iba a seguir en ese espacio con ella. No un segundo más. Me giré hacia el panel y presioné todos los botones. El ascensor se detuvo en el siguiente piso. Las puertas se abrieron y salí sin mirar atrás.

—¡Ethan! —la escuché gritar antes de que las puertas se cerraran—. ¡Piénsalo bien!

Encontré las escaleras y las bajé de dos en dos. Cinco pisos. Los bajé como si el edificio estuviera en llamas. Cuando llegué a la planta baja tenía la respiración agitada, pero ya no por el esfuerzo. Era la adrenalina de haber estado tan cerca de hacer algo irreversible.

Salí al estacionamiento. Busqué el auto que Dalia me había prestado, subí, encendí el motor y conduje.

No fui a ningún lugar civilizado. Fui al Club Fantasía.

Cuando entré al cuarto del fondo, supe de inmediato que algo andaba mal.

Deivyd estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que yo conocía bien: la cara que ponía cuando las cosas se complicaban. Y junto a la ventana, Ana, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado, mordiéndose las uñas hasta dejárselas en carne viva.

—¿Qué pasó? —pregunté cerrando la puerta detrás de mí.

Deivyd me miró con seriedad.

—Quiso huir. La encontré con una maleta lista hace una hora. Si llego cinco minutos más tarde, se nos va.

Miré a Ana. Ella se detuvo en seco al escuchar mi voz, pero no me sostuvo la mirada. Temblaba como una hoja.

—Ana —le dije, acercándome un paso—. Mírame.

Ella levantó los ojos. Estaban hinchados, rojos, agotados.

—No puedo hacerlo —murmuró—. No puedo declararle la guerra a Dafne. Tú no sabes de lo que es capaz. Ella me va a encontrar. Ella siempre encuentra la manera.

—Dafne no te va a tocar —le dije con toda la firmeza que pude reunir—. Yo me encargo de eso. Deivyd se encarga de eso.

—¡Eso dices ahora! —exclamó con la voz quebrada—. Pero cuando ella mande a alguien, cuando aparezca en esa puerta, ¿quién va a protegerme? ¿Tú?

Me quedé callado un segundo. Porque tenía razón. Estaba pidiéndole a esta mujer que arriesgara todo cuando yo mismo seguía escondiéndome.

Me acerqué a ella, la miré directo a los ojos y bajé la voz.

—Sé que tienes miedo. Yo también lo tengo. Pero esto se acaba pronto, Ana. Te doy mi palabra. Y cuando termine, Dafne no va a poder hacerle daño a nadie nunca más. Solo necesito que resistas un poco más.

Ana me miró con desconfianza, pero vi algo cambiar en su expresión. Un destello pequeño, frágil, de alguien que quería creer.

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