Entrar Via

Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 115

Leyla

Vivir con Noha Hall era como convivir con un manual de reglas con piernas.

Desde que llegamos a América, el apartamento que yo consideraba mi refugio sagrado se había convertido en un campo de batalla silencioso. Mis cosas de un lado, las suyas del otro. Mi desorden contra su obsesión por el orden. Mi música a todo volumen contra su necesidad enfermiza de silencio después de las nueve de la noche.

—Esto es tu castigo por venirte de Australia —me dijo esa tarde, mientras acomodaba sus camisas en el closet del cuarto de invitados con una precisión que me ponía los nervios de punta—. Si te hubieras quedado en Sídney, estarías en tu propio espacio, sin tener que compartir baño conmigo.

Lo miré desde el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Tenía que venir a ver a mi amiga. ¿O tú crees que iba a dejar a Génesis sola con todo lo que está pasando?

—Podrías haberla apoyado por teléfono.

—Claro, y tú podrías haber firmado los contratos por correo electrónico. Pero aquí estás, ocupando mi cuarto de invitados y usando mi shampoo.

Noha me miró con esa expresión que yo no sabía si era de fastidio o de diversión contenida.

—Es un buen shampoo —respondió.

Le cerré la puerta en la cara.

Esa noche cometí el error de salir de mi habitación por un vaso de agua.

Iba en pijama. Y cuando digo pijama, me refiero a una camiseta vieja de una banda que ya ni existía, unos shorts que habían visto mejores décadas y el cabello recogido en un moño que parecía un nido de pájaros después de un huracán. No esperaba encontrarme a nadie porque, en teoría, Noha se acostaba temprano como el anciano que era por dentro.

Pero ahí estaba. En la cocina. Sin camisa.Me detuve en seco.Noha estaba de espaldas, sirviendo agua de una jarra, y la luz de la cocina le marcaba cada músculo como si alguien lo hubiera esculpido con mala intención. Espalda ancha, hombros definidos, cintura estrecha. Era ridículo. Era innecesario. Era una falta de respeto hacia mi tranquilidad mental.

Se giró y me vio. Bajó la mirada a mi pijama. Yo bajé la mirada a su torso. Nos miramos como dos personas que acababan de descubrirse en una escena que ninguno había planeado.

—Bonita camiseta —dijo.

—Bonitos… abdominales —respondí antes de poder detenerme.

Silencio incómodo. De los largos. De los que quieres que te trague la tierra.

—Voy a buscar mi vaso y me voy —dije, caminando hacia la cocina sin mirarlo.

Pero no me fui. Y él tampoco.

No sé cómo pasó, pero terminamos sentados en el sofá de la sala, cada uno en una esquina, con un vaso de agua y una conversación que empezó torpe y fue creciendo sin permiso.

Noha me preguntó por Will. Así, directo, sin anestesia, como hacía todo.

—¿Qué quieres saber? —le dije a la defensiva.

—Lo que quieras contarme.

Lo miré con desconfianza, pero algo en su tono me hizo bajar la guardia.

—Lo amé —confesé, y me sorprendió lo fácil que salió—. Lo amé de verdad. Will era tierno, gracioso, me hacía reír como nadie. Era mi oso de peluche. Yo pensaba que lo nuestro iba a durar para siempre. Pero entonces apareció Ana, y él… él simplemente no pudo resistirse. —Hice una pausa—. Lo peor no fue que me engañara. Lo peor fue que yo lo vi venir y no quise aceptarlo. Me mentí a mí misma durante semanas.

Noha me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, se quedó callado un momento. Después habló con una voz más baja de la que le conocía.

—Yo estuve casado. Con una modelo. Se llamaba Claire. Era brillante, ambiciosa, hermosa. Me enamoré como un idiota. Nos casamos a los dos años de conocernos. —Hizo una pausa—. Me engañó con su representante. Un tipo que yo consideraba amigo. Los encontré en nuestro apartamento, en nuestra cama, un martes a las tres de la tarde.

—Un martes —repetí, sin saber qué más decir.

—Un martes —confirmó con una sonrisa amarga—. Ni siquiera tuvo la decencia de elegir un fin de semana.

No me reí. Quise, pero no me reí. Porque entendía esa clase de humor. El que usas cuando algo te dolió tanto que si no te burlas, te destruye.

—Lo siento —le dije.

—Ya pasó —respondió—. Pero aprendí algo: nunca más poner los ojos en una modelo.

Esa frase se quedó flotando entre los dos como algo que no debería haberme dolido pero que me dolió. Yo era modelo. ¿Eso me descalificaba automáticamente?

—Creo que me voy a dormir —dije, levantándome del sofá.

—Buenas noches, Leyla.

—Buenas noches, Noha.

-----

A la mañana siguiente, Noha y yo salimos del edificio en su auto rumbo a la empresa Wood. Él conducía. Yo iba de copiloto revisando mi teléfono, fingiendo que la conversación de anoche no había existido.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!