GÉNESIS
Desperté con la boca seca y el cuerpo pesado. Los gemelos habían decidido que las tres de la mañana era una hora perfecta para hacer una fiesta en mi vientre y no me dejaron dormir hasta casi las cinco. Ser madre primeriza y a escondidas era, sin duda, la combinación más agotadora que existía.
Me levanté, me lavé la cara, me puse una bata y salí de mi habitación rumbo a la cocina. Necesitaba un vaso de jugo, una tostada y que nadie me hablara durante al menos veinte minutos.
Pero al bajar las escaleras, escuché voces.
Risas, para ser exacta. Risas de mujeres que sonaban demasiado contentas para un martes a las diez de la mañana. Venían de la sala principal.
Mi madre estaba sentada en el sofá grande, con una taza de té en la mano y una sonrisa radiante. Frente a ella, en el sillón individual, estaba la señora Anderson. Isabella Anderson. La madre de Danilo y Dalia. Una mujer elegante, de cabello rubio cenizo y modales impecables.
Entre las dos, sobre la mesa de centro, había revistas. Revistas de bodas. Catálogos de flores. Muestras de telas.
Se me heló la sangre.
—¡Génesis! —Mi madre me vio y me llamó—. Ven, siéntate con nosotras.
No quería sentarme. Quería dar media vuelta, subir las escaleras y encerrarme en mi cuarto hasta que esas revistas se desintegraran solas. Pero ya me habían visto, así que respiré hondo y caminé hacia la sala.
—Buenos días —saludé, tratando de sonar amable—. Señora Anderson, qué sorpresa verla aquí.
Isabella me sonrió con calidez genuina.
—Génesis, querida. Qué gusto. Estás preciosa. El embarazo te sienta de maravilla.
—Gracias —respondí, sentándome en la orilla del sofá más cercano a la salida. Por si acaso.
Mi madre dejó la taza de té sobre la mesa y se inclinó hacia mí con una emoción que me puso nerviosa.
—Génesis, Isabella vino porque queremos hablar contigo sobre algo muy importante.
—Los preparativos de la boda —completó Isabella con una sonrisa.
Ahí estaba. La bomba que había visto venir desde que vi las revistas.
—Hemos estado platicando —continuó mi madre— y creemos que lo ideal sería hacerla en menos de un mes. Antes de que el embarazo se note demasiado. Algo elegante pero íntimo. Isabella tiene contactos maravillosos con floristas y organizadores de eventos.
—Yo ya hablé con una wedding planner que es espectacular —agregó Isabella, sacando su teléfono para mostrarme fotos—. Hizo la boda de la hija del embajador de Francia. Fue soñada. Podríamos hacer algo similar, adaptado a ustedes, por supuesto.
Las dos me miraban con ilusión. Con expectativa. Como si ya hubieran planeado todo y solo necesitaran mi firma al pie de la página.
Respiré hondo. Una vez. Dos veces. Lo que iba a decir no iba a ser fácil, pero tampoco podía seguir dejando que esta mentira creciera como una bola de nieve.
—Señora Anderson —dije con todo el respeto que pude reunir—. Se lo digo con mucho cariño y con toda la sinceridad del mundo: yo no voy a casarme con Danilo. Así que no tienen que preparar ninguna boda.
El silencio que cayó sobre esa sala fue de los que te hacen escuchar hasta el reloj de la pared.
Isabella parpadeó. Su sonrisa no desapareció del todo, pero se congeló en un gesto que era mitad confusión, mitad incredulidad.
—Génesis, cariño —dijo, inclinándose hacia adelante—, entiendo que los nervios previos a una boda pueden ser intensos, pero esto es importante. Yo no puedo permitir que uno de mis hijos no tenga una boda. Y menos Danilo. Tú no sabes lo que significa esto para mí. Danilo siempre fue mi preocupación más grande. Siempre fue el hijo perdido, el que yo pensaba que nunca iba a sentar cabeza. Nunca imaginé que podría convertirse en un hombre responsable. Y ahora, como futuro padre, verlo así de comprometido contigo… no tienes idea de la paz que eso le da a mi corazón de madre.
Me dolió. No voy a mentir: me dolió escucharla. Ella de verdad creía en lo que decía. De verdad estaba feliz. Y yo estaba a punto de destrozar esa felicidad.

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