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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 117

DAFNE

Las miré a las dos esperando la respuesta.

Danilo no es el padre.

Esas cuatro palabras confirmaron lo que yo ya sospechaba desde hacía semanas. Porque yo no era estúpida. Yo nunca fui estúpida, aunque todos a mi alrededor insistieran en tratarme como si mi cerebro fuera del tamaño de mis tacones.

Si Danilo no era el padre, solo había una opción. Una sola persona en este maldito planeta que podía ser el responsable de esos gemelos.

Ethan.

Mi esposo. El hombre que firmó un papel conmigo ante un juez. El mismo que se suponía estaba encerrado, arruinado, destruido. Pero no. El muy maldito no solo había sobrevivido a todo lo que le hice, sino que además se había acostado con mi hermana y le había dejado un recuerdo doble.

Sentí la rabia subirme desde el estómago hasta la garganta como ácido. Pero no iba a demostrarlo. No ahí. No frente a ellas. Yo había aprendido, mucho antes que cualquiera en esta familia, que las emociones eran armas. Y las armas no se disparan sin apuntar primero.

—¿Y bien? —insistí, caminando hacia Génesis con pasos lentos—. Te hice una pregunta, hermanita. ¿Quién es el padre?

Génesis me sostuvo la mirada. Le temblaba la mandíbula, pero no bajó los ojos. Eso siempre me había irritado de ella: esa terquedad silenciosa, esa fortaleza que no tenía sentido en alguien como ella. Se suponía que yo era la fuerte. Se suponía que yo era la que mandaba.

—A su tiempo voy a decir la verdad —respondió—. Pero no hoy. Y no a ti.

—Génesis, por favor. Necesitamos saber. Si Danilo no es el padre, entonces tenemos que hablar con él, tenemos que aclarar esto con los Anderson, esto es un escándalo que…

—Mamá —la cortó Génesis con firmeza—. Voy a resolver esto. Pero a mi manera y en mi momento. No antes.

Se dio la vuelta y subió las escaleras sin mirar atrás.

Salí de la casa sin despedirme, caminé hasta mi auto y cerré la puerta con un golpe que retumbó en el estacionamiento. Me quedé sentada, con las manos en el volante y la mirada fija en la nada.

Ethan y Génesis. Génesis y Ethan. Juntos. A mis espaldas. Riéndose de mí mientras yo creía que lo tenía todo bajo control.

Mis manos apretaron el volante con tanta fuerza que me dolieron los dedos. Respiré hondo. No iba a perder la compostura. No por ellos. No por nadie.

Bajé la mirada y vi la caja de chocolates en el asiento del copiloto. Chocolates importados, con un lazo rojo ridículo y una tarjeta que decía: "Para la mujer más hermosa. Will".

Tomé uno. Me lo metí a la boca y lo mastiqué con rabia, como si fuera el propio Will lo que estaba triturando entre mis dientes. El chocolate se deshizo en mi lengua, dulce, empalagoso, asqueroso.

Odiaba el chocolate. Siempre lo odié. Era lo primero que eliminé de mi dieta cuando empecé a modelar y nunca lo extrañé. Pero más que al chocolate, odiaba a Will. Ese hombre creía que podía enamorarme con regalos tontos. Chocolates, flores, cartas escritas a mano como si estuviéramos en el siglo pasado. ¿En serio? ¿A mí? ¿A Dafne Wood? ¿Creía que yo era la tonta de Leyla?

Will era útil. Lo admitía. Era fácil de manipular, obediente como un perro, y tenía acceso a información de la empresa que yo necesitaba.

Patético.

Estaba cansada de él. Cansada de sus abrazos torpes, de sus declaraciones cursis, de su necesidad constante de validación. Yo no necesitaba un novio. Yo necesitaba hombres que cumplieran su función y desaparecieran. Como mis gigolós. Ellos sí entendían las reglas: placer sin compromiso, sin preguntas, sin cajas de chocolates con lazos ridículos.

Tiré la caja al asiento trasero y encendí el motor.

Necesitaba un trago. Algo fuerte. Algo con alcohol que me quemara la garganta y me ayudara a pensar con claridad. Porque ahora tenía un problema nuevo. Uno mucho más grande que Ethan o que Génesis por separado.

Los gemelos.

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