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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 118

GÉNESIS

Llegué a la sala de juntas una hora antes que todos. Necesitaba ese tiempo a solas para ordenar mis ideas, para repasar mentalmente cada palabra que iba a decir, cada prueba que iba a presentar. Porque lo que estaba a punto de hacer no tenía vuelta atrás. Una vez que mi padre supiera la verdad, el mundo como lo conocíamos en esta familia se iba a partir en dos.

Puse las manos sobre mi vientre. Los gemelos se movieron, como si supieran que su madre estaba a punto de hacer algo enorme. Les susurré en silencio: "Esto lo hago por ustedes. Por su papá. Por nosotros".

La puerta se abrió.

Mi padre entró primero. Detrás de él venía Will, con su computadora portátil bajo el brazo. Lo miré y él me devolvió la mirada con un gesto breve que significaba: "Estoy listo".

—Buenos días, hija —saludó mi padre, sentándose frente a mí—. Tu mensaje decía que era urgente. ¿Qué sucede?

No le di vueltas. No tenía sentido suavizar lo que iba a ser un golpe directo al pecho.

—Papá, te pedí esta reunión porque necesitas saber la verdad sobre los robos y el espía en la empresa.

Matías frunció el ceño.

—¿Tienes información nueva? —preguntó con cautela.

—Tengo más que eso.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Leyla entró con paso firme y detrás de ella venía un hombre que mi padre no esperaba ver ahí.

El inversionista.

Mi padre lo miró con confusión.

—¿Quién es él?

El hombre entró con paso lento y se sentó en la silla que Leyla le indicó.

—Papá —dije—, le pedí al señor Herrera que viniera porque tiene algo que confesarte. Algo que tú necesitas escuchar de su propia boca.

Matías miró al inversionista.

—Adelante —dijo, sentándose de nuevo.

—Señor Wood —comenzó con voz grave—, hace unos meses fui contactado por una persona. Esta persona me propuso un plan: debía acercarme a Ethan Fox y hacerle creer que existía una oportunidad de negocio de doce millones de dólares. Un negocio ficticio. Una fachada.

Mi padre escuchaba sin moverse.

—Ethan confió en la propuesta —continuó Coronado—. Le pedí seis millones de dólares como inversión inicial. Él los consiguió a través de los fondos de la empresa. Yo recibí ese dinero y lo devolví, pero no a la empresa. Lo entregué a la persona que me había contratado. Los seis millones nunca fueron robados por Ethan. Fueron una trampa para culparlo.

Matías abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

—A mí me pagaron más de cien mil dólares por participar en la operación —confesó, bajando la mirada—. Sé que lo que hice fue un delito. Y estoy dispuesto a asumir las consecuencias. Pero no podía seguir callando.

Mi padre tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaban las venas del cuello. Sus ojos iban del inversionista a mí, de mí al inversionista, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.

—Señor Herrera —dije con calma—, le agradezco mucho su valentía. Puede retirarse. Mi asistente lo acompañará.

Él asintió, se puso de pie y salió de la sala sin mirar a nadie. Leyla cerró la puerta detrás de él.

Mi padre me miró.

—¿Quién lo contactó? —preguntó—. ¿Quién fue la persona que le pagó para hacer eso?

—Antes de responder a eso —le dije—, necesitas ver algo más.

Abrí la laptop y giré la pantalla hacia mi padre. Will se levantó de su silla y se colocó a mi lado para manejar los archivos.

—Papá, estas son las grabaciones de las cámaras de seguridad de la empresa —expliqué—. Will las revisó durante semanas. Lo que vas a ver es la prueba de quién era el espía que vendía nuestros secretos corporativos.

Will reprodujo el primer video.

Mi padre la reconoció de inmediato.

—¿Ana? ¿La novia de Will?

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