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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 120

Genesis

Todo pasaba demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo.

Ethan estaba frente a mí, cubriéndome con su cuerpo, con los brazos abiertos como un escudo humano. Y las palabras que acababa de decir seguían flotando en el aire como fragmentos de una bomba que todavía no terminaba de estallar.

Mis hijos.

Mi padre dio un paso hacia nosotros. Tenía el rostro desencajado, los ojos inyectados de confusión y algo que se parecía demasiado a la traición.

—Quiero una explicación —exigió con una voz que le temblaba de rabia contenida—. ¿Por qué Ethan dice que los hijos que esperas son de él, Génesis? ¿Alguien me puede explicar qué está pasando en esta maldita habitación?

—¡Que se callen! —gritó Ana, agitando el arma en el aire—. ¡No importa quién es el padre de esos bebés! ¡No importa nada! ¡Nadie se mueve!

Su voz sonaba como cristal a punto de romperse. Las lágrimas le caían sin control y el arma le temblaba tanto en las manos que cada sacudida me provocaba un escalofrío. Un dedo nervioso en un gatillo era lo más peligroso del mundo.

Ethan levantó las manos despacio, sin moverse de su posición frente a mí.

—Ana, escúchame —dijo con esa calma que yo sabía que le costaba un esfuerzo sobrehumano—. Suelta el arma. No tienes que lastimar a nadie. Si disparas, tu situación legal se va a complicar de una manera que ya no voy a poder ayudarte. Piensa. Todavía estás a tiempo.

—¡Ya no creo en nadie! —sollozó Ana—. Todos me prometen cosas. Todos me dicen que van a protegerme. Y al final siempre termino sola, acorralada, sin salida.

—No estás sola —insistió Ethan—. Solo necesito que digas la verdad. Eso es todo. La verdad y nada más.

Ana lo miró con los ojos rojos, destruidos.

Entonces Dafne habló. Y lo que salió de su boca fue veneno en estado puro.

—¿La verdad? —dijo con una risa corta, cruzándose de brazos como si no hubiera un arma apuntándoles a todos—. ¿Alguien de verdad le va a creer a esta mujer? Mírenla. Está inestable. Fuera de sí. Cambia su historia cada cinco minutos. Primero dice que la obligaron, después dice que fue voluntario, ahora saca un arma. Es una loca. Su testimonio no vale nada.

—¡No estoy loca! —gritó Ana, girando el arma hacia Dafne con una violencia que nos hizo retroceder a todos—. ¡No estoy loca y tú lo sabes!

Dafne no se movió. La miró con esa frialdad que yo conocía desde niñas, la misma frialdad con la que arrancaba las alas a las mariposas en el jardín cuando teníamos seis años.

—¡Tú! —Ana apuntaba directamente a Dafne, con el brazo estirado y la voz desgarrada—. ¡Tú fuiste quien me manipuló desde el principio! ¡Tú me contactaste! ¡Tú me ofreciste dinero! ¡Tú me obligaste a enamorar a Will, a contactar al inversionista, a espiar la empresa! ¡Todo fue tu plan! ¡Cada maldita cosa que hice fue porque tú me lo pediste!

Dafne la miró sin pestañear.

—Estás loca —repitió con calma—. Y lo mejor que podrías hacer es quitarte la vida de una vez. Hazle un favor al mundo.

Sentí que el aire se me fue de los pulmones.

—¡Dafne! —grité, horrorizada.

Pero mi hermana no se detuvo. Se acercó un paso hacia Ana, como si el arma no existiera, como si las lágrimas de esa mujer fueran un espectáculo que le divertía.

—Dispárate —le dijo con una voz baja, íntima, casi tierna en su crueldad—. Dispárate a ti misma y se acabó todo. Ya nadie va a creerle a una muerta. Y tú vas a dejar de sufrir. Todos ganamos.

—¡Dafne, cállate! —le grité con toda la fuerza de mis pulmones—. ¡Cierra la boca ahora mismo!

Me giré hacia Ana. Le temblaba todo. El arma subía y bajaba con cada sollozo. Sus ojos iban de Dafne a mí, de mí a Dafne, buscando algo a qué aferrarse.

—Ana, no la escuches —le supliqué, dando un paso hacia ella con las manos levantadas—. Dafne está tratando de manipularte otra vez. Es lo que siempre hace. No le des el gusto. No le des ese poder.

Ana me miró. Por un segundo vi en sus ojos un destello de humanidad, de cordura.

—Estoy cansada —murmuró con una voz que ya casi no era voz—. Estoy tan cansada de todo. Quizá lo mejor es quitarme la vida. Quizá Dafne tiene razón.

—¡No! —grité.

Ana levantó el arma. Se la puso en la sien. Cerró los ojos.

Sentí que el mundo se me caía encima.

Pero entonces algo cambió en su rostro. Algo se encendió detrás de esas lágrimas. Algo que no era rendición. Era rabia.

Abrió los ojos. Bajó el arma de su sien. Y la apuntó directamente a Dafne.

—No —dijo Ana con una voz que ya no temblaba—. Si alguien tiene que morir aquí, no voy a ser yo.

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