ETHAN
Mi interrogatorio duró más de lo que esperaba. El oficial me hizo las mismas preguntas tres veces, de tres maneras diferentes, buscando contradicciones. No las encontró porque no las había. Le conté la verdad, o al menos la parte de la verdad que podía contar sin hundirnos a todos.
Cuando por fin me dejaron salir de esa habitación, lo primero que hice fue buscar a Génesis con la mirada.
La vi al fondo del pasillo, saliendo de otra puerta. Caminaba despacio, con los hombros caídos y la mirada en el suelo. No hacía falta ser un genio para saber que algo la había roto ahí adentro.
Corrí hacia ella. La alcancé en tres zancadas y la abracé sin preguntar. Génesis se tensó entre mis brazos.
—Ethan, no —murmuró—. Aquí no. Nos pueden ver.
—Me da igual quién nos vea. Ven conmigo —le dije.
—¿A dónde?
—Al auto. Necesitas salir de aquí.
No discutió. Eso me preocupó más que cualquier pelea. La Génesis que yo conocía siempre discutía, siempre cuestionaba, siempre me ponía contra la pared con esa lengua afilada que me volvía loco. Pero esta Génesis estaba apagada. Como una luz a la que le han cortado la corriente.
Llegamos al auto. Abrí la puerta del copiloto y la ayudé a subir. Rodeé el vehículo, me senté al volante y no encendí el motor. Me giré hacia ella.
Estaba mirando por la ventana, con las manos sobre el vientre y los ojos brillantes pero secos. Conteniendo. Siempre conteniendo. Esa mujer llevaba toda la vida tragándose las lágrimas para que nadie supiera cuánto le dolían las cosas.
—¿Qué pasó con tu padre? —le pregunté.
—No quiero hablar de eso.
—Está bien. No tienes que hablar. Pero quiero que te quedes conmigo esta noche.
—No puedo, Ethan. Tengo que volver a casa. Mi madre debe estar…
—Tu madre tiene a tu padre. Tú me tienes a mí. Y no voy a dejarte sola esta noche. No después de lo que pasó hoy.
—Estoy bien.
—No, no lo estás. Y está bien no estarlo, Génesis. Pero no vas a pasar esta noche sola en ese apartamento, mirando el techo y fingiendo que no te duele nada. No mientras yo exista.
Génesis me miró durante un largo momento. Vi la resistencia desmoronarse en sus ojos como un muro que lleva demasiado tiempo sosteniendo demasiado peso. No dijo que sí. Simplemente dejó de decir que no.
Encendí el motor y conduje.
Llegamos al apartamento de Deivyd. El no estaba. Me había enviado un mensaje diciendo que se quedaría en el hospital con Will hasta que lo estabilizaran.
Génesis entró sin decir nada. La guié hasta la habitación. Abrí la cama, busqué una camiseta limpia de Deivyd que pudiera servirle de pijama y se la dejé sobre la almohada.
—Cámbiate —le dije—. Voy a traerte agua.
Cuando regresé con el vaso, ella ya estaba en la cama, con la camiseta enorme de Deivyd que le llegaba a las rodillas y el cabello suelto sobre la almohada. Parecía más pequeña de lo que era. Más frágil.
Dejé el vaso en la mesita, me quité los zapatos y la camisa, y me acosté a su lado. No le pregunté si podía abrazarla. Simplemente lo hice. La rodeé con mis brazos, la atraje hacia mí y sentí cómo su espalda encajaba contra mi pecho como si nuestros cuerpos hubieran sido diseñados para esa posición exacta.
Así que me quedé ahí. Abrazándola. Sintiendo a mis hijos moverse bajo mis manos. Escuchando su respiración hasta que se volvió profunda y pausada.
Se durmió.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me dormí también. Sin pesadillas.
-----
Me desperté a las siete de la mañana con una claridad mental que no tenía en semanas. Génesis seguía dormida, acurrucada en mi lado de la cama.
Me levanté sin hacer ruido y fui a la cocina. Revisé la nevera de Deivyd: huevos, pan, mantequilla, jugo de naranja y un queso que parecía haber sobrevivido a una guerra. No era mucho, pero era suficiente.
Preparé huevos revueltos, tosté el pan, serví el jugo y acomodé todo en una bandeja.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!