GÉNESIS
Llegué a casa de mis padres con una sonrisa que no me cabía en la cara.
Lo sé. Suena absurdo. Después de todo lo que había pasado el día anterior —los disparos, la sangre, el rechazo de mi padre, Ana al borde de la muerte— lo último que alguien esperaría es que yo llegara sonriendo. Pero así era. Y la razón tenía nombre y apellido: Vanessa Fox.
La madre de Ethan había pasado de querer sacarme del apartamento a abrazarme con una fuerza que casi me deja sin costillas. Cuando procesó las palabras de su hijo, cuando entendió que los bebés eran de Ethan, algo se encendió en sus ojos que yo no había visto en los de mi propia madre en años: alegría genuina. Pura. Sin condiciones.
—¡Voy a ser abuela! —había gritado, con las manos en la cara y los ojos llenos de lágrimas—. ¡Ethan, voy a ser abuela!
Ashley tardó un poco más en reaccionar, pero cuando lo hizo, me abrazó también y me susurró al oído: "Perdóname por lo que dije. Tú no eres Dafne. Eso se ve a kilómetros".
Vanessa me había tomado las manos, me había mirado a los ojos y me había dicho algo que yo iba a guardar en mi memoria para siempre: "Bienvenida a la familia, Génesis. Ya era hora de que mi hijo encontrara a alguien que le enseñara a ser humano".
Así que sí. Llegué sonriendo. Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien me había recibido con los brazos.
La sonrisa me duró hasta que crucé la puerta de la casa.
Mi madre estaba bajando las escaleras.
—¿Se puede saber dónde pasaste toda la noche? —preguntó desde el último escalón, mirándome como si yo tuviera dieciséis años y hubiera llegado a las cinco de la mañana.
—En el apartamento de Leyla —respondí con calma—. Necesitaba descansar después de lo que pasó.
Caminé hacia la sala, pero no llegué. Mi madre fue más rápida. Se acercó a mí con tres pasos largos y, antes de que pudiera reaccionar, su mano me golpeó la mejilla.
La cachetada me giró la cara. Me ardió la piel. Me zumbó el oído. Pero lo que más me dolió no fue el golpe. Fue ver su mano levantada, su rostro deformado por la rabia y la certeza de que mi madre era capaz de golpearme estando embarazada.
—¡Eres una mentirosa! —gritó con la voz quebrada de furia—. No estuviste en ningún apartamento de Leyla. ¡Estuviste con Ethan! ¡Con el esposo de tu hermana!
Me llevé la mano a la mejilla. El calor del golpe me palpitaba en la piel. La miré sin retroceder.
—Ya sé la verdad, Génesis —continuó, con los ojos inyectados—. Sé que esos gemelos son de Ethan. ¡Del esposo de Dafne! ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerle eso a tu propia hermana?
Quiso levantar la mano otra vez. Quiso golpearme de nuevo. Pero esta vez fui más rápida. Le tomé la muñeca en el aire y se la sostuve con una firmeza que la dejó paralizada.
—No —le dije, mirándola a los ojos—. No vas a volver a ponerme una mano encima. Nunca más.
Samantha trató de soltarse, pero no la dejé.
—¿Sabes qué, mamá? —continué, y mi voz salió más tranquila de lo que esperaba—. Me hubiera encantado que reaccionaras así cuando Dafne se metió con Tomás. Cuando tu hija favorita se acostó con el hombre que era mi prometido. Cuando me destrozó la vida y casi me mata. ¿Dónde estaba esta furia entonces? ¿Dónde estaba esta cachetada cuando era Dafne la que me traicionaba?
Samantha palideció.
—Eso fue distinto —balbuceó.
—¿Distinto? —solté su muñeca y di un paso atrás—. ¿En qué fue distinto, mamá? ¿En que cuando Dafne lo hace, es un error de juventud, y cuando lo hago yo, es una traición imperdonable? ¿Esa es la diferencia?
—Tomás no estaba casado con nadie, Génesis. Ethan es el esposo de tu hermana. Hay un matrimonio de por medio.
—Un matrimonio falso —le dije con firmeza—. Un matrimonio que Dafne orquestó como parte de una trampa. Ethan nunca quiso casarse con ella. Dafne lo manipuló, lo chantajeó, intentó suicidarse para obligarlo. Y yo caí en la misma trampa, orillando a Ethan para que se casara con mi hermana, dejando a un lado mi propio amor. Ese matrimonio es una cárcel, no una unión. Y tú lo sabes, mamá. O lo sabrías si alguna vez te hubieras tomado el tiempo de conocer la verdad en lugar de creer ciegamente todo lo que Dafne te dice.
Mi madre se quedó muda. Vi cómo mi respuesta le iba entrando despacio, como agua filtrándose por las grietas de un muro que ella había construido durante años para proteger la imagen perfecta de su hija favorita.
—Amo a Ethan —declaré, y sentí que cada palabra me quitaba un peso de encima—. Lo amo con todo lo que soy. Y él me ama a mí. Contra el mundo entero, contra esta familia, contra todo lo que han intentado ponernos en el camino, vamos a estar juntos. Y nuestros hijos van a nacer en un hogar donde no tengan que fingir ser algo que no son para ganarse el amor de nadie.
Samantha abrió la boca para responder, pero el timbre de la puerta la interrumpió.
La empleada abrió. Y lo que vi me borró la sonrisa que todavía me quedaba por dentro.

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