GÉNESIS
El apartamento de Leyla olía a café recién hecho y a esa vela de vainilla que ella encendía cada vez que necesitaba "resetear su energía", como decía. Yo estaba sentada en su sofá con las piernas cruzadas, una taza entre las manos y la sensación de haber corrido un maratón emocional sin zapatillas.
Le conté todo. Desde la cachetada de mi madre hasta la cara de Danilo cuando le desmoroné la fachada frente a sus padres. Cada detalle. Cada palabra. Cada silencio.
Leyla escuchaba con los ojos muy abiertos, asintiendo en algunos momentos, negando con la cabeza en otros, y apretando un cojín contra su pecho como si fuera un escudo.
—Tu madre te golpeó —repitió cuando terminé—. Estando embarazada. Te golpeó.
—Sí.
—Samantha se pasó de la línea, Génesis. Eso no tiene justificación.
—Lo sé. Pero ya no me importa. Lo que me importa es que dije la verdad. Toda. Sin filtros.
Leyla dejó el cojín a un lado y me miró con una mezcla de admiración y ternura que me apretó el pecho.
—Hiciste lo correcto —me dijo con firmeza—. Defendiste tu amor. Defendiste a Ethan. Defendiste a tus hijos. Eso es lo único que importa.
Bajé la mirada hacia mi taza.
—Me arrepiento de no haberlo hecho antes —confesé en voz baja—. Meses, Leyla. Meses callando, escondiéndonos, que Ethan no existía en mi vida. Si hubiera tenido el valor de hablar desde el principio, tal vez nada de lo que pasó ayer habría sucedido.
—No puedes pensar así —me dijo Leyla, inclinándose hacia mí—. Hiciste lo que pudiste con lo que tenías en ese momento.
—Fue miedo —la corregí—. Llamémoslo por su nombre. Tuve miedo de mi padre, de mi madre, de Dafne, del mundo. Y ese miedo me costó meses de mi vida que nunca voy a recuperar.
Leyla se quedó callada un momento. Después suspiró y se recostó contra el respaldo del sofá con la mirada perdida en el techo.
—Hablando de miedos… —murmuró.
La miré.
—¿Qué pasa?
—Noha se va.
—¿Se va? ¿A dónde?
—A Australia. Decidió regresar. Dice que ya firmó lo que tenía que firmar, que los negocios con tu padre están cerrados y que no tiene motivo para quedarse.
La forma en que dijo "no tiene motivo para quedarse" me lo dijo todo. No era información. Era dolor disfrazado de dato.
—¿Y cómo te sientes con eso? —le pregunté.
Leyla se encogió de hombros con esa falsa indiferencia que yo le conocía desde hacía años.
—Rara —admitió—. Me siento rara. Como si algo se me estuviera escapando de las manos y no supiera si quiero sostenerlo o dejarlo ir.
—Leyla. Te gusta Noha.
—No me gusta.

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