DAFNE
Ana. Estaba de pie frente a mí, en una habitación blanca, sin puertas, sin ventanas, sin salida. Tenía los ojos abiertos, fijos, muertos, pero su boca se movía. Me decía algo que yo no podía escuchar. Se acercaba despacio, arrastrando los pies, dejando un rastro de sangre en el suelo blanco que se iba extendiendo como una sombra. Yo retrocedía, pero la pared me detenía. Ana llegaba hasta mí, me tomaba de los hombros con las manos frías y pegajosas, y me susurraba al oído con una voz que parecía venir del fondo de un pozo:
—Yo ya dije la verdad, Dafne. Ahora te toca a ti.
Desperté de golpe.
El techo del hospital me recibió con su luz blanca y su zumbido constante de máquinas. Tenía el corazón acelerado, la bata empapada de sudor y el brazo vendado palpitándome como si tuviera un segundo corazón dentro de la herida.
Me quedé quieta un momento. Respiré. Una vez. Dos veces. Esperé a que los latidos se calmaran y a que la imagen de Ana se disolviera como lo que era: un sueño. Nada más.
Hice lo correcto.
Me lo repetí en silencio, como un mantra. Hice lo correcto. Ana iba a destruirme. Ana tenía toda la información para hundirme. Ana era la única persona en el mundo que podía mirar a un juez a los ojos y decirle exactamente lo que yo había hecho, con fechas, con montos, con detalles. Y ahora Ana ya no podía hacer nada de eso.
¿Que le disparé? Sí. ¿Que fueron dos balazos? También. ¿Que lo haría de nuevo? Sin dudarlo un segundo.
Me incorporé despacio en la cama. El brazo me dolía, pero era un dolor manejable. La bala me había rozado el músculo sin tocar el hueso. Los médicos dijeron que tuve suerte.
Me puse de pie. Las piernas me temblaron un poco al principio, pero me sostuve. Tomé la bata que estaba al pie de la cama, me la puse sobre los hombros y salí de la habitación.
El pasillo estaba en silencio. Eran las tres de la mañana y el hospital dormía. Caminé descalza por el piso frío, sin prisa, hasta llegar a la habitación que estaba dos puertas más allá de la mía.
La puerta estaba entreabierta. Me asomé sin entrar.
Will estaba acostado en la cama, con los ojos cerrados, una vía intravenosa en el brazo y un vendaje grueso que le cubría el costado izquierdo. El monitor a su lado marcaba un pulso estable: bip, bip, bip.
Lo miré desde la puerta.
Tenía el rostro relajado, como si durmiendo pudiera escaparse de toda la basura que lo rodeaba cuando estaba despierto. Parecía más joven así. Más tonto. Más él.
—Idiota —susurré.
La palabra me salió sola, como un reflejo.
—Eres un completo idiota, Will. El más grande que he conocido.
Y eso ya era decir mucho, porque yo había conocido a muchos idiotas en mi vida. Hombres que se creían inteligentes, hombres que se creían fuertes, hombres que juraban que podían conmigo y terminaban arrodillados. Pero Will era diferente. Will no era idiota por estúpido. Era idiota por bueno. Y eso era peor. Porque la bondad en un hombre era la debilidad más peligrosa que existía.
Se había puesto frente a las balas por mí. Por mí. Una mujer que lo había usado desde el primer día, que lo sedujo como un juego, que nunca le dijo una sola verdad y que se reía de sus chocolates y sus cartas cuando él no estaba mirando. Y aun así, cuando las balas volaron, su primer instinto fue cubrirme con su cuerpo.
Nadie había hecho eso por mí. Nunca.
Will era el único idiota en el mundo que había estado dispuesto a dar su vida por la mía.
Y yo no sabía qué hacer con eso. Así que hice lo que siempre hacía cuando algo me incomodaba: lo guardé en un cajón mental, cerré con llave y fingí que no existía.
—Recupérate, imbécil —murmuré desde la puerta—. Todavía me debes una caja de chocolates.
Me di la vuelta y caminé de regreso a mi habitación.
A las siete de la mañana escuché pasos en el pasillo.
Mi padre entró a la habitación.
Activé el protocolo de inmediato. Sabía exactamente qué cara poner, qué tono usar, qué palabras elegir. Llevaba toda la vida haciéndolo. Era mi mejor talento: convertirme en lo que el otro necesitaba ver.
—Papá —dije con voz quebrada, y los ojos se me llenaron de lágrimas con una facilidad que ya ni me sorprendía—. Papá, me siento muy mal.
Matías se acercó a la cama. Me miró. Y algo en su expresión me puso alerta. No era la mirada de siempre. No era el padre preocupado que corría a consolarme cada vez que yo lloraba. Había algo diferente. Algo más frío. Más distante.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!