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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 127

Leyla

Las flores que llevaba eran horribles. Un ramo de margaritas baratas que compré en el puesto de la esquina del hospital porque no tuve tiempo de buscar algo mejor. Pero Will siempre decía que las margaritas eran sus favoritas porque eran "las únicas flores que no intentan ser más de lo que son". Así que ahí iba yo, con un ramo de flores honestas para un hombre que había pasado los últimos meses mintiendo.

La ironía no se me escapaba.

Cuando entré a la habitación, Will estaba despierto. Recostado contra las almohadas, con el costado vendado, la bata de hospital que le quedaba grande y esa cara de oso apaleado que siempre me hacía querer abrazarlo y golpearlo al mismo tiempo.

Me vio y sonrió. Una sonrisa débil, cansada, pero genuina. De esas que Will no sabía fabricar porque nunca aprendió a fingir. Ese era su problema y su mayor virtud: era transparente como un vaso de agua.

—Leyla —dijo, y su voz sonó rasposa, como si llevara días sin usarla.

—Will —respondí, dejando las margaritas en la mesita de noche—. Te ves terrible.

—Me dispararon. ¿Qué esperabas?

—Al menos que te hubieras peinado.

Se rio. Se arrepintió de inmediato porque la risa le jaló la herida y se llevó la mano al costado con una mueca.

—No me hagas reír —pidió—. Duele.

—Entonces no digas cosas graciosas.

Me senté en la silla junto a su cama. Lo miré un momento. Más allá de los vendajes y la palidez, Will seguía siendo Will. El mismo hombre que me hizo reír durante años, que me cocinaba pasta los domingos aunque siempre le quedaba aguada, que me abrazaba tan fuerte que yo sentía que nada malo podía pasarme.

Hasta que pasó.

—Hemos estado muy preocupados por ti —le dije.

—¿Hemos? —preguntó, levantando una ceja con esfuerzo.

—Génesis ha estado muy preocupada —aclaré—. Ha preguntado por ti todos los días. Quería venir antes, pero con todo lo que ha pasado…

—Lo imagino —murmuró Will—. ¿Cómo está ella?

—Fuerte. Como siempre.

Will asintió despacio. Se quedó mirando el techo un momento y después habló con una voz que ya no era la del paciente haciéndose el gracioso. Era otra. Más baja. Más pesada.

—Me equivoqué, Leyla.

No respondí. Dejé que siguiera.

—Me equivoqué con Ana. Me equivoqué con Dafne. Me equivoqué con todo. Cada decisión que tomé después de que tú y yo terminamos fue una peor que la otra. Como si sin ti yo perdiera la brújula y empezara a caminar en círculos, tropezando con las mismas piedras una y otra vez.

—Al parecer no tienes buenos gustos —le dije, cruzándome de brazos—. Te gustan las locas.

Will soltó una risa corta que volvió a dolerle.

—Dije que no me hicieras reír.

—Y yo dije que no dijeras cosas graciosas. Estamos empatados.

Will me miró. Y en sus ojos vi algo que me apretó el pecho a pesar de todo: arrepentimiento real. No el de alguien que lamenta las consecuencias, sino el de alguien que lamenta las decisiones.

—Lo único que hice bien en mi vida fue cuando me convertí en tu novio —dijo, y su voz se quebró apenas un poco en la última palabra—. Nuestro noviazgo fue la relación más pura y más real que he tenido. Tú eras lo mejor que me pasó, Leyla. Y lo eché a perder. Lo sé. No te pido que volvamos ni que olvides lo que hice. Solo te pido que en algún momento, cuando estés lista, puedas perdonarme.

Lo miré en silencio. El oso de peluche. Mi oso de peluche. El hombre que amé con todo lo que tenía y que rompió lo nuestro por no saber valorar lo que era fácil, lo que era simple, lo que era verdadero.

—Eres un idiota, Will —le dije con suavidad.

—Lo sé.

—Pero eres mi idiota favorito. Y te perdono. No hoy. No todo. Pero voy a hacerlo. Con el tiempo.

Will me miró con los ojos brillantes y asintió. No dijo gracias. No hacía falta. Algunos silencios dicen más que cualquier palabra.

La puerta se abrió y Génesis entró con esa energía que siempre la precedía, como una brisa que llegaba antes que ella.

—¡Will! —exclamó con una sonrisa que le iluminó toda la cara—. Me alegra tanto verte despierto. No sabes el susto que nos diste.

—El susto me lo dieron a mí —respondió Will con una media sonrisa—. Yo solo puse el cuerpo.

Génesis se acercó, le apretó la mano y se sentó al borde de la cama.

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