Entrar Via

Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 128

NOHA

Miré el teléfono durante diez minutos antes de escribir el mensaje.

Diez minutos. Sentado en una de esas sillas incómodas del aeropuerto, con la maleta a mis pies y el café enfriándose en la mano, buscando las palabras exactas para despedirme de una mujer a la que no quería decirle adiós.

Escribí cinco versiones. Borré las cinco.

La primera decía: “Me voy. No debí quedarme tanto tiempo”. Demasiado brusco. La segunda: “Gracias por todo, Leyla. Voy a extrañarte”. Demasiado honesto. La tercera: “El beso no fue un error”. Demasiado peligroso. La cuarta no la recuerdo porque la borré antes de terminarla. Y la quinta era tan larga que parecía una carta de amor, y yo no escribía cartas de amor. Ya no. Nunca más.

Al final escribí lo más cobarde que un hombre puede escribir cuando siente demasiado y no quiere demostrarlo:

*“Estoy en el aeropuerto. Vuelo a Sídney sale en cuarenta minutos. Fue un placer trabajar contigo, Leyla.”*

Fue un placer trabajar contigo. Como si ella fuera una socia. Una colega. Una persona más con la que compartí una sala de juntas y un apretón de manos.

Envié el mensaje y bloqueé la pantalla antes de arrepentirme.

Había sido un error venir a América. Lo supe desde el primer día y lo confirmé cada día después. Pero no era el tipo de error que uno comete por accidente. No. Este fue un error calculado, intencional, ejecutado con la precisión de un hombre que se cree inteligente y resulta ser un idiota.

Cuando Leyla anunció que se iba de Australia para acompañar a Génesis, algo dentro de mí se rompió. No con un estruendo. Con un clic. Como un interruptor que se activa sin permiso. Sentí una rabia absurda, desproporcionada, que no tenía derecho a sentir. Leyla no era nada mío. No era mi novia, ni mi amiga, ni siquiera alguien con quien pudiera decir que me llevaba bien. Era la mujer más insoportable, testaruda y exasperante que había conocido en mi vida.

Y la idea de que se fuera me resultó intolerable.

Así que hice lo que mejor sabía hacer: disfrazar mis emociones de estrategia. Todo también una excusa. La verdad era más simple y más patética: si Leyla se iba, yo me iba detrás de ella. No para conquistarla. Para hacerle la vida imposible. Porque si no podía tenerla, al menos quería estar cerca lo suficiente para discutir con ella todos los días.

Eso era lo que yo entendía por afecto. Discutir. Provocar. Buscar excusas para estar en la misma habitación.

Claire me lo dijo una vez, durante una de nuestras peleas finales: “Tú no sabes amar, Noha. Solo sabes competir”. Y tenía razón. Yo convertía todo en una competencia. Incluido el amor.

Pero esos días en América cambiaron algo.

No fue un momento específico. No fue el beso, aunque el beso me desarmó de una manera que todavía me costaba admitir. Fue la acumulación de cosas pequeñas. Leyla en pijama con el pelo revuelto, riéndose de su propia apariencia con una honestidad que las modelos que yo conocía no tenían. Leyla discutiendo conmigo sobre la temperatura del auto como si fuera una cuestión de vida o muerte. Leyla contándome sobre Will en el sofá, a las dos de la mañana, con la guardia baja y la voz rota, mostrándome las grietas que escondía debajo de toda esa belleza que el mundo le aplaudía.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!