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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 129

Génesis

Desperté con el sol entrando por la ventana y una mano tibia sobre mi vientre.

Ethan estaba a mi lado, con los ojos ya abiertos, acariciando mi barriga con esa suavidad que siempre me sorprendía viniendo de un hombre con manos tan grandes.

—Buenos días, bebés —susurró contra mi vientre—. ¿Durmieron bien? Porque su mamá roncó toda la noche.

—No ronco —murmuré con los ojos entrecerrados.

—Roncas. Pero es un ronquido elegante. Con clase.

—Ethan Fox, son las siete de la mañana. No empieces.

Se rio en voz baja y subió hasta mi cara. Me besó la frente, después la nariz, después los labios. Un beso lento, de esos que no tienen prisa.

—Te amo —me dijo contra los labios.

—Yo también te amo.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente como para soportar que me digas que ronco.

Ethan sonrió. Esa sonrisa que transformaba toda su cara, que le quitaba años y le añadía una humanidad que el mundo rara vez veía. El hombre frío y calculador que todos conocían no existía en esta cama. Aquí solo estaba Ethan. El padre de mis hijos. El hombre que se puso frente a un arma por mí.

Me acurruqué contra su pecho y me quedé un momento ahí, escuchando su corazón. Latía tranquilo. Firme. Como él.

—Ethan —le dije—. Necesito contarte algo.

—Dime.

—Voy a regresar a Australia.

Sentí cómo su pecho se tensó un segundo debajo de mi mejilla. Después se relajó.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Pronto. Tengo la empresa allá. El proyecto con Noha necesita atención. Y necesito estar lejos de todo esto, Ethan. Lo de Dafne, el psiquiátrico, el juicio que viene… cada vez que pienso en mi hermana encerrada en ese lugar, me entristece. No porque no lo merezca. Sino porque es mi melliza. Compartimos un vientre. Y verla convertida en esto me destroza de una manera que no sé cómo manejar estando aquí, tan cerca de todo.

Ethan me acarició el cabello en silencio.

—Me voy contigo.

—Ethan, no se...

—No te estoy pidiendo permiso, Génesis. Te estoy informando. Me voy contigo. Aunque no quieras. Aunque me digas que no. Aunque me cierres la puerta en la cara, voy a comprar el departamento de al lado y te voy a molestar todos los días hasta que me dejes entrar.

Solté una risa que me salió del alma.

—Estás loco.

—Estoy enamorado. Que viene siendo lo mismo.

—Entonces ven conmigo —le dije.

—Encantado.

Ethan se sentó en la cama, me tomó las manos y las apretó con fuerza.

—Te voy a amar todos los días, Génesis. Te voy a cuidar a ti y a nuestros hijos. Vamos a formar la familia que ninguno de los dos tuvo. Sin mentiras, sin máscaras, sin fingir ser algo que no somos. Solo tú y yo.

—Y dos bebés que van a heredar tu mal carácter —agregué.

—O tu terquedad. Que es peor.

Me besó otra vez. Y en ese beso sentí algo que llevaba toda mi vida buscando: un hogar. No de paredes y techo. De brazos y promesas.

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Más tarde llegué a la empresa. Tenía varias cosas que resolver antes de organizar mi regreso a Australia, y la primera era hablar con mi padre. Pero al salir del ascensor, no fue a mi padre a quien encontré primero.

Danilo estaba en el pasillo, de pie junto a la máquina de café, con un vaso en la mano y la mirada perdida en algún punto de la pared. Cuando me vio, su expresión cambió. Bajó los ojos. Se enderezó. Y por primera vez desde que lo conocía, vi algo en su rostro que no era arrogancia ni fingimiento.

Era vergüenza.

—Génesis —saludó

—Danilo.

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