Ethan
Llegue a casa de los Anderson.
Toqué el timbre. Dalia abrió.
—Hola Dalia. —saludé.
No dijo nada. Se hizo a un lado y me dejó pasar.
—Mi padre está en su oficina. —me indicó. Sin darme la posibilidad de entablar una conversación con ella.
Caminé por el pasillo hasta llegar a la oficina del padre de Dalia.
Cuando entré, levantó la mirada de unos documentos y se quitó los lentes. No sonrió, pero tampoco mostró hostilidad. Era un hombre de negocios. Y los hombres de negocios saben que las emociones personales no pueden interferir con los contratos.
—Ethan —saludó con un gesto seco—. Siéntate.
Me senté frente a él. Dalia se quedó de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados, escuchando.
—Señor Anderson, voy a ser directo con usted porque creo que es lo que merece —empecé—. He tomado la decisión de irme del país. Voy a mudarme a Australia.
Anderson no parpadeó. Me sostuvo la mirada.
—¿Australia? —repitió.
—Sí. Pero quiero que sepa que esto no afecta nuestros acuerdos comerciales. Puedo llevar el control de mis operaciones financieras a distancia. La tecnología lo permite y tengo un equipo de confianza que puede manejar lo presencial. Los compromisos que adquirí con usted y con su empresa van a cumplirse. Cada uno de ellos.
Anderson se reclinó en su silla. Me estudió durante un momento largo.
—¿Esto tiene que ver con lo que pasó con mi hijo? —preguntó.
—Claro que no, tiene que ver con mi vida personal. Con decisiones que debí tomar hace tiempo y que ya no puedo seguir postergando.
—He trabajado con gente que me prometió el mundo desde la oficina de al lado y no cumplió —dijo—. Si tú puedes cumplir desde el otro lado del planeta, no tengo objeción.
—Le doy mi palabra.
—Tu palabra, hasta ahora, ha sido buena —respondió—. No la arruines.
Nos estrechamos la mano. Anderson volvió a ponerse los lentes y regresó a sus documentos, dándome a entender que la conversación había terminado.
Me puse de pie.
—Señor Anderson, quiero agradecerle. A usted y a su familia. Me abrieron las puertas de su casa cuando no tenía dónde ir. Eso no lo voy a olvidar.
Anderson levantó la mirada un segundo.
—No me lo agradezcas a mí —dijo, señalando con la cabeza hacia la puerta—. Agrádeceselo a ella. Fue idea de Dalia.
Miré hacia la puerta. Dalia ya no estaba ahí.
Salí del estudio y la busqué. La encontré en el jardín trasero.
Me acerqué y me senté a su lado.
—¿Te vas con Génesis? —preguntó sin mirarme.
—Sí.
Dalia asintió.
—Génesis es la mujer que amo, Dalia —le dije con honestidad—. La amo como nunca amé a nadie. Y ahora va a ser la madre de mis hijos. Necesito estar con ella. Necesito construir algo real, de verdad, por primera vez en mi vida.
Dalia sonrió. Fue una sonrisa pequeña, rota en los bordes, pero digna.
—Lo sé —dijo—. Siempre lo supe, en el fondo. Desde que te vi con ella por primera vez noté algo. La forma en que la mirabas. Ustedes dos tenían una chispa, una química, que era imposible de ignorar. —Hizo una pausa—. Yo tuve una ilusión, Ethan. Una ilusión tonta de que tal vez, con el tiempo, esa chispa podría encenderse conmigo. Pero cuando supe que eras el padre de sus hijos, perdí toda esperanza.
No me miró al decir eso.

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