DAFNE
Abrí los ojos y vi el techo blanco.
Otra vez el maldito techo blanco.
Cada mañana era igual. Despertar, ver ese techo sin una sola grieta, sin una mancha, sin un rasguño, y recordar que no estaba en mi casa, ni en un hotel, ni en ningún lugar donde yo hubiera elegido estar.
Estaba en una jaula disfrazada de clínica, con paredes acolchadas en algunos pasillos, puertas que no se abrían desde adentro y ventanas que solo dejaban pasar la luz pero no la libertad.
Cerré los ojos un segundo. Y ahí estaba. Como cada mañana. Como cada noche. Como cada vez que bajaba la guardia.
Ana.
De pie frente a mí, con los ojos abiertos y la bata manchada de rojo, mirándome sin parpadear. No decía nada. Solo me miraba. Y su silencio era peor que cualquier grito, que cualquier acusación, que cualquier disparo.
—No estás aquí —murmuré, apretando las sábanas con los puños—. No eres real. Estás muerta.
Ana no respondió. Nunca respondía. Solo se quedaba ahí, mirándome, hasta que yo abría los ojos y la luz del techo blanco la borraba.
Abrí los ojos. El techo seguía ahí. Ana no.
La puerta se abrió. La enfermera de turno entró con esa sonrisa profesional que yo odiaba más que cualquier insulto. Se llamaba Carmen. Era baja, robusta, con manos de mujer que ha sujetado a demasiados pacientes y ya no se asusta de nada.
—Buenos días, Dafne —saludó con ese tono alegre que me daban ganas de estrellar contra la pared—. Es hora de tus medicamentos.
Puso una bandeja en la mesita. Dos pastillas blancas y una azul. Un vaso de agua. Y esa mirada que significaba: “Te las vas a tomar quieras o no”.
—No las necesito —dije.
—Son indicaciones del doctor. Tienes que tomarlas.
—No estoy loca.
—Nadie dijo que lo estés. Son para ayudarte a descansar.
Para ayudarme a descansar. Como si el problema fuera el sueño y no el hecho de que me tenían encerrada como un animal en un zoológico de mentes rotas.
Tomé las pastillas. Me las puse en la boca. Bebí el agua. Carmen me miró la garganta para asegurarse de que las había tragado. Lo hice. No porque quisiera, sino porque la última vez que las escupí, vinieron dos enfermeros que me inmovilizaron contra la cama mientras Carmen me las metía por la fuerza.
Carmen recogió la bandeja y entonces sacó algo de detrás de su espalda. Una caja. Pequeña, rectangular, con un lazo rojo que yo reconocí al instante.
—Te llegó esto —dijo, dejándola sobre la mesita con una sonrisa—. Tu admirador ha traído chocolates nuevos.
Mi admirador. Así le decían las enfermeras al idiota que venía cada semana a dejar una caja de chocolates en la recepción sin dar su nombre. Como si yo no supiera quién era. Como si no reconociera esa marca de chocolates importados que me daban náuseas. Como si no supiera que el único hombre en el planeta lo suficientemente estúpido para mandarle chocolates a una mujer encerrada en un psiquiátrico era Will.
Carmen se fue. Me quedé mirando la caja un momento. La tomé. Le quité el lazo. La abrí.
Y adentro había un solo chocolate.
Uno. Un mísero chocolate solitario en una caja diseñada para doce.
—¿Es una broma? —murmuré.
La rabia me subió por el pecho como una ola caliente que no podía contener.
—¡Carmen! —grité—. ¡Carmen, ven aquí!
La enfermera abrió la puerta con cara de alerta.
—¿Qué pasa?

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