GENESIS
Las maletas estaban listas. Dos grandes con mi ropa y mis cosas. Una mediana con todo lo que Vanessa y Ashley habían comprado para los bebés, que milagrosamente cupo en una sola porque Ethan se encargó de doblar cada prenda con la precisión de un ingeniero mientras yo lo miraba desde la cama comiendo galletas.
Solo faltaba él. Ethan había ido a resolver unos últimos trámites con el abogado y quedó en pasar por mí en una hora. Vanessa, Ashly y Deivyd, tomaron un avión el día anterior.
De pronto escuche a alguien entrar por la puerta.
Leyla entró arrastrando una maleta enorme, de esas que pesan más vacías que llenas, con un bolso de mano colgado del hombro y los lentes de sol en la cabeza como diadema. La maleta golpeó el marco de la puerta, después la mesa del recibidor y después mi pie.
—Perdón —dijo sin detenerse, dejando la maleta junto a las mías.
La miré. Miré su maleta. Miré las mías. Y volví a mirarla a ella.
—Leyla, ¿qué haces con una maleta?
—¿Qué parece? Me voy contigo.
—¿A Australia?
—No, a Marte. Claro que a Australia, Génesis.
Se dejó caer en el sofá a mi lado y se quitó los zapatos
—Pero pensé que después de lo que pasó con Noha… —empecé a decir.
Leyla levantó la mano para detenerme.
—No pasa nada con Noha —dijo con una firmeza —. Él se fue. Tomó su avión, cruzó el océano y regresó a su vida perfectamente ordenada. Y yo me ilusioné. Eso fue todo. Una ilusión. Como cuando ves un vestido precioso en un aparador y sabes que no es tu talla. Lo miras, suspiras y sigues caminando.
—Leyla…
—Génesis, estoy bien. De verdad. ¿Me hubiera gustado que las cosas fueran diferentes? Sí. ¿Voy a morirme por eso? No. Tengo cosas más importantes en las que pensar. Como por ejemplo, que mi mejor amiga está a punto de tener gemelos en otro continente y no voy a permitir que Ashley o Deivyd me quiten el puesto de tía favorita.
—Deivyd no está compitiendo contigo.
—Deivyd es capaz de cualquier cosa. No lo subestimes.
Me reí. Esa risa que solo Leyla me provocaba, la que me salía del estómago y me hacía olvidar por un segundo que el mundo era complicado.
Me levanté del sofá y la abracé. La abracé con tanta fuerza que ella se quejó de que la estaba asfixiando, pero no me soltó. Nunca me soltaba. Eso era Leyla: la persona que siempre estaba ahí, sin condiciones, sin cálculos, sin pedir nada a cambio.
—Tus sobrinos van a adorarte —le dije contra su hombro.
—Obvio. Voy a ser la tía más cool del hemisferio sur.
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El vuelo fue eterno. Catorce horas que se sintieron como cuarenta, con mis gemelos usando mi vejiga como trampolín y Ethan dormido en el asiento de al lado con la boca abierta, lo cual yo fotografié para futuras negociaciones matrimoniales.
Llegamos a casa de Vanessa. Una casa modesta, de ladrillo visto y jardín pequeño, No era una mansión. No era la casa de los Wood. Era mejor: era un hogar.
Vanessa nos esperaba en la puerta. Nos abrazó como si no nos hubiera visto en años y no el día anterior. Después nos hizo pasar y nos guió por el pasillo hasta una puerta cerrada al fondo.
—Antes de que se instalen —dijo con una sonrisa que le bailaba en los ojos—, quiero enseñarles algo.
Abrió la puerta.
Me quedé sin aire.
Era una habitación para bebés. Completa. Perfecta. Dos cunas de madera blanca, una junto a la otra, con sábanas de estrellas en una y de lunas en la otra. Un móvil colgado del techo con figuras de animales del bosque. Una mecedora de madera junto a la ventana. Estantes con peluches, libros infantiles y esa lámpara con forma de nube que proyectaba lucecitas en el techo.
—Desde que me enteré de la noticia mandé a arreglar este cuarto —dijo Vanessa, retorciéndose las manos con nerviosismo—. No sabía qué colores les gustarían, ni si prefieren algo más moderno, pero quise que cuando llegaran ya tuviera todo listo para los bebés y si no les gusta podemos cambiar lo que quieran, yo solo quería que…

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!