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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 134

NOAH

—Déjame ver si entendí —dijo Alec, reclinándose en la silla de mi oficina con una sonrisa que me daban ganas de borrarle de un puñetazo—. Tu asistente, la rubia americana, entró a tu oficina, te sirvió tragos, bailó para ti, te quitó la camisa, te empujó a un sillón, y justo cuando pensabas que iba a pasar la mejor noche de tu vida… te robó las llaves del auto y se fue.

—Así es.

Alec me miró un segundo. Después se rio. Con una carcajada que le sacudió todo el cuerpo, que le hizo golpear la mesa con la palma de la mano y que probablemente se escuchó hasta el estacionamiento. Tuve que llamarlo para que viniera por mí, pero ahora me arrepentía.

—¡Es la mejor historia que he escuchado en mi vida! —exclamó, limpiándose los ojos—. Noha Hall, el hombre que controla imperios, que negocia millones sin parpadear, que nunca pierde la compostura… seducido y robado por su propia secretaria. Esto es oro. Oro puro.

—Me alegra que te divierta —respondí con sequedad.

—¿Divertirme? Amigo, voy a contarle esto a todos nuestros conocidos. Va a ser mi historia favorita en las cenas.

—Si lo haces, te juro que…

—¿Qué? ¿Me vas a robar el auto? —Alec volvió a reírse y yo apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes.

Todavía no podía procesar lo que había pasado la noche anterior. Cuando vi a Leyla en la oficina. Se me paró el corazón. Literalmente. Un segundo de arritmia pura que ningún cardiólogo podría explicar sin recurrir a la palabra "idiota".

Se suponía que estaba lejos. Se suponía que se había quedado en América. Se suponía que yo había hecho lo correcto al irme, al poner un océano de distancia entre ella y las estupideces que yo era capaz de hacer cuando la tenía cerca.

Y ahora estaba de vuelta. En mi oficina. Siendo mi asistente. Como si el universo tuviera un sentido del humor retorcido y yo fuera su chiste favorito.

—Admito que verla me dejó en shock —le dije a Alec—. No esperaba que regresara. Y después de lo que me hizo anoche…

—¿Lo que te hizo? —Alec levantó una ceja—. Amigo, lo que ella te hizo fue brillante. Tú le dejaste un mensaje de despedida con la calidez emocional de un recibo de luz, te fuiste del país sin decirle lo que sentías, y ella volvió, te dio una probada de lo que podrías haber tenido y te dejó con las ganas. Es justicia poética.

—Es un delito. Se llevó mi auto.

Apreté los puños sobre el escritorio. Anoche, en ese sillón, con sus manos sobre mi pecho y sus dientes en mi oreja, yo estaba dispuesto a todo. A hacerle cosas que no voy a describir en voz alta porque me niego a darle más material a Alec. Pero ahora, con la luz del día y la humillación todavía fresca, lo único que quería era ahorcarla. Figurativamente. Aunque con Leyla nunca se sabía cuándo lo figurativo se convertía en tentación literal.

Mi teléfono sonó. Miré la pantalla y sentí el estómago contraerse.

Claire.

Ignoré la llamada. El teléfono dejó de sonar. Cinco segundos después, sonó de nuevo. Ignoré otra vez.

Alec me miró con curiosidad.

—¿Quién te llama con tanta insistencia?

—Claire.

La sonrisa de Alec desapareció.

—¿Tu ex?

—No ha parado de llamarme en semanas. La he ignorado todas las veces. No sé qué quiere y, francamente, no me importa.

Alec se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Noha, escúchame bien. Si Claire está llamando después de tanto tiempo, es porque quiere algo. Y lo que sea que quiera, no te conviene. Esa mujer te destruyó una vez.

—Lo sé.

—Entonces más te vale apurarte con Leyla antes de que tu exmujer decida regresar a complicarte la vida.

Lo miré con fastidio.

—No voy a hacer nada con Leyla.

—¿Nada? ¿En serio? ¿Después de lo de anoche? ¿Después de que esa mujer cruzó medio planeta para volver a trabajar contigo?

—Volvió por Génesis, no por mí.

—Claro. Volvió por Génesis. —Alec se cruzó de brazos—. Admítelo, Noha. Leyla te gusta. Te gusta desde América. Probablemente desde antes. Ustedes dos tienen dinamita a punto de explotar y tú estás ahí parado con un fósforo en la mano fingiendo que no sabes lo que pasa.

—Leyla es mi asistente.

—Leyla es la mujer que te roba el sueño, el auto y la dignidad, y aun así lo único que quieres es verla otra vez. Eso no es una asistente, amigo. Eso es un problema. Y los problemas hay que enfrentarlos.

No le respondí. Porque no tenía argumento. Y porque odiaba que Alec tuviera razón.

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