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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 135

LEYLA

Para que quede claro: yo no planeé que Noha me encontrara en lencería.

Lo que pasó fue lo siguiente. Bajé al área de modelaje porque Karen me avisó de un problema con las tallas de la nueva colección de lencería. Las modelos que estaban citadas para la sesión de fotos no habían llegado, el fotógrafo estaba al borde de un ataque de nervios y la producción tenía un deadline que no perdonaba.

Cuando entré, el fotógrafo —un italiano dramático llamado Marco que hablaba con las manos más que con la boca— me miró de arriba abajo y dijo:

—¡Tú! ¡Tú eres perfecta! ¡Ponte eso y súbete a la pasarela!

—No, yo soy la asistente de…

—¡No me importa de quién seas asistente! ¡Tienes el cuerpo, tienes la cara y mis modelos no están! ¡Por favor! ¡Te lo suplico! ¡Mi carrera depende de esta sesión!

No sé si fue su tono desesperado, la adrenalina del momento o el hecho de que llevaba meses sin subir a una pasarela y mis piernas extrañaban esos tacones imposibles. Pero dije que sí.

Pero no imaginaba que ese justo en ese momento apareciera Noha en la puerta fue un accidente.

La cara que puso no tiene precio. Abrió la boca como un pez fuera del agua.

Me sentí triunfante. Otra vez.

Después de que él desapareciera del estudio sin articular una sola palabra, Marco me pidió que hiciera unas tomas en la pasarela. Acepté. ¿Por qué no? Ya estaba vestida. O desvestida, según se mire.

Subí a la pasarela. Las luces me golpearon la cara con esa calidez familiar que mi cuerpo reconocía como si nunca se hubiera ido. Caminé. Posé. Giré.

Estaba disfrutando. De verdad disfrutando. Marco disparaba la cámara sin parar.

Hasta que sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies.

Alguien me agarró por la cintura, me levantó del suelo como si yo pesara lo mismo que una bolsa de supermercado y me echó sobre su hombro.

—¡¿Qué demonios?! —grité, pataleando en el aire.

Sabía quién era antes de ver su cara.

Noha.

Caminó conmigo sobre su hombro como un cavernícola arrastrando su presa.

—¡Noha Hall, todos me están viendo el trasero! ¡Bájame ahora mismo!

No me bajó. Siguió caminando por el pasillo, subió las escaleras y no se detuvo hasta llegar a su oficina. Abrió la puerta de una patada, entró y me bajó de su hombro dejándome de pie frente a él.

Me aparté el pelo de la cara. Estaba roja. De furia, de vergüenza y probablemente también de estar colgada boca abajo durante treinta segundos que se sintieron como treinta minutos.

—¿Se puede saber qué te pasa? —le grité—. ¿Quién te crees que eres? ¡Me sacaste de una sesión profesional como si fuera un saco de papas! ¡Todo el equipo me vio el trasero! ¡Y yo estoy en ropa interior en tu oficina.

Noha me miraba sin parpadear.

—Me estás volviendo loco —dijo con una voz ronca que me bajó por la columna como un escalofrío.

—Loco ya estabas desde antes —respondí, cruzándome de brazos—. Yo solo te saco a la superficie.

—Anoche me robaste el auto.

—Te lo devolví.

—Me dejaste en un sillón sin camisa.

—Te veías bien sin camisa. De nada.

—Y ahora te encuentro modelando lencería en mi empresa.

—Es también la empresa de Génesis. Y yo puedo modelar lo que me dé la gana donde me dé la gana.

Noha dio un paso hacia mí. Yo di un paso atrás. Él dio otro. Yo di otro. Hasta que mi espalda chocó contra la pared y ya no había más pasos que dar.

Me miró desde arriba. Estaba tan cerca que podía sentir su calor, su aliento.

Y me besó.

No fue un beso suave. No fue un beso de película romántica con música de fondo y pétalos cayendo. Fue un beso agresivo, hambriento, de hombre que lleva semanas conteniendo algo que ya no puede contener. Me tomó la cara con ambas manos y me besó como si quisiera devorarme, como si el mundo se acabara en cinco minutos y esta fuera su última oportunidad.

Le di una cachetada.

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