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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 136

LEYLA

Llegué a la oficina media hora antes que todos. Necesitaba ese tiempo para prepararme. No para el trabajo, sino para lo que venía: un día entero fingiendo que Noha Hall no existía como hombre y solo existía como jefe.

Me senté en mi escritorio, encendí la computadora, organicé las carpetas del día y me puse los auriculares. Si él llegaba y me encontraba ocupada, con auriculares y cara de concentración absoluta, no tendría excusa para acercarse. Era un plan simple. Los planes simples son los mejores.

Veinte minutos después, Noha entró a la oficina. Yo seguí mirando la pantalla como si estuviera descifrando el código da Vinci.

—Leyla, necesito hablar contigo.

No levanté la mirada. Me señalé los auriculares con el dedo y articulé sin sonido: “Estoy ocupada”.

—Leyla.

Me quité un auricular con toda la calma del mundo.

—Buenos días, señor Hall. Tiene una junta importante en la sala de juntas. Los del departamento financiero ya lo están esperando. Aquí tiene la carpeta con los informes. —Le extendí la carpeta sin mirarlo a los ojos—. También le recuerdo que a las once tiene una videoconferencia con los proveedores de Singapur y al mediodía una reunión con el equipo de diseño.

Noha tomó la carpeta. Me miró. Yo miré la pantalla.

—Leyla, lo que pasó ayer…

—Lo esperan, señor Hall. Que tenga una excelente mañana.

Me puse los auriculares de nuevo. Noha se quedó de pie frente a mi escritorio durante cinco segundos que se sintieron como cinco horas, dio media vuelta y caminó hacia la sala de juntas.

Primer round: Leyla uno, Noha cero.

El resto del día fue una obra maestra de evasión estratégica.

Cada vez que Noha salía de una reunión e intentaba acercarse a mi escritorio, yo desaparecía. Iba al baño, a la cafetería, al área de modelaje, al archivo, a cualquier rincón del edificio donde él no pudiera encontrarme. Cuando me mandaba mensajes al teléfono de la oficina, yo le respondía con información laboral. Cuando pasaba por mi escritorio y me decía “tenemos que hablar”, yo le respondía con un “tiene una llamada en la línea dos” que a veces era cierta y a veces no.

A las tres de la tarde, Noha me interceptó en el pasillo de camino a la fotocopiadora.

—Leyla, esto es ridículo. Dame cinco minutos.

—No puedo, señor Hall. Necesito sacar ochenta copias del informe trimestral antes de las cuatro.

—¿Ochenta copias? ¿Para qué necesitas ochenta copias?

—Para la reunión de mañana.

—Mañana no hay ninguna reunión.

—Entonces para la de la semana que viene. Con permiso.

Lo rodeé y seguí caminando.

A las cinco, Noha se plantó frente a mi escritorio con las manos apoyadas en la superficie y la paciencia visiblemente agotada.

—Leyla Wilson, vas a escucharme quieras o no.

—Señor Hall, tiene una videoconferencia con Tokio en tres minutos.

—No tengo ninguna videoconferencia con Tokio.

—Acabo de agendarla.

—¿Acabas de agendar una videoconferencia con Tokio sin consultarme?

—Usted me pidió que organizara su agenda. Eso estoy haciendo.

Noha me miró con una expresión que oscilaba entre la admiración y el deseo de estrangularme. Se fue a su oficina murmurando algo que probablemente no era un cumplido.

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A las seis y media, la oficina empezó a vaciarse. Génesis y Ethan pasaron por mi escritorio de camino al ascensor. Ella se veía radiante, que no le cabía en la cara.

—Leyla, Ethan y yo vamos a ir a una cena romántica —me dijo Génesis con un brillo en los ojos que me dio envidia de la buena—. Así que no vamos a poder llevarte a casa. ¿Vas a estar bien?

—Perfectamente. Tomo un taxi y listo.

—¿Segura?

—Génesis, ve a cenar con tu hombre. Yo me las arreglo.

Ethan me guiñó un ojo.

—Cuídate, Leyla.

—Cuídenla ustedes a ella. Y que no coma mariscos, le caen mal.

—No me caen mal —protestó Génesis.

—La última vez vomitaste en mis zapatos.

—Eso fue una vez.

—Mis zapatos nunca se recuperaron.

Se fueron riendo. Los vi desaparecer en el ascensor y sentí esa mezcla de alegría y melancolía que siempre me daba ver a mi mejor amiga feliz mientras yo seguía coleccionando desastres románticos.

Me apresuré. Tomé mi bolso, apagué la computadora y caminé rápido hacia el ascensor. Si me daba prisa, podía salir antes de que Noha se diera cuenta de que la oficina estaba vacía y yo era la única presa disponible.

No fui lo suficientemente rápida.

—Leyla.

Su voz me detuvo a tres metros del ascensor. Me giré. Noha estaba de pie en la puerta de su oficina.

—Tenemos que hablar sobre lo que pasó ayer —dijo, caminando hacia mí—. No puedes evitarme para siempre.

—No lo estoy evitando, señor Hall. Estuve trabajando. Que es lo que usted me paga por hacer.

—Deja de llamarme señor Hall.

—Es su nombre.

—Mi nombre es Noha. Y tú lo sabes.

—Lo que yo sé es que nuestra relación es profesional. Jefe y asistente. Usted da las órdenes, yo las ejecuto. Todo lo demás no existe.

Noha se acercó otro paso.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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