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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 137

LEYLA

Ashley se giró al escuchar mis pasos detrás de ella. Me vio. Y la expresión de su cara fue la de alguien a quien le acaban de encender la luz en medio de algo que se suponía debía pasar en la oscuridad.

—¡Leyla! —exclamó, soltando a Deivyd como si quemara—. No sabía que venías. Yo solo… pasé a visitar a Deivyd porque… necesitaba hablar con él sobre un tema de… de Ethan.

La pobre mentía tan mal que daba ternura. Se alisó el pelo, se acomodó la camiseta que tenía arrugada y compuso una sonrisa que no le llegó ni a la mitad de la cara.

—Hola, Ashley —respondí con la mayor naturalidad que pude.

Deivyd estaba detrás de ella, de pie, con las manos en los bolsillos y la expresión de un niño al que atraparon robando galletas.

El silencio se estiró hasta volverse insoportable.

—Bueno —dijo Ashley, tomando su mochila del sofá con una velocidad que delataba sus ganas de desaparecer—. Yo ya me iba.

—Ashley, puede ser peligroso que te vayas sola a esta hora —le dije, porque a pesar de todo, era la hermana de Ethan y me importaba.

Ashley me miró con una sonrisa que esta vez sí fue genuina.

—Estoy en mi ciudad, Leyla. Conozco este lugar mejor que nadie. Voy a estar bien.

Se colgó la mochila al hombro, miró a Deivyd un último segundo y salió del apartamento. La puerta se cerró detrás de ella y el silencio que dejó fue de los que pesan.

Miré a Deivyd. Él seguía con las manos en los bolsillos y la mandíbula tan apretada que le podría haber salido una contractura.

—Deivyd —le dije, cruzándome de brazos—. Mírame.

Levantó los ojos. Y en ellos vi exactamente lo que sospechaba: culpa. Toneladas de culpa.

—Ashley es tu amor prohibido —no fue una pregunta.

Deivyd no respondió. No hacía falta. Su silencio era la confesión más ruidosa del mundo.

—Deivyd, Ashley es como tu hermana. Es la hermana de Ethan. De tu mejor amigo. Del hombre al que consideras un hermano.

—¿Crees que no lo sé? —estalló, y su voz sonó rota de una manera que nunca le había escuchado—. ¿Crees que no me lo repito todos los malditos días? Ashley es la hermana de Ethan. La hermana de Ethan. Me lo digo cuando me despierto, cuando la veo, cuando ella me llama por teléfono, cuando me sonríe con esa sonrisa que me parte en dos. Lo sé perfectamente, Leyla. Por eso quiero irme. Antes de cometer una locura que destruya la amistad más importante de mi vida.

Se dejó caer en el sofá y se pasó ambas manos por la cara. Parecía agotado. No físicamente, sino del tipo de agotamiento que te deja cuando llevas meses peleando contra algo que es más fuerte que tú.

Me senté a su lado. Sin juzgar. Sin regañar. Porque yo era la última persona en el planeta con derecho a darle lecciones sobre decisiones amorosas desastrosas.

—¿Cómo pasó? —le pregunté en voz baja.

Deivyd dejó caer las manos y miró al techo.

—No lo sé. O sí lo sé, pero no quiero admitirlo. —Respiró hondo—. Siempre estuve cerca de Ashley. Desde que éramos adolescentes. Ethan me la presentó como su hermanita y yo la traté como eso durante años: la hermanita de mi mejor amigo. La niña a la que le resolvía los problemas, a la que le espantaba los novios idiotas, a la que llevaba al cine cuando Ethan estaba demasiado ocupado.

Hizo una pausa.

—Pero en los últimos meses, cuando Ethan estaba encerrado, cuando todo se cayó a pedazos, yo fui el que estuvo con ella. Todos los días. Yo la calmaba cuando lloraba por su hermano. Yo le llevaba comida cuando se le olvidaba comer. Yo la acompañaba al hospital cuando Vanessa se enfermaba de los nervios. Y en algún momento de todo eso, Ashley dejó de ser la hermanita de Ethan. Dejó de ser una niña. Se convirtió en una mujer. Una mujer fuerte, valiente, divertida, que me miraba como si yo fuera la persona más importante de su mundo. —Su voz se quebró—. Y yo no supe en qué momento empecé a mirarla igual.

El silencio que siguió fue largo.

—Por eso tengo que irme —continuó—. Porque cada día que paso cerca de ella es un día más que me acerco a cruzar una línea que no tiene vuelta atrás. Y si la cruzo, pierdo a Ethan. Y si pierdo a Ethan, pierdo a mi hermano.

Lo miré. Lo miré con toda la compasión que una mujer con el corazón roto puede tener por un hombre con el corazón atrapado.

—Somos un desastre en el amor —le dije—. Los dos. Un completo y absoluto desastre.

Deivyd soltó una risa

—Al menos tú puedes pelear por el tuyo —me dijo

—El mío tiene una ex sentada en su sofá y no fue capaz de defenderme. Así que no estoy tan segura de querer pelear por nada.

Nos miramos. Y en ese intercambio de miserias, encontramos algo parecido al consuelo. Dos personas rotas sentadas en un sofá, compartiendo la única cosa que a veces importa más que el amor: la compañía de alguien que entiende.

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