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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 138

GENESIS

—Los bebés están en posición, pero uno de ellos tiene el cordón alrededor del cuello —explicó con calma profesional—. Vamos a tener que hacer una cesárea de emergencia. No hay tiempo para esperar un parto natural.

Todo empezó a las cuatro de la mañana.

Desperté con un dolor que me atravesó el vientre como un rayo. No era como las contracciones falsas que había sentido las últimas semanas. Esto era diferente. Esto era real. Mi cuerpo lo sabía antes que mi cabeza: los bebés habían decidido que hoy era el día.

—Ethan —lo sacudí—. Ethan, despierta.

Él abrió los ojos de golpe. Bastó que me viera la cara para entender.

—¿Ya? —preguntó.

—Ya.

Lo que siguió fue un caos que en otro momento me habría parecido gracioso. Ethan saltó de la cama, se puso los pantalones al revés, buscó las llaves del auto en la cocina cuando estaban en la mesita de noche, y casi se lleva la puerta del garaje por delante al sacar el auto. “Esperen, por favor. Esperen un poco más. Papá los está llevando al hospital”.

Yo habría sonreído si no fuera porque cada contracción me cortaba la respiración como un cuchillo.

—¿Están en peligro? —pregunté

—Están estables, pero necesitamos actuar rápido. Mientras más pronto los saquemos, mejor.

Miré a Ethan. Él me miraba a mí. Y en sus ojos no vi miedo. Vi determinación. Esa misma determinación que le vi cuando se puso frente a un arma por mí, cuando prometió que nunca nos iba a faltar, cuando me dijo que el futuro no le daba miedo sino ganas.

—Vas a estar bien —me dijo, apretándome la mano—. Los tres van a estar bien. Yo estoy aquí. No me voy a mover.

Asentí. Respiré hondo. Y me entregué a lo que venía.

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El quirófano era frío, blanco e implacablemente luminoso.

Ethan estaba a mi lado. Sentado en un banquito junto a mi cabeza, con la bata verde de quirófano que le quedaba ridículamente pequeña y un gorro que le aplastaba el pelo. En cualquier otro momento me habría reído. Pero ahora lo único que podía hacer era mirar sus ojos por encima del tapabocas y aferrarme a su mano.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.

—Estoy aterrada —confesé.

—Yo también. Pero no se lo digas a nadie.

Sonreí. O lo intenté. El miedo me apretaba el pecho de una manera que no había sentido nunca.

Los minutos pasaron. Escuché la voz del doctor dando indicaciones, el sonido metálico de los instrumentos, murmullos del equipo médico. Todo sonaba lejano, como si estuviera sucediendo en otra habitación, en otra vida.

Y entonces lo escuché.

Un llanto.

Pequeño, agudo, furioso. El llanto de alguien que acaba de llegar a un mundo desconocido y quiere que todos lo sepan.

—Aquí está el primero —anunció el doctor—. Es un varón. Sano y con unos pulmones impresionantes.

Las lágrimas me salieron antes de que pudiera detenerlas. Rodaron por mis sienes hasta mojarme el gorro quirúrgico y no me importó. Mi hijo. Mi primer hijo estaba llorando. Estaba vivo. Estaba aquí.

Miré a Ethan. Y lo que vi me rompió el alma de la manera más hermosa posible.

Ethan Fox, el hombre que nunca mostraba debilidad, el estratega frío que controlaba cada emoción como si fuera una pieza de ajedrez, estaba llorando. Sin ruido. Sin vergüenza. Las lágrimas le caían por las mejillas por encima del tapabocas y sus ojos brillaban con una luz que yo no le había visto nunca. Era la luz de un padre.

Antes de que pudiera decirle nada, otro llanto llenó el quirófano. Más suave que el primero, un poco más ronco, como si este segundo bebé hubiera decidido llegar con calma en lugar de con furia.

—Y aquí está el segundo —dijo el doctor—. También varón. Sano. Perfecto.

Dos varones. Mis gemelos eran dos varones.

Una enfermera se acercó y me los puso sobre el pecho. Uno a cada lado, envueltos en mantas blancas, con las caras arrugadas y los puños diminutos cerrados.

—Hola —les susurré con la voz destrozada por el llanto—. Hola, mis amores. Los estuve esperando mucho tiempo.

Ethan se inclinó sobre nosotros. Puso una mano sobre cada bebé.

—Son perfectos —murmuró.

—Son nuestros —le dije.

—Son nuestros —repitió, y su voz se quebró en la última sílaba.

Me besó la frente. Un beso largo, húmedo de lágrimas, que sabía a todo lo que habíamos sobrevivido para llegar hasta aquí.

—Eres la mujer más fuerte que conozco, Génesis —me dijo contra mi piel—. Te amo. Los amo a los tres. Más de lo que las palabras pueden decir.

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