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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 139

LEYLA

Tenía a uno de los gemelos en brazos y el mundo entero había dejado de existir.

Era el más pequeño de los dos. El que había nacido segundo, el de llanto más suave, el que según Ethan tenía la nariz de Génesis aunque yo juraba que esa nariz era cien por ciento Fox.

Génesis dormía en la cama, agotada después de un día que la había dejado sin una sola gota de energía. El otro gemelo descansaba en la cunita junto a ella.

La puerta se abrió despacio.

Levanté la mirada lista para fulminar a quien fuera que se atreviera a hacer ruido, y me encontré con la última persona que esperaba ver.

Noha.

Entró cargando dos peluches enormes —un oso y un conejo que juntos eran más grandes que los propios bebés—, un ramo de globos que decían “It’s a boy” por duplicado y un ramo de flores. Parecía una tienda de regalos ambulante. Le faltaba solo el moño en la cabeza.

Le hice una seña desesperada para que no hiciera ruido, señalando a Génesis dormida y al bebé en mis brazos. Noha asintió y caminó en puntillas con una torpeza que en un hombre de su tamaño resultaba casi tierna.

—Traje regalos para los bebés y para Génesis —susurró.

—Ponlos donde quieras —respondí en el mismo tono, señalando la mesa con la barbilla—. Las flores puedes dejarlas por ahí.

—Las flores no son para Génesis.

Lo miré.

—Son para ti —dijo.

Bajé la vista al ramo. Eran girasoles. No rosas, no lirios, no orquídeas exóticas. Girasoles.

—¿Girasoles? —murmuré.

—No sabía cuáles te gustaban. Pero los girasoles siempre miran hacia la luz. Y tú siempre iluminas cualquier lugar donde estés. Así que me parecieron adecuados.

Sentí que el calor me subía por el cuello hasta las mejillas. Me estaba sonrojando. Yo. Leyla Wilson. La mujer que no se sonrojaba ni cuando modelaba lencería frente a cien personas. Estaba ahí, con un bebé en brazos y las mejillas ardiendo como una adolescente porque un hombre le había traído girasoles y le había dicho algo bonito.

—Son para pedirte disculpas —continuó Noha, bajando la voz aún más—. Por lo que pasó en mi casa. Cuando Claire estuvo ahí y te insultó. Yo debí haber dicho algo. Debí haberte defendido. Y no lo hice. Y eso no tiene excusa.

No respondí de inmediato. Miré al bebé en mis brazos, que seguía durmiendo ajeno a todo, y después miré a Noha.

—Además —agregó, y algo cambió en su voz—, te ves hermosa con un bebé en brazos.

Lo miré a los ojos. Él me sostuvo la mirada. Y por un segundo, uno solo, el resto del mundo desapareció.

Iba a responder algo. No sé qué. Probablemente algo sarcástico para disimular que el corazón me latía como si quisiera escaparse del pecho. Pero no tuve tiempo.

Porque la puerta se abrió de golpe y el silencio se fue al diablo.

Deivyd entró primero, con dos bolsas de regalo y la voz de alguien que no conoce el concepto de volumen bajo:

—¡Llegaron los tíos!

Detrás de él venía Ashley, cargando una bolsa más grande que ella. Después Matías y Samantha, que habían tomado el primer vuelo desde América y se les notaba en las ojeras y en la emoción desbordada. Y al final, cerrando el grupo como si fuera lo más natural del mundo, Will.

El ruido fue inmediato. Las voces, los saludos, las exclamaciones. Los gemelos despertaron llorando. Génesis abrió los ojos desorientada, pero al ver a sus padres su cara se transformó en pura felicidad.

—¡Papá! ¡Mamá! —exclamó con la voz ronca de sueño.

Samantha corrió hacia la cama y abrazó a Génesis. Matías se quedó de pie junto a la cunita, mirando a su nieto

—Son hermosos —murmuró Matías, y su voz se quebró sin pedir permiso.

Samantha tomó a uno de los gemelos y lo acunó contra su pecho con una naturalidad que me sorprendió.

—Tiene tus ojos, Génesis —dijo con los suyos llenos de lágrimas—. Los mismos ojos oscuros. Es idéntico a ti.

Génesis lloró. Matías lloró. Samantha lloró mientras juraba que no estaba llorando. Era un festival de lágrimas que habría sido insoportable si no fuera porque cada una de ellas era genuina.

En medio de todo ese caos emocional, sentí que alguien se acercaba a mi lado.

—Leyla.

Me giré. Will estaba frente a mí, Lo miré y algo me llamó la atención. Estaba distinto. No solo emocionalmente, sino físicamente. Había perdido peso. Bastante. La barriga de oso de peluche que yo le conocía se había reducido notablemente. Tenía los brazos más definidos, la cara más angulosa y una postura que delataba horas de gimnasio.

—Will —saludé—. Estás… diferente.

—He estado yendo al gimnasio —respondió—. Después de la bala, los médicos me recomendaron rehabilitación. Y una cosa llevó a la otra.

—Te ves bien.

—Gracias. —Sonrió y miró al bebé que yo todavía sostenía—. Así que ahora somos tíos.

—Sí —respondí, mirando al gemelo que empezaba a despertar en mis brazos—. Somos tíos.

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