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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 140

Noha

Desperté con un dolor de cabeza que podría haberme partido el cráneo en dos.

El techo no era el mío. Las sábanas no eran las mías. Y había alguien acostado a mi lado.

Me giré despacio, con el terror irracional de quien no recuerda absolutamente nada de la noche anterior.

Alec.

Estaba acostado boca arriba, completamente vestido, con los zapatos puestos. Yo también tenía la ropa puesta, aunque arrugada de una manera que sugería que me había dormido en la posición exacta en que caí.

Lo sacudí.

—Alec. Alec, despierta.

Mi amigo abrió un ojo. Me miró. Sonrió

—Buenos días, cariño —dijo con voz ronca.

—¿Qué pasó anoche?

Alec se incorporó despacio, bostezó y se estiró con tranquilidad

—Bueno —dijo, rascándose la barbilla—, estabas muy borracho. Muy, muy borracho. Y una cosa llevó a la otra, y pues… pasó algo entre nosotros. Y debo confesarte que me sorprendí a mí mismo, porque resulta que las mujeres no son lo mío y…

—¿Qué? —me senté de golpe.

Alec me miró un segundo más. Después estalló en una carcajada tan fuerte que probablemente la escucharon en el piso de abajo.

—¡Tu cara! —gritó, señalándome con el dedo—. ¡Dios mío, tu cara! ¡Es lo mejor que he visto en mi vida! ¡Valió la pena dormir con zapatos solo por ver esa expresión!

Le metí un puñetazo en el hombro

—¡Eres un imbécil! —Y le di otro golpe—. ¡Y por tu culpa quedé en ridículo! Le llevé flores a Leyla. ¡Girasoles! ¿Y qué hizo ella después? Se fue a un bar a besarse con su ex.

Alec dejó de reírse. Me miró con una expresión que ahora sí era seria.

—Ah. Ahora entiendo la borrachera. Con razón destruiste mi sala.

—¿Destruí tu sala?

—La mesa de centro, una lámpara, dos vasos y un cojín. Te voy a cobrar cada centavo, por cierto. Esa mesa me costó tres mil dólares.

—No puedo haber hecho eso.

—Pues lo hiciste. Y después te sentaste en el suelo, abrazaste una botella de whisky como si fuera un peluche y repetiste setenta veces que amabas a Leyla.

Se me heló la sangre.

—No dije eso.

—“Amo a Leyla, Alec. La amo y no sé qué hacer.” Setenta veces. Y una más antes de quedarte dormido sobre mi alfombra.

Me dejé caer en la almohada. El dolor de cabeza ya no era solo físico.‘

—Has vuelto a caer en la trampa de una modelo —dijo Alec.

—No es así.

—¿Por qué te afecta tanto que esté con su ex? Si supuestamente no te importa.

—No me afecta. No tengo celos.

—Noha, nunca, ni con Claire, tuviste una borrachera en la que perdieras el control así. Nunca. ¿Qué te dice eso?

No respondí. Porque lo que me decía era algo que no estaba listo para admitir en voz alta.

—Claire es otro problema —murmuré.

—Sí, otro problema que tú mismo te buscaste. No debiste dejarla quedarse en tu casa.

—No voy a darte explicaciones, Alec. —Me levanté, caminé al baño y me eché agua en la cara. Me miré en el espejo: ojos rojos, cara hinchada, el aspecto de un hombre que necesitaba distancia de todo—. Tengo un viaje de negocios a Italia en unas semanas. Y ahí me voy a olvidar de todo. De Leyla y de Claire. Las dos.

—¿Huir? ¿Ese es tu plan?

—Es estrategia. Necesito que prepares el viaje. Tú y yo. Reuniones con distribuidores europeos, visita a las fábricas de Milán. Quiero estar fuera al menos dos semanas.

Alec me miró

—Preparo el viaje —dijo al fin—. Pero te advierto: Italia tiene modelos también. Y más guapas.

—Cállate, Alec.

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