LEYLA
Adam y Adonias.
Los miré dormidos en sus cunas, uno al lado del otro, con esas caritas arrugadas de recién nacido que parecían dos viejitos miniatura disfrazados de ángeles. Adam era el más inquieto: incluso dormido movía los puños como si estuviera peleando con alguien en sus sueños. Adonias era el tranquilo, el que dormía con la boca abierta y los brazos extendidos como si el mundo le pareciera un lugar perfectamente seguro.
—Adam y Adonias —repetí, saboreando los nombres—. Me gustan. Son fuertes. Bíblicos. Con personalidad.
Génesis sonrió desde el sofá.
—Ethan quería ponerles nombres griegos —dijo—. Yo le dije que mis hijos no iban a llamarse Aquiles y Odiseo.
—Habrían sido los niños más bullied del colegio —agregué.
—Exacto. Así que negociamos. Adam por él, Adonias por mí.
Ethan estaba en la cocina, preparando algo que olía a quemado pero que él insistía en llamar “almuerzo”. Me senté junto a Génesis y bajé la voz.
—Necesito contarte algo. Sobre el proyecto.
Génesis dejó la taza y me miró con atención.
—Los socios están interesados. Quieren una propuesta formal con números, estadísticas, estudio de mercado y proyecciones. Y Noha me dejó sola con el informe. Dijo que es mi idea y que yo me encargue.
—¿Te dejó sola? —Génesis frunció el ceño—. Eso no suena a…
—Suena exactamente a Noha. Pero no importa. Voy a hacerlo. El problema es que nunca he hecho un informe de ese calibre y necesito ayuda.
Génesis se iluminó.
—Will está en la ciudad. Él sabe de análisis de datos, estadísticas, proyecciones. Podría ayudarte con la parte técnica.
—No.
—Leyla, no seas terca. Will es bueno en esto.
—Dije que no, Génesis. No quiero la ayuda de Will.
—Le pediré ayuda a Deivyd —dije, porque eso sí tenía sentido.
Pero Ethan, que aparentemente tenía el oído de un murciélago a pesar de estar en la cocina, asomó la cabeza con una expresión que me borró el plan de golpe.
—Deivyd se fue a América —dijo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Me puso un mensaje esta mañana. Dijo que tomó un vuelo anoche. No me dio explicaciones. Solo me escribió que necesitaba resolver algo urgente y que iba a estar fuera unos días. —Ethan frunció el ceño—. No entiendo la urgencia. Estaba bien ayer. O al menos eso parecía.
Yo me quedé en silencio, procesando.
Deivyd se había ido. De un día para otro. Sin avisar. Sin dar explicaciones reales. Y yo sabía exactamente por qué, aunque no podía decirlo.
Se fue por Ashley. Para no destruir su amistad con Ethan. Para no enamorarse más de lo que ya estaba. Para no cometer la locura de la que llevaba semanas huyendo.
Pobre Deivyd. Pobre Ashley. Otro par de desastrosos en el amor. Íbamos a tener que fundar un club.
—Voy a hacerlo sola —dije al fin—. El informe. Sola. Sin Will, sin Deivyd, sin nadie.
—Leyla…
—Génesis, necesito que confíes en mí. Tú me dijiste que esta era mi oportunidad de demostrar que soy una mujer de negocios. Pues déjame demostrarlo. Si pido ayuda para todo, nunca voy a saber si puedo hacerlo yo misma.
Génesis me sostuvo la mirada un momento. Después asintió.
—Tienes razón. Pero si necesitas algo, lo que sea, estoy aquí.
—Lo sé. Siempre estás aquí.
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Más tarde, en la empresa, la realidad me cayó encima como un balde de agua fría.
Me senté frente a la computadora. Abrí un documento nuevo. Escribí el título: “Propuesta de línea de ropa para la mujer real”. Y me quedé mirándolo durante quince minutos sin añadir una sola palabra más.

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