LEYLA
—Señorita Wilson, su propuesta ha sido aprobada.
Cinco palabras. Cinco palabras que me cambiaron la vida.
El socio principal se puso de pie, me estrechó la mano y dijo que su equipo se pondría en contacto para definir presupuestos y plazos. Los otros dos asintieron con sonrisas que ya no eran de cortesía sino de interés real. Uno de ellos incluso me pidió una tarjeta de presentación.
No tenía tarjeta de presentación. Nota mental: mandar a hacer tarjetas de presentación.
Salí de la sala de juntas y caminé por el pasillo con una sonrisa que me ocupaba toda la cara. Me dolían las mejillas de tanto sonreír y no me importaba. Lo había hecho. Sola. Sin Will, sin Deivyd, sin nadie tomándome de la mano. Mi informe, mis números, mi presentación. Mía.
Bueno. Casi mía.
Corrí hasta el escritorio de Karen y me lancé sobre ella en un abrazo que la dejó sin aire.
—¡Lo aprobaron! —grité—. ¡Karen, lo aprobaron!
Karen se rio y me devolvió el abrazo.
—¡Lo sabía! Cuando vi tu presentación final supe que iban a decir que sí. Estaba impecable.
—Gracias a ti —le dije, soltándola—. Si no hubieras corregido el informe y la presentación, habría entrado ahí con errores de principiante.
—Leyla… yo no corregí tu informe.
—¿Cómo que no? Me lo devolviste con todas las correcciones marcadas. Los gráficos reorganizados, las proyecciones ajustadas, hasta la tipografía cambiada.
Karen se mordió el labio.
—Yo te lo entregué, sí. Pero no fui yo quien lo hizo. Fue Noha.
Me quedé muda.
—Me pidió que no te dijera nada —continuó Karen, bajando la voz—. Se quedó hasta las once de la noche revisando tu informe. Rehízo los gráficos, recalculó las proyecciones, ajustó los márgenes de error. Me dijo que te lo diera como si fuera una corrección mía para que tú no supieras que él había intervenido.
Parpadeé. Procesé. Volví a parpadear.
Noha. El mismo hombre que me dijo "es tu idea, tú te encargas" y se fue sin mirar atrás. El mismo que me excluyó de la reunión de Melbourne. El mismo que pasaba por mi escritorio sin saludarme como si yo fuera un mueble. Ese hombre se había quedado hasta las once de la noche corrigiendo mi trabajo en secreto para que yo brillara frente a los socios sin saber que él había pulido el brillo.
No sabía si quería abrazarlo o estrangularlo. Ambas opciones me parecían razonables.
—Gracias por decírmelo, Karen.
—No le digas que te lo conté. Me mata.
—No le voy a decir nada. Pero voy a hacer algo.
Caminé hasta la cafetería de la esquina. Toda la semana Noha y yo nos habíamos ignorado con una dedicación que merecía un premio. Él pasaba por mi escritorio sin mirarme. Yo organizaba su agenda sin hablarle. Nos comunicábamos por correos electrónicos que sonaban tan fríos que podrían haber congelado el café de la máquina. Era absurdo. Era infantil. Y era agotador.
Pero lo que Karen me acababa de decir cambiaba las cosas. Porque un hombre que te ignora de día pero corrige tu trabajo de noche no es un hombre indiferente.
Compré un café negro, sin azúcar, doble shot de espresso. El que él tomaba siempre. Y un paquete de galletas de mantequilla que una vez lo vi comer a escondidas en su oficina cuando creía que nadie lo veía.
Volví a la oficina con el café en una mano y las galletas en la otra. Era momento de hacer las paces. No por él. Por mí. Porque estaba cansada de jugar a la guerra fría con alguien que me corregía informes a las once de la noche.
Llegué a su oficina. La puerta estaba entreabierta. Empujé con el hombro y entré.
Y choqué directamente contra Noha.
El café salió volando. El líquido hirviente le cayó en el pecho, en el cuello, en toda la parte frontal de la camisa. Noha soltó un grito que fue mitad dolor y mitad sorpresa.
—¡Mierda! —exclamó, apartándose.
—¡Lo siento! ¡Perdón! ¡No te vi!
Noha se agarró la camisa empapada, que ya le quemaba la piel, y se la arrancó de un tirón. Los botones volaron. La tela cayó al suelo. Y Noha quedó frente a mí sin camisa.
Era como una maldición. O una bendición. Dependía del ángulo.
Su torso estaba rojo por el café caliente, pero eso no me impidió admirar lo que tenía delante. Porque Noha sin camisa era un espectáculo que debería estar regulado por alguna ley de salud pública. Los hombros anchos, el pecho definido, esos abdominales que yo había tocado aquella noche en su oficina y que mi memoria táctil se negaba a olvidar.
Me lo imaginé sin los pantalones también.

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