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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 143

## Noha

Llevaba cuarenta minutos en el aeropuerto y Alec no aparecía.

Le había escrito seis mensajes. El vuelo salía en una hora, Alec no contestaba y mi nivel de irritación estaba alcanzando cotas que ponían en riesgo la integridad de mi teléfono.

El séptimo mensaje fue directo: *“Alec, si no estás aquí en veinte minutos, considérate despedido como amigo.”*

La respuesta llegó un minuto después.

*“Hermano, lo siento. Estoy enfermo. Algo que comí anoche me tiene destruido. No voy a poder viajar.”*

Apreté el teléfono con tanta fuerza que la funda crujió.

*”¿Estás bromeando?”*

*“No. Pero tranquilo. Ya envié a mi reemplazo con los boletos. Debe estar llegando al aeropuerto.”*

¿Reemplazo? ¿Qué reemplazo? Yo no había acordado ningún reemplazo. Este viaje era para Alec y para mí. Reuniones de negocios, distribuidores europeos, fábricas en Milán. Necesitaba a alguien de confianza, alguien que conociera los contratos, alguien que…

La vi.

Leyla venía caminando por la terminal con una maleta que parecía contener el guardarropa de una familia entera. Llevaba jeans, una blusa blanca y zapatillas deportivas, y aun así parecía que la terminal del aeropuerto se hubiera convertido en su pasarela personal.

Nuestras miradas se cruzaron. Ella levantó la mano y agitó los boletos en el aire con una sonrisa.

Miré el teléfono. Escribí con una calma que no sentía:

*“Voy a matarte.”*

La respuesta de Alec fue instantánea:

*“No lo eches a perder, Noha. Agradécemelo después. Solo soy mejor amigo de lo que mereces.”*

Hijo de su madre. Lo había planeado. Desde el principio. Los dos boletos, la excusa de la enfermedad, el reemplazo. Todo era una trampa de Alec para encerrarme con Leyla en un avión durante quince horas y en Italia durante tres días.

Iba a matarlo. Lenta y dolorosamente. Cuando regresara.

—¡Noha! —Leyla llegó hasta mí con esa energía que la precedía como una onda expansiva—. Buenos días. Lista para Italia.

La miré. Ella me miró. Y supe, con la certeza de un hombre que reconoce una derrota cuando la ve, que no tenía opción. El vuelo salía en cuarenta y cinco minutos. No había tiempo de buscar a nadie más. Y Leyla tenía los boletos en la mano y una sonrisa que me desafiaba a decirle que no.

—Vamos —dije, tomando mi maleta.

—¿Eso es todo? ¿Ni un “buenos días, Leyla”? ¿Ni un “qué bueno que estés aquí”?

—Vamos, Leyla.

—Encantador como siempre.

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El avión despegó a las ocho de la mañana. Primera clase. Dos asientos juntos. Porque por supuesto Alec había reservado asientos contiguos. Por supuesto.

Leyla se sentó a mi lado, se acomodó el cinturón, tres minutos después y se quedó dormida.

Así. Sin transición. Sin aviso. La cabeza de Leyla cayó sobre mi brazo con la suavidad de algo inevitable. Su pelo me hizo cosquillas en la muñeca. Su perfume me llenó la nariz con ese olor a jazmín y a algo cítrico que yo había intentado olvidar durante semanas y que mi cerebro había archivado en la carpeta de “cosas prohibidas que te gustan demasiado”.

No la moví. No la desperté. Me quedé quieto, mirando al frente, con una mujer dormida en mi hombro y el corazón latiéndome como si tuviera diecisiete años y no treinta y cuatro.

Mientras ella dormía, yo recordaba.

Toda la semana la había observado. Aunque fingiera lo contrario. Aunque pasara por su escritorio sin mirarla. Aunque cerrara mi puerta y me encerrara en la oficina como si su presencia no me afectara. La verdad era que cada vez que ella fruncía el ceño frente a la computadora, yo lo notaba. Cada vez que se mordía el labio inferior mientras pensaba, yo lo registraba. Cada vez que se pasaba las manos por el pelo en un gesto de frustración y volvía a teclear con una determinación que me recordaba por qué me gustaba tanto, yo la miraba desde mi oficina como un maldito espía.

La vi luchar con el informe. La vi quedarse hasta tarde buscando datos que no encontraba. La vi googlear “cómo hacer un estudio de mercado” creyendo que nadie la veía. Y la vi levantarse cada mañana y sentarse frente a esa computadora con la misma actitud de alguien que se niega a rendirse aunque no sepa por dónde empezar.

Por eso corregí el informe.

No porque ella lo hubiera hecho mal. Lo había hecho sorprendentemente bien para alguien que nunca había preparado algo así. Pero había errores técnicos que los socios habrían detectado de inmediato.

No quería que tropezara. No en su primera oportunidad real. Así que me quedé hasta las once, corregí lo que hacía falta, se lo di a Karen y le pedí que no dijera nada.

¿Fue un error? Probablemente. Ella quería hacerlo sola y yo intervine sin su permiso. Pero hay batallas que se pierden con orgullo y batallas que se ganan con ayuda silenciosa. Yo elegí lo segundo. Y si eso me convertía en un cobarde o en un hipócrita, podía vivir con eso.

Leyla se removió en mi hombro. Murmuró algo que no entendí. Después suspiró y se acomodó más cerca, como si mi brazo fuera una almohada que había elegido conscientemente.

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