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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 144

Noha

Leyla me arrancó la tarjeta de la mano con la velocidad de una carterista profesional.

—Yo me quedo con la cama —anunció, agitando la tarjeta frente a mi cara—. Tú puedes quedarte en el sofá. O en la bañera. O en el pasillo. Me da igual.

Se giró hacia la recepcionista con una sonrisa encantadora

—Disculpe a mi jefe —le dijo en un tono de confidencia que toda la recepción pudo escuchar—. Los hombres a veces son tan exagerados. Una cama grande y ya creen que es el fin del mundo.

La recepcionista se rio. Yo no.

Leyla tomó su maleta-ataúd y caminó hacia el ascensor con la espalda recta y la barbilla en alto, como si el hotel le perteneciera. Yo la seguí cargando mi maleta, que pesaba una cuarta parte de la suya, y lo que quedaba de mi dignidad.

La suite presidencial era ridículamente lujosa. Pisos de mármol, cortinas de terciopelo, una sala de estar con sofás que parecían nubes tapizadas y una vista nocturna de Roma que habría dejado sin palabras a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. La cama king size ocupaba el centro de la habitación como un altar del pecado: sábanas blancas, almohadas mullidas, una colcha que invitaba a todo menos a dormir.

Leyla dejó su maleta en el suelo, miró alrededor con los ojos brillantes y dijo:

—No está mal.

No está mal. La mujer estaba en una suite de tres mil dólares la noche con vista al Coliseo y decía “no está mal”.

—Voy al baño —anunció, y desapareció detrás de la puerta del baño

Me quedé solo en la habitación. Saqué el teléfono y le escribí a Alec con la furia contenida de un hombre al borde de un crimen.

*“Una habitación. Una cama. ¿En serio, Alec? ¿EN SERIO?”*

Esperé. Nada. El mensaje quedó en visto. El muy cobarde me había bloqueado. O estaba riéndose demasiado como para responder. Ambas opciones me parecían igualmente probables.

*“Cuando regrese a Australia voy a destruir algo tuyo. Y esta vez no va a ser tu mesa de centro.”*

Visto. Sin respuesta.

Tiré el teléfono sobre el sofá y me pasé las manos por la cara.

La puerta del baño se abrió.

Leyla salió con el pelo recogido en un moño desprolijo que le dejaba mechones sueltos cayéndole por el cuello. Se había quitado el maquillaje y en su lugar tenía la cara limpia, con unas pecas diminutas en la nariz que yo no sabía que existían. Llevaba una camiseta vieja que le llegaba a medio muslo y unos calcetines de rayas que no combinaban entre sí.

Era la imagen más alejada de una modelo internacional que se pudiera imaginar. Y era, sin exageración, lo más hermoso que había visto en mi vida.

Porque eso era lo que me enloquecía de Leyla. No la versión de pasarela, no la de lencería, no la de vestido ajustado y tacones. Esta. La real. La que usaba calcetines que no combinaban y se hacía un moño con un lápiz. La que no tenía miedo de mostrarse tal cual era, sin filtros, sin pose, sin la armadura de la belleza fabricada.

Leyla caminó hasta el minibar, abrió la puerta del refrigerador y soltó una exclamación.

—¡Hay helado! —dijo con emoción—. ¿Qué bueno, no? Esto ya mejora la noche.

Sacó un tarro de helado de chocolate, buscó una cuchara y se sentó en la cama con las piernas cruzadas. Me miró mientras se metía la primera cucharada a la boca.

—Puedes cambiar esa cara de amargado, ¿sabes? —dijo, señalándome con la cuchara—. Si no querías pasar malos días en Italia, no me hubieras traído.

—Yo no te traje —aclaré—. Fue Alec y sus trucos sucios. Él te dio los boletos. Él planeó todo esto.

La cuchara se detuvo a medio camino de su boca.

—¿Perdón?

—Lo que escuchaste. Yo le pedí que preparara el viaje para nosotros dos. Para Alec y para mí. Él fue el que decidió, por su cuenta, darte el boleto a ti en lugar de venir él.

—Entonces estoy aquí por los trucos de Alec —dijo—. No porque tú quisieras darme la oportunidad de conocer el mundo de los negocios. No porque valoraras mi trabajo. No porque pensaras que yo podía aportar algo en estas reuniones. Sino porque tu amigo decidió por ti.

—Leyla, no es…

No terminé la frase. Porque una cucharada de helado de chocolate me golpeó en la cara.

Me quedé paralizado. El helado me bajó por la mejilla hasta el cuello. Frío. Pegajoso. Humillante.

Leyla estaba de pie frente a mí, con la cuchara en la mano y los ojos encendidos.

—¿Sabes qué, Noha? Estoy furiosa. Porque yo tenía preparados estos tres días. Estudié las reuniones, investigué a los distribuidores, preparé preguntas inteligentes. Me compré tres trajes nuevos que me costaron la mitad de mi sueldo. Me ilusioné pensando que mi jefe por fin me estaba dando una oportunidad real. Y resulta que fue una casualidad. Un accidente. Un truco de tu amigo.

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