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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 145

Leyla

Me miré en el espejo y supe que Noha Hall no iba a sobrevivir este día.

El vestido era negro. Ajustado en los lugares correctos, suelto en los que generaban misterio. Escote lo suficientemente discreto para una reunión de negocios y lo suficientemente insinuante para que él no pudiera dejar de mirarlo. Profesional por delante, letal por detrás. Lo había comprado pensando en los socios italianos, pero lo iba a usar pensando en Noha.

Porque yo tenía un plan. Y el plan era simple: provocarlo hasta que cayera. Hasta que su famoso autocontrol se hiciera pedazos. Hasta que el gran Noha Hall, el hombre que juraba que nunca perdía, admitiera que esta apuesta la tenía perdida desde antes de empezar.

Me acomodé el pelo, me retoqué el labial rojo que había elegido como arma de destrucción masiva y salí del baño.

Y me detuve en seco.

Noha estaba de pie junto a la ventana, terminando de ajustarse los puños de la camisa. Llevaba un traje azul marino cortado a medida que le sentaba como si hubiera nacido con él puesto. La camisa blanca abierta un botón, sin corbata todavía, con el pelo peinado hacia atrás y ese perfil que parecía tallado por alguien que tenía demasiado tiempo libre y un gusto excesivo por la perfección.

Estaba guapísimo. Ofensivamente guapísimo. Del tipo de guapo que te hace olvidar tu propio nombre y el plan que llevabas diez minutos ensayando frente al espejo.

Noha se giró. Me vio. Nos miramos. Tres segundos que duraron una eternidad.

—Es momento de irnos —dijo, tomando las llaves del auto.

Ni un cumplido. Ni un comentario. Ni un “te ves bien, Leyla”. Nada.

Juego sucio, señor Hall. Pero yo jugaba más sucio.

El auto era un convertible. Por supuesto. Porque Italia y Noha y un convertible era exactamente la combinación que el universo necesitaba para torturarme.

Noha quitó el techo y el sol de Milán nos golpeó con esa luz dorada que hacía que todo pareciera una escena de película. El viento me revoloteaba el pelo mientras él conducía por avenidas flanqueadas de edificios antiguos, boutiques de lujo y cafeterías con mesas en la acera donde la gente vivía como si el tiempo no existiera.

La primera reunión fue en una oficina con vistas a la catedral. La segunda en un showroom de telas. La tercera en un restaurante y yo tomaba notas como si mi vida dependiera de ello. Porque dependía. Esta era mi oportunidad y no iba a desperdiciarla por un hombre en traje azul.

Pero cada vez que levantaba la mirada de mis notas, lo encontraba mirándome.

Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, él la desviaba primero. Pero no lo suficientemente rápido.

Eso me daba puntos. Muchos puntos.

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La última reunión era en el hotel. Un evento de networking en el salón principal donde distribuidores, diseñadores e inversionistas de toda Europa se juntaban a tomar vino y cerrar tratos entre canapés.

Nos cambiamos en la habitación. Yo me puse el segundo vestido que había traído: rojo, largo, con una abertura lateral que mostraba la pierna justa. Noha se puso la corbata que no había usado en la mañana y se transformó en una versión aún más letal de sí mismo, lo cual no debería ser legalmente posible.

Bajamos al salón. Y ahí fue donde Noha cambió la dinámica.

Lo vi acercarse a un grupo de mujeres que estaban junto a la barra. Italianas. Guapas. Noha les habló, les sonrió, les pidió una copa y se quedó conversando con ellas con una soltura que yo no le conocía. Se reía de sus chistes.

Me estaba dando celos. Deliberadamente.

Apreté mi copa de vino. Respiré. No iba a caer en ese juego.

Me acerqué a un grupo de hombres que discutían sobre mercados emergentes en moda inclusiva. Escuché. Pregunté. Tomé notas mentales. Aprendí más en veinte minutos de esa conversación que en toda una semana leyendo artículos en internet.

Mientras Noha jugaba a los celos, yo construía contactos reales.

De pronto sentí que alguien se acercaba a mi costado. Un hombre alto, de cabello oscuro y sonrisa perfecta, con un traje que gritaba dinero viejo y una copa de vino tinto que me extendió con elegancia.

—Para usted —dijo con acento italiano—. Me permití la libertad de traerle una copa. Espero no ser imprudente.

Tomé la copa más por cortesía

—Gracias. Es muy amable.

—La he estado observando toda la noche —continuó,—. Y me ha llamado mucho la atención. Su interés por los negocios. Mujeres como usted generalmente se interesan más por los vestidos que llevan puestos que por las empresas que los fabrican. Usted es diferente. Y eso es muy atractivo.

El cumplido era bueno. Demasiado bueno.

Busqué a Noha con la mirada. No lo encontré. Había desaparecido del grupo de italianas y no lo veía por ningún lado del salón.

Seguí hablando con el hombre, que se presentó como Alessandro y que resultó ser dueño de una cadena de distribución textil en el norte de Italia.

—Tengo mi hotel muy cerca de aquí —dijo Alessandro, bajando la voz y acercándose un centímetro más de lo que la cortesía permitía—. Podríamos continuar esta conversación en un lugar más privado. Tengo un vino excelente en mi habitación.

Iba a responder. Una mano me tomó por la cintura. Firme. Posesiva. Inconfundible.

—Es momento de irnos —dijo Noha a mi lado

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