Noha
Leyla dormía a mi lado. Semidesnuda. Con el pelo desparramado sobre la almohada, los labios entreabiertos y una pierna fuera de las sábanas que parecía puesta ahí por el mismísimo demonio para recordarme que yo era un hombre con límites y que todos esos límites acababan de irse al carajo. Algo tenía esa bebida, lo supe cuando ví que le entregaron la copa en sus manos.
Me quedé boca arriba, mirando el techo, con las manos entrelazadas sobre el pecho y una situación debajo de las sábanas que no tenía solución diplomática. Mi cuerpo había reaccionado a ese beso, a sus manos en mi pelo, a su piel contra la mía, y ahora se negaba rotundamente a calmarse.
Cerré los ojos. Los abrí. Los cerré de nuevo. No servía de nada. Cada vez que los cerraba, veía sus labios. Cada vez que los abría, veía su pierna.
No iba a poder dormir así. Ni en un millón de años.
Me levanté de la cama con el sigilo de un ladrón, caminé hasta el baño y cerré la puerta detrás de mí. Abrí la regadera. El agua salió fría primero.
Apoyé las manos contra los azulejos y dejé que el agua me cayera encima. Cerré los ojos. Y ahí estaba ella. En mi cabeza. Con su encaje negro, su labial rojo, su cuerpo debajo del mío. Sus manos en mi pelo. Sus dientes en mi hombro.
No voy a describir lo que pasó en esa regadera. Pero voy a decir que fue necesario, fue inevitable y fue pensando exclusivamente en Leyla Wilson. Cada segundo. Cada imagen. Cada maldito recuerdo de cada maldito momento que habíamos compartido.
Cuando salí de la ducha, con el cuerpo relajado pero la mente todavía hecha un desastre, me sequé, me puse un pantalón y fui directo al sillón de la sala. Me acosté ahí, con una manta que apenas me cubría los pies, mirando las luces de Roma por la ventana.
Iba a perder el control.
Me despertó el olor a café.
Abrí los ojos y vi un carrito de servicio al cuarto junto al sillón. Tostadas, frutas, jugo de naranja, café humeante. Alguien lo había pedido sin que yo me enterara.
La puerta del baño se abrió. Leyla salió como si la noche anterior no hubiera existido. Pelo recogido, maquillaje perfecto, vestido de negocios, tacones altos y una carpeta bajo el brazo. Lista para conquistar Italia antes de las nueve de la mañana.
—Apúrate —me dijo sin mirarme—. Tenemos una reunión en menos de una hora. El desayuno está ahí. No tardes.
Ni buenos días. Ni mención del beso. Ni mención de que se había quedado dormida a mitad de lo que habría sido la mejor noche de mi vida. Nada.
No discutí. Me levanté del sillón, me comí dos tostadas de pie, me bebí el café en tres tragos y me cambié en tiempo récord. Si ella quería jugar a que nada había pasado, perfecto. Yo también podía jugar.
Pero iba a jugar a mi manera.
El día empezó con una reunión en una galería de diseño en el centro de Milán. Distribuidores de toda Europa alrededor de una mesa, presentaciones en pantallas gigantes, números que exigían concentración absoluta.
Leyla estaba sentada a mi lado, tomando notas, atenta a cada detalle, profesional hasta la médula. Perfecta.
Y yo decidí hacer algo que probablemente iba a costarme la apuesta, la cordura y posiblemente un par de dientes.
Empecé con la cintura. Un roce casual al pasar detrás de su silla para ir por un café. Mi mano rozando su espalda baja durante medio segundo. Lo suficiente para que ella se tensara imperceptiblemente.
Después fue el brazo. Sentado a su lado, dejé que mis dedos le rozaran el antebrazo al bajar la mano. Un toque fantasma. Casi accidental.
En la segunda reunión, al caminar juntos por un pasillo, puse mi mano en su espalda para guiarla hacia la puerta. La dejé ahí tres segundos más de lo necesario. Sentí cómo su respiración cambió. Cómo su cuerpo se inclinó casi imperceptiblemente hacia mi mano antes de corregirse.
Cada roce era una pregunta. Cada reacción de su cuerpo era una respuesta.
Y me encantaba.
Me encantaba ver cómo apretaba el bolígrafo cuando yo le tocaba el brazo. Cómo cruzaba las piernas debajo de la mesa cuando mi rodilla rozaba la suya. Cómo se mordía el labio inferior mirando sus notas como si las letras pudieran salvarla de lo que estaba sintiendo.
La última reunión era una cena formal. Socios, distribuidores, vino toscano y una conversación sobre expansión internacional que en otras circunstancias me habría fascinado.
Pero el postre me destruyó.
Helado. Sirvieron helado de postre. Gelato italiano, para ser exacto. Y Leyla, sentada frente a mí, tomó la cuchara y empezó a comerlo de una manera que debería estar prohibida en contextos profesionales.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!