LEYLA
Lo que pasó después no fue delicado ni cuidadoso ni ninguna de esas cosas que aparecen en las películas románticas donde la pareja se mira a los ojos durante tres minutos antes de besarse bajo la lluvia. Fue un choque. Un incendio. Fue su boca estrellándose contra la mía con la fuerza de todo lo que llevábamos semanas conteniendo, y mis manos agarrando su camisa y tirando de ella hacia arriba porque de repente cada capa de tela entre nosotros era un insulto personal.
Le arranqué la camisa —literalmente, creo que un botón salió volando— y pasé las manos por su pecho como si estuviera memorizándolo en braille. Él echó la cabeza hacia atrás con un sonido grave que me recorrió la columna entera.
—Leyla…
—Cállate.
Me subí sobre él. Lento. Deliberado. Le sujeté las manos contra el colchón y lo besé hasta que ninguno de los dos pudo respirar.
Y así fue durante un rato: yo marcando el ritmo, yo decidiendo cuándo acelerar y cuándo frenar, yo disfrutando cada vez que su cuerpo se tensaba debajo del mío, cada vez que sus manos intentaban soltarse de mi agarre y yo no lo permitía.
Pero Noah no era hombre de quedarse quieto mucho tiempo.
En un movimiento que no vi venir, me giró sobre la cama. De repente el colchón estaba contra mi espalda y él estaba arriba, apoyado en un antebrazo, mirándome con esa sonrisa de medio lado que significaba problemas.
Noha era exactamente como yo esperaba en la intimidad: intenso, exigente, con esa necesidad de control que lo definía en todo. Me besaba con la misma determinación con la que cerraba un negocio. Me tocaba con la misma precisión con la que analizaba un contrato. Cada movimiento era deliberado, calculado, como si hubiera estudiado mi cuerpo con la misma dedicación con la que estudiaba los mercados financieros.
—Eres increíble —murmuró, con las manos en mis caderas y la voz rota de deseo.
—Lo sé —respondí, y me incliné a besarlo.
Nos movimos juntos como si lleváramos toda la vida haciéndolo. Él volvió a tomar el mando. Yo se lo quité. Él me lo arrebató de vuelta. Era un tira y afloja que no tenía ganador porque los dos estábamos ganando con cada segundo que pasaba.
Cada estocada, era intensa, me quitaba el aliento. Sus manos tocando cada fibra de piel, mientras que mis dedos se aferraban a su espalda.
En algún momento, entre besos que sabían a vino y a Italia, le hice la pregunta que me ardía en los labios desde que empezó todo.
—Admítelo —le dije, mirándolo a los ojos—. Yo gané la apuesta.
Noha me miró desde abajo, con el pelo revuelto, la respiración entrecortada y una expresión que era mitad rendición y mitad adoración.
—Eso ya no importa —respondió, atrayéndome hacia él.
—Sí importa. Admítelo. Yo gané.
—Leyla…
—Di que gané.
Noha cerró los ojos. Apretó la mandíbula. Y con el tono de un hombre al que le están arrancando una confesión bajo tortura, murmuró:
—Ganaste.
—¿Cómo? No te escuché.
—Ganaste, Leyla. ¿Contenta?
—Mucho.
—Perfecto. Ahora deja de hablar. No quiero hablar. Quiero seguir en lo que estábamos.
No discutí. Por primera vez en la historia de nuestra relación, no discutí con Noha Hall. Porque lo que estábamos haciendo era infinitamente mejor que cualquier discusión.
Terminamos agotados.
El tipo de agotamiento que no es solo físico sino total. Cada músculo, cada nervio, cada pensamiento vaciado como una copa que se bebe hasta la última gota. Noha estaba boca arriba con un brazo sobre los ojos y la respiración todavía recuperándose. Yo estaba a su lado, con la pierna sobre las suyas y la cabeza en algún lugar entre su hombro y la almohada.
Las sábanas eran un desastre. Las almohadas estaban en el suelo. La famosa muralla que nunca construimos habría sido inútil de todas formas.
—Leyla —dijo Noha con voz ronca.
—¿Mmm?

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