LEYLA
El vino italiano sabía diferente cuando lo bebías en un balcón a las siete de la mañana con Roma desperezándose debajo de tus pies.
Estaba recargada en la barandilla, con la copa en la mano y la camisa de Noha puesta como único abrigo. Me quedaba enorme, me llegaba a medio muslo y olía a él de una manera que me hacía querer envolverme en esa tela y no salir nunca.
Era hermoso. Todo era hermoso. Y yo estaba ahí, con un nudo en el estómago que no se disolvía ni con el mejor tinto de la Toscana.
Escuché sus pasos detrás de mí antes de sentir sus manos. Me rodeó la cintura con ambos brazos y hundió la cara en mi cuello. Sus labios me rozaron detrás de la oreja y sentí que mi cuerpo entero se estremecía a pesar de la guerra que libraba mi cabeza.
—¿Por qué te levantaste de la cama? —murmuró contra mi piel.
—Tenía que pensar en muchas cosas.
—¿A las siete de la mañana?
—Es cuando mejor pienso. Sin distracciones.
—¿Soy una distracción?
—Eres la peor distracción que he tenido en mi vida.
Noha sonrió contra mi cuello. Lo sentí. Esa curvatura de sus labios contra mi piel que me hacía querer girarme y besarlo y olvidarme de todo. Pero no podía. No todavía. Tenía algo atravesado en la garganta y si no lo sacaba ahora, iba a envenenarme.
—Te ves muy sexy con mi camisa puesta —dijo, apretándome más contra él—. Podrías quedártela. Te queda mejor que a mí.
—Noha.
—¿Mmm?
—¿Por qué Claire vive en tu casa?
Sus manos no se movieron de mi cintura. Pero sentí cómo su cuerpo se tensó un milímetro detrás de mí. Un cambio imperceptible que solo alguien pegada a él podría notar.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque leí unos mensajes. Por equivocación. Tu teléfono vibraba sin parar y pensé que era algo de las reuniones.
No me excusé más. No iba a disculparme por haber visto algo que me afectaba directamente.
Noha me giró despacio hasta que quedé frente a él. Me sostuvo por la cintura y me miró con esos ojos oscuros que a veces eran impenetrables.
—Claire está en mi casa porque no tiene a dónde ir —dijo—. Su pareja actual la golpea. Ha sido así durante meses. Cuando me llamó, después de años sin hablar, estaba desesperada. Tenía moretones en los brazos y un miedo que no le había visto nunca. No la amo, Leyla. No siento nada romántico por ella desde hace mucho tiempo. Pero tampoco podía dejarla en la calle sabiendo que un hombre la estaba lastimando.
Me quedé en silencio. Procesando. Los mensajes de Claire decían “te amo” y “te extraño”, pero la versión de Noha contaba otra historia: la de una mujer asustada que confundía refugio con amor.
—Está en mi casa mientras las autoridades capturan a su agresor —continuó—. Ya hay una denuncia, una orden de restricción y un proceso legal en marcha. Cuando sea seguro, ella se irá.
—¿Y los mensajes? —pregunté—. Te dice que te ama. Que te espera.
—Claire dice muchas cosas. Siempre lo hizo. Pero que ella sienta algo no significa que yo sienta lo mismo. Y no lo siento, Leyla. No desde hace años.
—Perdóname —le dije—. Por reaccionar así. No sabía lo que le pasaba. Leí esos mensajes y pensé lo peor.
—Tenías derecho a preguntar.
—Aun así, no me gusta que esté en tu casa, Noha. Lo entiendo. Entiendo la situación. Pero no me gusta.
—Lo sé. Y te prometo que su presencia no va a interferir con lo nuestro.
Lo nuestro. Dos palabras que cayeron entre los dos como una semilla que acababa de encontrar tierra fértil.
—¿Lo nuestro? —repetí, y mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía—. ¿Qué es lo nuestro, Noha? ¿Qué somos? Porque anoche pasamos de ser jefe y asistente a… lo que pasó. Y necesito saber qué significa eso para ti. Necesito saber en dónde estoy parada.
Noha me soltó la cintura. Dio un paso atrás.
—Puedes llamarlo como quieras —dijo—. Jefe y asistente. Amigos. Novios. Me da igual la etiqueta. Puedes ponerle el nombre que te haga sentir más cómoda. Pero lo único de lo que estoy seguro, lo único que no es negociable, es que tú seas exclusivamente para mí.
El corazón se me paró un segundo. Después se aceleró con tanta fuerza que lo sentí palpitar en las sienes, en las muñecas, en la punta de los dedos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!