Noha
Leyla se bajó del auto y caminó hasta la entrada de su edificio con esa manera de moverse que yo no me cansaba de mirar. Se giró antes de entrar, se recargó en el marco de la puerta y me miró con una sonrisa que contenía los últimos cinco días de Italia en cada curva de sus labios.
—¿A qué hora vienes por mí? —preguntó.
—A las ocho. Reservé un restaurante.
—¿Restaurante? Pensé que dijiste cenar y hacer muchas otras cosas más. ¿Eso incluye postre?
—Incluye todo lo que quieras, Leyla.
—¿Todo?
—Todo.
Se mordió el labio inferior. Esa costumbre suya que yo ya había catalogado como mi debilidad número uno. Se alisó el pelo, se puso derecha y compuso una expresión que intentaba ser seria pero que le fallaba por la sonrisa que no podía contener.
—Te espero con muchas ansias, señor Hall —dijo con esa voz que usaba cuando quería volverme loco y que funcionaba el cien por ciento de las veces—. No llegues tarde.
—Nunca llego tarde.
—En Italia llegaste tarde al restaurante de Florencia.
—Porque tú tardaste cuarenta minutos en arreglarte.
—Valió la pena. Admítelo.
—Valió la pena. Ahora entra antes de que me baje del auto y no lleguemos a ningún restaurante.
Se rio. Se despidió con un beso que me lanzó al aire desde la puerta. Y desapareció dentro del edificio.
Me quedé un momento con el auto encendido y las manos en el volante, mirando la puerta por donde acababa de entrar. Y sonreí. Una sonrisa de esas que te llegan sin que las busques, que te nacen en algún lugar detrás del pecho y te suben hasta la cara sin pedir permiso.
No me sentía así desde hacía años. Tal vez nunca. Ni siquiera con Claire en los mejores tiempos, cuando todo parecía funcionar y yo creía que eso era amor. Esto era diferente. Esto era más ruidoso, más caótico, más impredecible. Leyla me sacaba de quicio, me robaba el auto, me lanzaba helado en la cara, me retaba, me provocaba y me hacía sentir que cada día a su lado era una aventura de la que no quería bajarme.
Italia lo había confirmado. Cinco días recorriendo calles empedradas, cenando en terrazas con vista al mar, discutiendo sobre pasta, haciendo el amor en hoteles con techos de siglos de antigüedad y despertando cada mañana con su pelo en mi cara y su pierna sobre la mía. Cinco días que me demostraron que lo que sentía por Leyla Wilson no era atracción, no era capricho y no era un error.
Era lo más real que había tenido en mi vida.
Arranqué el auto y conduje hacia mi casa con la música alta y la ventana abierta.
Al estacionarme, mi teléfono vibró. Un mensaje de Alec.
"¿Y? ¿Cómo estuvo Italia? ¿Ya puedo ser tu padrino de bodas o todavía es muy pronto?"
Sonreí. Maldito Alec. Su trampa había funcionado mejor de lo que ninguno de los dos podría haber planeado.
"Te debo una", le escribí.
"Me debes una mesa de centro, una lámpara, dos vasos y un cojín. Pero acepto la gratitud como pago parcial. Felicidades, hermano. Ya era hora."
Guardé el teléfono. Las luces estaban encendidas. Claire seguía ahí, como esperaba. Había dejado instrucciones a su abogado antes de irme a Italia para que acelerara el proceso legal contra su agresor. Con suerte, en unas semanas ella tendría un lugar seguro adónde ir y mi casa volvería a ser mía.
Entré con la maleta en una mano y las llaves en la otra. Dejé la maleta en el recibidor y caminé hacia la sala.
—Claire, ya llegué —anuncié—. Necesito hablar contigo sobre…
No terminé la frase.

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