Leyla
Miré el reloj por decimoquinta vez en una hora. Las once y cuarto. Noha no aparecía.
Su mensaje de las ocho de la mañana había sido escueto: *“Estoy resolviendo un asunto importante. Llego más tarde.”* Sin explicación. Sin contexto. Sin un “buenos días, Leyla” que suavizara el golpe de una noche entera sin verlo después de habernos despedido con promesas de cena, postre y todo lo demás.
Intenté trabajar. Abrí la carpeta del proyecto de ropa inclusiva. Revisé los correos de los contactos italianos. Respondí dos mensajes de distribuidores que querían más información.
A las once y media escuché el ascensor. Pasos en el pasillo. Me levanté de la silla antes de que mi dignidad pudiera detenerme y caminé hasta su oficina.
Noha entró al mismo tiempo que yo llegaba a la puerta. Nos encontramos en el umbral.
Cerró la puerta detrás de mí. Y antes de que pudiera abrir la boca para preguntarle dónde demonios había estado, me tomó de la cara con ambas manos y me besó.
Fue un beso desesperado. Me besó como si llevara semanas sin verme y no horas.
Cuando se separó, mantuve las manos en su pecho y lo miré.
—¿Qué pasó, Noha?
Se sentó en el borde de su escritorio. Se aflojó la corbata. Y me contó.
Claire. Su agresor la había encontrado. Entró a la casa mientras Noha estaba en Italia. La golpeó. La amenazó de muerte. Claire llamó a la policía, el tipo huyó, pero la había dejado con moretones en la cara, en los brazos y en el cuello. Noha la encontró destrozada al llegar. Se quedó con ella toda la noche. Y esta mañana la acompañó a la comisaría para reforzar la denuncia y hablar con el abogado sobre una orden de arresto urgente.
Lo escuché sin interrumpir. Cada palabra iba encajando en el rompecabezas que mi cabeza había armado mal durante la noche. No era lo que yo imaginé. No era Claire seduciéndolo en el sofá ni una reconciliación a mis espaldas. Era algo mucho peor y mucho más real: una mujer en peligro y un hombre que no podía darle la espalda.
—¿Cómo está ella ahora? —pregunté.
—Asustada. Pero el abogado dice que la orden de arresto debería salir en las próximas horas. Lo están buscando activamente.
Me acerqué a él. Le tomé la mano.
—Noha, entiendo la situación. Y quiero que sepas que tienes mi apoyo. En lo que necesites. Si hay algo que yo pueda hacer, si necesitas que te ayude con los trámites legales, con la logística, con lo que sea, cuenta conmigo.
—Gracias, Leyla —dijo, y su voz sonó ronca—. No sabes lo que significa escuchar eso.
—Pero necesito ser honesta contigo sobre algo. Claire en tu casa me preocupa. No porque no confíe en ti. Confío en ti. Después de Italia, confío en ti con todo lo que tengo. Pero tengo un mal presentimiento. No puedo explicarlo racionalmente. Es instinto. Y mi instinto me dice que su presencia ahí va a traernos problemas.
Noha me apretó la mano.
—Es temporal, Leyla. En cuanto la situación legal se resuelva, ella se va.
—Lo sé. Pero temporal a veces se estira más de lo que uno planea.
No dijo nada. Porque sabía que yo tenía razón.
Aunque mis celos existieran. Vaya que existían.
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Esa tarde fuimos juntos a visitar a Génesis. Noha condujo mientras yo sostenía en mi regazo una bolsa llena de regalos que había comprado en Roma y Florencia: un pañuelo de seda para ella, dos mamelucos italianos diminutos con la bandera tricolor bordada para los gemelos y una botella de limoncello para Ethan que probablemente iba a durar menos de una noche.
Génesis nos recibió en la puerta con Adam en un brazo y una mancha de leche en la camiseta que ella no había notado. Detrás de ella, Ethan cargaba a Adonias.
—¡Los italianos han vuelto! —exclamó Génesis al vernos.
Le entregué los regalos. Se emocionó con cada uno, especialmente con los mamelucos que puso sobre Adam de inmediato y que le quedaban enormes pero que según ella eran “lo más tierno del planeta”.
Noha y Ethan se apartaron al jardín a hablar de negocios, porque esos dos eran incapaces de estar juntos más de diez minutos sin mencionar contratos o proyecciones. Génesis y yo nos quedamos en el sofá, con los gemelos dormidos entre cojines y dos tazas de té que se enfriaban sin que ninguna de las dos les hiciera caso.
—Bien —dijo Génesis—. Cuéntame. ¿Qué pasó en Italia? Y no me refiero a los negocios.

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