Ashley
Dan me besó y yo le respondí.
Fue un beso correcto. Técnicamente bien ejecutado. Labios suaves, manos en mi cintura, la presión justa. Dan era guapo, era dulce. Jimena, su hermana, llevaba meses insistiendo en que le diera una oportunidad. “Es perfecto para ti, Ash. Es atento, es cariñoso, no tiene traumas ni exnovias locas. ¿Qué más quieres?”
¿Qué más quería?
Nos separamos. Dan me miró con esa esperanza en los ojos que me hizo sentir culpable antes de que mi cerebro terminara de procesar lo que acababa de pasar.
Porque no sentí nada.
Nada. Ni una chispa. Ni un escalofrío. Ni esa explosión en el pecho que te dice que algo acaba de cambiar para siempre. Sus labios contra los míos fueron como beber agua tibia: no molesta, no desagrada, pero tampoco te quita la sed.
Y yo conocía la diferencia. Porque había sentido la explosión una vez. Con un hombre que no debería haberme besado y al que no he podido olvidar desde entonces.
Deivyd.
—¿Estás bien? —me preguntó Dan, todavía con las manos en mi cintura.
—Sí —mentí con una sonrisa que me salió practicada—. Todo bien.
Y entonces recordé ese momento.
-----
Fue el día de mi cumpleaños número dieciocho.
No tenía ganas de celebrar. Ethan llevaba semanas desaparecido. Nadie sabía dónde estaba. Mi madre se pasaba los días llamando a hospitales, comisarías y contactos que no respondían.
Pero ese día, Jimena y Dan aparecieron en mi puerta con globos, una torta de chocolate.
—Nos vamos a salir —declaró Jimena, empujándome hacia mi closet—. Te vas a poner algo lindo, te vas a olvidar de todo por unas horas y vas a celebrar que estás viva. ¿Estamos?
No tenía energía para discutir. Así que me cambié, me puse algo de maquillaje y me dejé arrastrar.
En el auto, camino a la fiesta que Jimena había encontrado en las redes, Dan iba al volante y Jimena de copiloto.
—¡Ash! —gritó Jimena, girándose hacia mí—. Es tu cumpleaños. Tienes que pedir tres deseos. Es tradición.
—No creo en los deseos, Jimena.
—Me da igual. Dime tres. Ahora.
Suspiré. La miré. Ella no iba a dejarme en paz hasta que lo hiciera.
—Primero —dije—, que aparezca mi hermano Ethan. Sano, vivo y entero.
—Hecho. ¿El segundo?
Miré a Dan por el espejo retrovisor. Él me devolvió la mirada con esa sonrisa que siempre tenía reservada para mí. Dan me gustaba. Siempre me había gustado. Pero era un “gustar” tranquilo, sin prisa, como una canción que te agrada pero que no te pones a repetir.
—Un beso de Dan —dije, y Dan casi se sale de la carretera.
Jimena aulló de risa.
—¿Y el tercero? —preguntó Jimena.
El tercero. Cerré los ojos y vi una cara que no era la de Dan. Una sonrisa torcida, unos ojos oscuros, unas manos grandes que siempre me revolvían el pelo como si yo tuviera cinco años.
—Un beso de mi amor platónico —dije solo para mi.
Fue divertido. Durante unas horas me olvidé de Ethan, de la angustia, de todo. Bailé con Jimena. Me reí con Dan. Tomé cosas que probablemente no debí tomar. Y por un rato, me sentí como lo que era: una chica de dieciocho años en su cumpleaños.
Hasta que las luces azules y rojas iluminaron la calle.
La policía. Alguien había llamado por el ruido.
Nos arrestaron. A Jimena, a Dan, a mí y a media fiesta. Nos metieron en una patrulla y nos llevaron a la comisaría más cercana.
Sentada en esa celda, con Jimena a mi lado jurando que nunca más iba a organizar nada y Dan disculpándose cada treinta segundos, sentí que el mundo se me venía encima. No podía darle esta preocupación a mi madre. No con Ethan desaparecido.
Solo había una persona a la que podía llamar.
Tomé el teléfono. Marqué su número. Contestó al segundo tono, como siempre.
—¿Ash? ¿Qué pasa?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!