Leyla
Estábamos acostados en mi cama, enredados en sábanas que ya necesitaban un lavado urgente y en un silencio que sabía a satisfacción pura.
—Eso fue perfecto —murmuré contra su pecho, trazando círculos con el dedo sobre su piel.
—¿Perfecto? —repitió Noha
—No te agrandes. Dije perfecto, no milagroso.
—Puedo intentar lo milagroso si me das diez minutos.
—Cállate.
Me reí contra su pecho y sentí su risa vibrar debajo de mi mejilla. Cerré los ojos y me dejé flotar en ese momento.
Con Will el sexo había sido tierno, predecible y siempre en la misma dirección: yo proponía, él seguía. Era cómodo pero nunca me sorprendía. Como ver la misma película una y otra vez sabiendo exactamente en qué parte llorar y en qué parte reír.
Con Noha era lo opuesto. Cada vez era distinta. Cada vez me sorprendía con algo nuevo: una posición que no esperaba, un movimiento que me cortaba la respiración, esa manera que tenía de usar su lengua que debería ser ilegal en países civilizados.
Estaba a punto de quedarme dormida sobre su pecho cuando su teléfono vibró en la mesita de noche.
Noha estiró el brazo y miró la pantalla. Su expresión cambió.
—Claire salió de alta —dijo—. Tengo que ir a buscarla al hospital.
Me aparté de su pecho y lo miré. La burbuja se pinchó con la precisión de un alfiler en un globo.
—Voy contigo —dije.
Noha me miró con sorpresa.
—¿Estás segura?
—Completamente.
No estaba completamente segura. Estaba un setenta por ciento segura y un treinta por ciento aterrorizada. Pero Génesis me había dicho que hablara, que enfrentara las cosas, que no dejara que los miedos se pudrieran por dentro. Y enfrentar las cosas, en este caso, significaba enfrentar a Claire. Cara a cara. Como la novia oficial de Noha Hall, no como la modelito barata que ella creía que era.
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Llegamos al hospital tomados de la mano. Dedos entrelazados. Visibles. Innegables.
Caminamos por el pasillo de la segunda planta hasta la habitación 214. Noha abrió la puerta y entramos juntos.
Claire estaba sentada en la cama. Al vernos entrar, sus ojos fueron primero a Noha. Después bajaron a nuestras manos entrelazadas. Y después subieron a mí. Su expresión pasó por tres fases en medio segundo: sorpresa, cálculo y compostura.
—Noha —dijo con una sonrisa que no me llegó—. Pensé que vendrías solo.
—Claire, quiero presentarte formalmente a Leyla. Mi novia.
Mi novia. Dos palabras que me calentaron el pecho como un trago de whisky. Noha las dijo con naturalidad, sin dudar, sin bajar la voz, sin buscar mi aprobación. Como quien declara un hecho que no está sujeto a discusión.
Claire me miró. Su sonrisa se mantuvo, pero algo se movió detrás de sus ojos que yo no pude descifrar del todo.
—Felicidades —dijo—. A los dos. Me alegro mucho.
Su tono era amable. Sus palabras eran correctas. Pero algo en la manera en que me miraba me puso los pelos de punta. Era como ser observada por un gato que ronronea mientras decide si te araña o no.
Una enfermera entró a la habitación.
—Señor Hall, necesitamos que firme unos documentos de alta en recepción. Son los formularios de responsabilidad.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!