Leyla
El restaurante era perfecto para la reunión. Privado, elegante, con una mesa larga junto a la ventana que daba la imagen de profesionalismo que yo necesitaba para que los proveedores me tomaran en serio.
Noha estaba sentado a mi lado. Me miró antes de que llegaran los proveedores y me tomó la mano por debajo de la mesa.
—Vas a estar increíble —me dijo en voz baja—. Conoces este proyecto mejor que nadie. Es tu idea. Nadie puede venderla como tú.
—¿Y si no les convence?
—Les va a convencer. Pero si no, buscamos otros. El proyecto no depende de estos proveedores. Depende de ti. Y tú no fallas.
Lo miré. Ese hombre tenía la capacidad de destruirme con un silencio y reconstruirme con una frase. Era exasperante y maravilloso al mismo tiempo.
—Gracias, Noha.
—No me lo agradezcas. Demuéstramelo.
Los proveedores llegaron. Tres hombres y una mujer, todos australianos, con experiencia en manufactura textil y distribución nacional.
Empecé mi presentación. Todo iba bien. Los proveedores tomaban notas, asentían, hacían preguntas inteligentes que yo respondía con una seguridad que no sabía que tenía. La mujer del grupo incluso sonrió y dijo: “Esto es exactamente lo que el mercado necesita”.
Entonces el teléfono de Noha vibró.
Lo vi mirar la pantalla. Vi cómo su expresión cambió un milímetro. Vi cómo se disculpó con un gesto y se levantó de la mesa.
—Discúlpenme un momento —dijo con tono profesional—. Una llamada urgente.
Se alejó hacia la entrada del restaurante con el teléfono en la oreja.
Yo seguí hablando. Seguí sonriendo. Seguí respondiendo preguntas con la mitad de mi cerebro mientras la otra mitad gritaba lo que mi instinto ya sabía: era Claire.
Porque desde que salió del hospital, Claire llamaba a Noha por todo. Que si la enfermera le había dado la pastilla equivocada. Que si tenía frío y no encontraba la manta extra. Que si escuchó un ruido afuera y tenía miedo. Que si necesitaba que le llevaran un té específico que solo vendían en una tienda al otro lado de la ciudad.
Noha le había puesto dos enfermeras. Dos. Profesionales de tiempo completo que se encargaban de su medicación, su comida, su bienestar. Y aun así, Claire lo llamaba a él. Porque las enfermeras no eran el punto. El punto era Noha. Su atención. Su tiempo. Su presencia.
Yo lo sabía. Noha probablemente también lo sabía. Pero ninguno de los dos lo decía en voz alta porque decirlo significaba cuestionar a una mujer golpeada y eso nos convertía en los malos de la historia.
Terminé la presentación. Los proveedores se mostraron entusiasmados. Acordamos una segunda reunión para definir presupuestos y plazos de producción. Nos dimos la mano. Intercambiamos tarjetas.
Sentí que el pecho me iba a explotar de orgullo. Lo había logrado. Mi proyecto, mi idea, mi presentación. Quería celebrarlo. Quería girarme y ver a Noha aplaudiendo desde la mesa con esa media sonrisa que significaba “te lo dije”.
Pero Noha no estaba.
Miré el reloj. Llevaba cuarenta minutos fuera. Los proveedores se despidieron. El restaurante empezó a vaciarse.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de Noha.
*“Leyla, tuve que irme. Un problema con Claire. No voy a tardar. Regreso por ti en una hora.”*
Leí el mensaje tres veces. Cada vez me dolió más que la anterior. No por las palabras. Por lo que significaban. Claire había ganado otra vez.
No le respondí.
Guardé mi teléfono, recogí mis carpetas, pagué la cuenta.
No iba a esperar una hora.
Paré un taxi. Le di la dirección de Génesis. Porque solo había un lugar en el mundo donde mi enojo podía convertirse en algo manejable, y era al lado de mi mejor amiga y de dos bebés que olían a talco y a inocencia.
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