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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 154

Leyla

Los golpes en la puerta llevaban diez minutos.

Diez minutos de nudillos contra madera. Diez minutos de una voz que conocía demasiado bien repitiendo mi nombre con una urgencia que en otro momento me habría derretido. Pero hoy no. Hoy esa voz era ruido. Y yo tenía el volumen en silencio.

Estaba sentada en el sofá de mi apartamento, con las piernas cruzadas, una taza de té entre las manos y una determinación de granito que me había costado toda la noche construir. No lloré. Quiero que quede claro.

—¡Leyla, abre la puerta! —gritó Noha desde el pasillo—. Sé que estás ahí. Tu auto está abajo. Las luces están encendidas. Por favor, déjame explicarte.

No respondí. Tomé un sorbo de té. Estaba frío. No me importó.

—¡Leyla, actué mal! Lo sé. No debí irme en medio de tu reunión. Fue un error. Me arrepiento. Pero necesito que hablemos.

Otro sorbo. Otro silencio.

—¡Te amo!

Me detuve. La taza se quedó a medio camino de mi boca.

—¡Te amo, Leyla! ¡Te amo y lo digo aquí, en un pasillo, a las once de la noche, para que lo escuchen todos tus vecinos si es necesario! ¡Te amo y actué mal y me arrepiento! ¡Pero por favor, respóndeme!

Te amo. Tres veces. En un pasillo. A las once de la noche. Noha Hall, el hombre que durante meses no fue capaz de admitir que le gustaba, estaba gritando que me amaba frente a la puerta de mi apartamento como un adolescente desesperado.

Mi corazón quiso abrir esa puerta. Mi corazón siempre quería cosas estúpidas. Pero esta vez fue mi cabeza la que tomó las decisiones. Y mi cabeza tenía las ideas muy claras.

Me levanté del sofá. Caminé hasta la puerta. La abrí.

Noha estaba ahí. Sonrió. Una sonrisa amplia, sincera, de esas que le transformaban toda la cara.

—Leyla —empezó a decir, dando un paso hacia adelante.

Levanté la mano. Se detuvo.

Me agaché, recogí algo que había dejado preparado junto a la puerta y se lo extendí. Era su corbata.

—Toma —le dije—. Llévatela.

Noha miró la corbata. Después me miró a mí. La sonrisa empezó a borrarse.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

—Te estoy devolviendo tu corbata. Y te estoy diciendo algo que necesitas escuchar, Noha, así que presta atención porque no voy a repetirlo.

Se quedó inmóvil. Esperando.

—Tus palabras no me doblegan —le dije, y mi voz salió firme, sin temblar, sin quebrarse, aunque por dentro cada sílaba me costara un esfuerzo que nadie iba a ver—. Puedes decirme que me amas una vez, cien veces, mil veces. Puedes gritarlo en este pasillo, en la oficina, desde la cima del Ópera de Sídney si quieres. Pero las palabras sin hechos son humo, Noha. Y yo ya me cansé de respirar humo.

—Leyla, lo que pasó con Claire fue…

—Lo que pasó con Claire fue lo mismo que pasa siempre. Ella llama y tú sales corriendo. No importa dónde estés, no importa qué estés haciendo, no importa quién esté contigo. Claire necesita algo y Noha desaparece. Y yo me quedo sola. En un restaurante. Con mis carpetas. Celebrando sola el logro más importante de mi carrera.

Noha abrió la boca. La cerró. Porque sabía que tenía razón. Y porque no había argumento que pudiera desmontar una verdad tan simple.

—Cuando yo sea tu prioridad —continué, sosteniendo la corbata frente a él—, cuando tus hechos demuestren lo que tus palabras dicen, cuando yo no tenga que competir con una mujer que duerme en tu casa y te llama veinte veces al día, búscame. Ese día, te voy a abrir la puerta y vamos a hablar. Pero hasta que eso pase, tú y yo somos lo que siempre fuimos: jefe y asistente. Nada más.

Noha tomó la corbata.

Levantó la vista hacia mí. Vi dolor en sus ojos. Vi arrepentimiento. Vi al hombre que me había hecho el amor en Italia, que me había susurrado cosas que todavía me ardían en la piel, que me había mirado como si yo fuera la única mujer en el mundo.

Pero también vi al hombre que me dejó sola en un restaurante. Y ese hombre pesaba más.

—Buenas noches, Noha —le dije.

Y le cerré la puerta en la cara.

Me quedé de pie del otro lado, con la mano en la cerradura y el corazón golpeándome las costillas como si quisiera derribar la puerta él mismo para ir a buscarlo. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo. Escuché el ascensor abrirse y cerrarse. Escuché el silencio que dejó detrás.

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