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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 157

Noha

Llamé al abogado a las siete de la mañana. Antes del café. Antes de la ducha. Antes de que mi cerebro pudiera inventar otra excusa para postergar lo que debí haber hecho hace semanas.

—Necesito un apartamento seguro para Claire —le dije sin preámbulos—. Amueblado, en una zona con vigilancia, con contrato a mi nombre. Lo pago yo. Tres meses por adelantado. Y lo necesito para esta semana.

El abogado, acostumbrado a mis llamadas a horas imprudentes, no preguntó por qué. Solo dijo que lo tendría listo en cuarenta y ocho horas.

Hechos. Leyla me pidió hechos. Y este era el primero. Salí de mi oficina y me encontré con Claire en la cocina.

Me vio entrar y sonrió con la dulzura de siempre, la misma que ya no me provocaba nada excepto la urgencia de que se fuera.

—Buenos días —dijo—. ¿Quieres que te prepare algo?

—No. Pero necesito hablar contigo.

Algo en mi tono le borró la sonrisa.

—Te encontré un apartamento —le dije—. Es seguro, amueblado, en una buena zona. Tiene portero las veinticuatro horas y sistema de cámaras. Pagué tres meses de alquiler por adelantado. Tienes una semana para mudarte.

El silencio que siguió fue de los que tienen peso. Claire me miró como si yo le hubiera hablado en un idioma que no conocía.

—¿Me estás echando?

—Te estoy dando una alternativa segura. No puedes seguir viviendo en mi casa, Claire. Lo sabes. Yo lo sé. Y mientras sigas aquí, mi vida no puede avanzar.

—¿Tu vida? —repitió, y el temblor se convirtió en algo más afilado—. ¿Te refieres a tu vida con esa modelo? A quien ya abandonaste, porque no te he visto con ella.

—Me refiero a mi vida. Punto.

Claire se levantó de la barra. Se acercó a mí con pasos lentos. Tenía los ojos húmedos, el labio inferior temblando y esa expresión de fragilidad que durante semanas me había desarmado.

Pero ya no funcionaba. Porque cada vez que veía sus lágrimas, pensaba en las de Leyla.

—Noha, por favor —suplicó, y una lágrima le cayó por la mejilla—. No me hagas esto. Tengo miedo. Si me voy de aquí, él me va a encontrar. Aquí me siento segura. Contigo me siento segura.

—El apartamento tiene seguridad, Claire. Portero, cámaras, acceso restringido. Y el proceso legal sigue avanzando. La orden de arresto va a salir.

—¡Las cámaras no me protegen! ¡Tú me proteges! —Su voz se quebró del todo—. No puedes abandonarme. No después de todo lo que pasé. No puedes ser tan frío.

Apreté la mandíbula.

—Una semana, Claire —repetí—. Te ayudo con la mudanza. Te pago el alquiler. Te consigo lo que necesites. Pero en siete días, este espacio vuelve a ser mío.

Claire me miró un momento largo. Al final eligió la resignación. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, asintió despacio y caminó hacia su habitación sin decir una palabra más.

La puerta se cerró. Y yo respiré por primera vez en lo que se sintió como meses.

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El segundo hecho fue más difícil. Porque no requería una llamada a un abogado ni una conversación incómoda. Requería algo que a mí me costaba más que cualquier negociación millonaria: contenerme.

Llegué a la oficina a las nueve. Leyla estaba en su escritorio, o más bien en su oficina nueva, esa que Génesis y Ethan le dieron y que ella había convertido en su centro de operaciones. Pasé por la puerta abierta y la vi concentrada frente a la computadora, con el ceño fruncido y un lápiz entre los dientes que la hacía ver ridículamente adorable.

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