Leyla
El restaurante que Derek eligió era de esos que no tienen precios en el menú. Lo cual significaba que o bien eran tan caros que ponerlos avergonzaría al papel, o que Derek quería impresionarme. Probablemente las dos cosas.
Llegué cinco minutos antes. Me senté en la mesa que él había reservado junto al ventanal, pedí agua con gas y abrí mi carpeta.
Derek llegó exactamente a la una. Traje azul esta vez, cabello perfecto, sonrisa calibrada. Se sentó frente a mí y pidió un vino sin consultar la carta, como si ya conociera el restaurante de memoria.
—Señorita Wilson, es un placer verla fuera de la oficina —dijo, desplegando su propia carpeta sobre la mesa—. Espero que haya tenido tiempo de considerar mi propuesta.
—Tenía ilusión de verlo en mi presentación de ayer.
—Tenía otro compromiso, además de que no me gusta estar en cuatro paredes, suelo tener mis reuniones en restaurantes o también otros sitios sociales. Pero ¿Que opinas de mi propuesta?
—He tenido tiempo de analizarla —respondí, enfatizando la diferencia—. Considerar implica emoción. Analizar implica números. Y los números son los que hablan.
Derek levantó una ceja.
—Entonces hablemos de números —dijo.
Y hablamos. Durante una hora y media. Derek conocía el mercado, o al menos lo aparentaba con una solvencia que habría convencido a cualquiera. Tenía datos sobre crecimiento del sector de moda inclusiva en Europa, estadísticas de consumo por franja etaria, márgenes de ganancia de marcas emergentes que habían apostado por tallas diversas. Todo presentado con gráficos limpios y un tono que combinaba la autoridad con la cercanía.
Era bueno. Muy bueno. Lo suficiente para que mi parte empresarial se emocionara con las posibilidades y mi parte instintiva siguiera haciendo preguntas que no tenían respuesta.
—Mi inversión inicial cubriría el costo de la primera producción completa —explicó, señalando un gráfico en su carpeta—. Hablamos de trescientas mil unidades en seis tallas, distribuidas en tres países. Australia, Nueva Zelanda y Singapur para empezar. Después expandimos.
—¿Y qué pide a cambio?
—Participación accionaria minoritaria. Veinticinco por ciento. Con derecho a voz pero sin voto en decisiones operativas. Usted mantiene el control total de la marca.
Era una oferta razonable. En el papel, más que razonable: era generosa. Un inversor que ponía dinero fuerte y no pedía control era el sueño de cualquier emprendedora. Y Derek lo sabía. Por eso la ofrecía así.
—Pero antes de irnos, quiero decirle algo que no tiene que ver con números.
—Adelante.
—Usted tiene algo que la mayoría de las empresarias de este sector no tienen: presencia. No me refiero a belleza, aunque la tiene de sobra. Me refiero a algo más profundo. Cuando usted entra a una habitación, la gente la mira. Cuando habla, la gente la escucha. Eso no se enseña ni se compra. Se nace con eso. Y es un activo que no debería desperdiciar detrás de un escritorio.
Ahí estaba otra vez. La pasarela. El modelaje.
—No voy a volver a modelar, señor Ashford
—No le estoy pidiendo que vuelva a modelar para otros. Le estoy sugiriendo que considere ser la imagen de su propia marca. No como modelo. Como fundadora. Como la cara de un movimiento.
Era un buen argumento. Maldita sea, era un argumento excelente. Y la forma en que lo presentó, como empoderamiento en lugar de retroceso, me hizo dudar por primera vez.
—Lo pensaré —dije, y esta vez lo dije en serio.
Derek sonrió. Pagó la cuenta sin dejarme ver el monto. Nos despedimos en la puerta del restaurante con un apretón de manos que él sostuvo un segundo más de lo necesario.
—Fue un placer, Leyla —dijo, y noté que había pasado de “señorita Wilson” a “Leyla” sin pedir permiso—. Espero que esta sea la primera de muchas reuniones.
Volví a la oficina a las cuatro de la tarde. Genesis me esperaba.
—¿Que tal estuvo la reunión? —me preguntó.
Le conté todo lo que platiqué con Derek.
—Todo parece tan bien, demasiado bien. —mi amiga se acercó, toma todo con calma e investiga antes de tomar una decisión. A veces lo que parece un sueño puede convertirse en pesadilla.
—No seas desconfiada, estoy tomando mis precauciones.
O al menos eso creía, además Dereck no parecía un estafador o algo peor.
Caminé por los pasillos hasta que Karen me interceptó.

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